Opinión

El espejismo del déficit

El dato de déficit público de España en 2025 vuelve a poner de manifiesto un patrón recurrente en la política fiscal reciente: la utilización de cifras agregadas para construir un relato de consolidación que, al analizarse con rigor, resulta profundamente engañoso. Lo que se presenta como una mejora sustancial de las cuentas públicas no es, en realidad, sino el reflejo de factores coyunturales que distorsionan la verdadera situación estructural de la economía española.

El Gobierno destaca una reducción del déficit de 8.811 millones de euros. A primera vista, la cifra podría interpretarse como un signo de disciplina fiscal. Sin embargo, este dato pierde toda su relevancia cuando se contrasta con el comportamiento de los ingresos públicos, que han aumentado en 30.622 millones de euros. No estamos, por tanto, ante un ajuste del gasto, sino ante una expansión de los ingresos impulsada por la inflación.

Este fenómeno no es casual ni neutro. La inflación actúa como un impuesto encubierto, particularmente cuando no se acompaña de medidas correctoras como la deflactación del IRPF. Al no actualizar los tramos impositivos, los contribuyentes son empujados a pagar más impuestos simplemente por el efecto nominal de la subida de precios, sin que ello suponga una mejora real de su capacidad económica.

Este mecanismo, conocido como progresividad en frío, implica que los ciudadanos soportan una mayor carga fiscal al mismo tiempo que ven erosionado su poder adquisitivo. Se trata de una doble penalización que, lejos de ser transparente, queda oculta tras cifras agregadas de recaudación.

A ello, se suma el comportamiento de los impuestos indirectos. El aumento generalizado de los precios eleva la base imponible sobre la que se aplica el IVA y otros tributos, generando un incremento automático de la recaudación sin necesidad de modificar los tipos impositivos.

El resultado agregado es claro: mientras los ingresos crecen con fuerza, el gasto público también lo hace, aumentando en 21.811 millones de euros, equivalente a 1,25 puntos del PIB. Este incremento no puede considerarse coyuntural, ya que se incorpora a la estructura del gasto, generando compromisos permanentes que deberán financiarse en el futuro.
Este es el núcleo del problema: se está consolidando gasto estructural sobre la base de ingresos coyunturales. Cuando la inflación deje de actuar como motor de la recaudación, el desequilibrio entre ingresos y gastos se hará evidente y aumentará el déficit estructural español, que ha sido siempre la gran preocupación de la Comisión Europea.

Por ello, si se eliminara el efecto extraordinario de la inflación, el déficit no sería del 2,18% del PIB, sino que se situaría en torno al 3,43%. Esta diferencia no es menor: cambia radicalmente la interpretación del resultado presupuestario.

A esta distorsión se añade el impacto de eventos extraordinarios como la DANA, que incrementan el gasto y ponen de manifiesto la fragilidad de las cuentas públicas. Es cierto que es un gasto, en principio, ligado a un único ejercicio, pero el que haya gastos extraordinarios se ha convertido en algo ordinario durante los últimos ocho años.

Incorporando estos factores, el déficit alcanzaría el 2,39% del PIB, muy por encima de la cifra oficial del 2,18%, que se elevaría al 3,64% sin la recaudación extraordinaria acontecida. Esto evidencia que la supuesta consolidación fiscal es, en gran medida, una construcción estadística.

Además, el aumento del PIB nominal derivado de revisiones estadísticas y del propio efecto inflacionario, contribuye a reducir artificialmente el peso del déficit en términos relativos. El denominador crece, pero ello no implica una mejora real de la economía.

En definitiva, el dato de déficit de 2025 no refleja una mejora estructural, sino un espejismo. Un espejismo construido sobre la inflación, el aumento del gasto, las revisiones estadísticas -recordemos las memorias de Calviño, donde decía que tuvo que enseñarle al INE cómo calcular el PIB, y una narrativa que ignora los desequilibrios de fondo de la economía española: gasto abultado, déficit crónico estructural, deuda exponencialmente elevada, impuestos confiscatorios y ausencia de reformas, que apuesta por la economía del subsidio -que sirve para camuflar en el corto plazo el empeoramiento de la economía- en lugar de por la economía de la prosperidad.