Europa no se ha vuelto loca
Desde Perpiñán hasta Dunquerque, desde Brest hasta Niza, los franceses pueden respirar aliviados. De Melilla a Helsinki y desde Dublín a Bucarest, también los europeos. La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones de Francia demuestra que Europa aún no se ha vuelto totalmente loca y que todavía quedan motivos de esperanza para el proyecto económico, social y político más importante desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días: la Unión Europea. Ante el fracaso total de los partidos tradicionales, a sus 39 años Macron es mucho más que uno de los presidentes más jóvenes en la historia del país galo. Es el rostro del futuro para la política continental y un dique contra ese populismo kamikaze que primero propició el Brexit —y la posterior espantada que ha dejado dividida a la sociedad británica— después llevó a Donald Trump hasta la Casa Blanca y que ahora, con la ultra Marine Le Pen como representante, amenazaba la quinta economía mundial —y la segunda de Europa— así como la viabilidad, presente y futura, del continente.
Le Pen, como en España Podemos o en Gran Bretaña el UKIP del irresponsable desertor Nigel Farage, ha hecho de su discurso una concatenación de vacuidades y falacias orientadas a espolear las vísceras ciudadanas y aprovecharse así de su decepción con los partidos tradicionales tras años de incapacidades y estrecheces económicas. Populismo de la más baja estofa al servicio de un único objetivo: alcanzar el poder a cualquier precio, incluso a costa de sacar a Francia del euro y de hacer saltar la eurozona por los aires con un proyecto anticapitalista y ultranacionalista. «La política de la nada», como la definió el propio Macron durante la campaña. Ante eso, el europeísmo liberal del fundador de En marche! supone una bocanada de aire fresco para un país, Francia, y un continente, Europa, que evidencian claros síntomas de asfixia.
La tarea del nuevo presidente de la V República no será sencilla, ya que toma un país sumido en el escepticismo tras el desastroso mandato de François Hollande. No se puede obviar que, pese a la derrota, Le Pen cuenta con un apoyo considerable. Por lo tanto, el desafío de Macron no sólo estará en impulsar la economía de un gigante que en los últimos años ha claudicado ante Alemania o adelgazar un Estado hipertrofiado y con exceso de burocracia, además deberá convencer a los escépticos de que Europa y la regeneración son los únicos caminos posibles para recobrar el bienestar perdido. Sin embargo, la buena noticia de este domingo es que los franceses han sabido identificar mayoritariamente el peligro de las políticas radicales. Un triunfo de Le Pen habría sido un desastre a modo de plaga bíblica. El país de la Ilustración, de Voltaire y Diderot, ha de marcar, como tantas veces en el pasado, el paso de la nueva UE en asuntos tan importantes como la economía, la inmigración, el desarrollo tecnológico o la lucha contra el yihadismo. El porvenir de los europeos depende en gran medida del buen hacer del nuevo mandamás del Elíseo. Una sólida credibilidad en su gestión sería la prueba de que ante la oscuridad y la cerrazón del populismo es posible una política de las luces que vuelva a iluminar Europa. El escenario inicial no puede ser más prometedor: París. El futuro continental se apellida Macron.
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