Opinión

España rescatada

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

El zurdazo de Ferran Torres en el minuto 105 de partido que llevó el balón al fondo de las redes de la portería de Argentina, después de un pase al segundo palo de Pedro Porro y un cabezazo de Nico Williams que dejó el balón mansamente al borde del área chica, ha sido el remate a toda una extraordinaria hazaña deportiva de la selección de España.

El equipo de Luis de la Fuente ha ido eliminando a sus rivales en sentido literal, al borrarlos del campo con un juego que, a la vez que construía sus opciones, destruía las del contrario. Si esto se vio ya claramente con Francia, con Argentina alcanzó su máxima expresión: cero remates a puerta de la albiceleste frente a doce de la española. No sé si se ha visto proeza así en alguna final de un Mundial de fútbol.

La brillante trayectoria de España en el campeonato ha provocado en toda nuestra geografía una alegría desbordante, coronada con la indiscutible victoria de este domingo. Toda España es una fiesta. Es como el champán en una botella agitada y zarandeada. La presión contenida hace que al fin salte el tapón y salga con inusitada fuerza la espuma.

El entusiasmo por el triunfo de la selección de fútbol ha arrasado todas esas imaginarias fronteras que los proselitistas de la división y la confrontación han creído que podían levantar en la conciencia del pueblo español.

Su rabia e impotencia al ver cómo la gente se lanzaba a la calle a seguir y a celebrar los triunfos de su selección, con el natural y sencillo orgullo de ser
español, se ha demostrado con sus miserables y cobardes ataques contra los
que veían los partidos de España, vestían su camiseta o portaban banderas
constitucionales.

El domingo, los cachorros de ETA, porque eso es lo que son, atacaron brutalmente un bar en Berriozar donde hirieron a numerosos aficionados que estaban siguiendo la final del Mundial en una salvaje demostración de terrorismo callejero que todos esperamos que no quede impune.

En Bilbao hicieron otro tanto en el lugar donde el PP puso una pantalla en la pérgola para ver a la selección de España. Las imágenes de la portavoz popular en el Ayuntamiento bilbaíno, Esther Martínez, haciendo frente a los violentos seguidores del socio de Pedro Sánchez, Arnaldo Otegi, lo dicen todo acerca de la vileza y cobardía de los proetarras. El ejemplo de coraje que ha dado esta mujer debería por sí solo llevarla a la alcaldía de la capital vizcaína en hombros de todos los bilbaínos de bien que creen en los valores de la libertad y la democracia, y se sienten orgullosamente vascos y españoles.

Los iluminados vendedores de crecepelo que trafican con ensoñaciones sobre naciones inexistentes, construidas artificialmente en laboratorios de supremacismo, xenofobia e intolerancia, se han quedado con el culo al aire. Lo mismo que los profetas de la España a dos velocidades, de ciudadanos de primera y de segunda según traguen o no con sus mesiánicas llamadas a buscar la «tierra prometida» entre los escombros de la nación real, como propugnó ETA durante medio siglo con su estrategia criminal de muerte y destrucción.

Todos ellos se han visto arrollados por una España lanzada sin freno a reivindicarse como la nación de sus ancestros y de sus sucesores, donde compartir la alegría por la gesta deportiva de unos compatriotas es el signo natural de un deseo de convivencia pacífica fundado en la libertad y el respeto, sea cual sea el origen de cada uno de nosotros.

Jugadores de Cataluña, de Andalucía, de País Vasco, de Madrid, de Navarra, de Comunidad Valenciana, de Canarias, de Extremadura y Asturias, sin olvidar a un futbolista de doble nacionalidad como Laporte, nacido en Francia, nos han hecho soñar y nos han regalado un sueño: el de una España que trabaja en equipo para alcanzar limpia y honrosamente sus metas.

Frente a las maquinaciones de quienes pretenden levantar muros y falsas fronteras, el grandísimo espectáculo de alegría desbordante de nuestras calles, de Barcelona a San Sebastián, de Vigo a Melilla, de Alicante a Murcia, de Logroño a Oviedo, de Las Palmas a Mallorca, de Santander a Ceuta, de Badajoz a Sevilla, de Zaragoza a Valladolid, de Pamplona a Ciudad Real, ha demostrado que hay una España en marcha, que no se detiene ante nada cuando siente el orgullo natural de pertenencia.

Y esto ha ocurrido en Cataluña y País Vasco especialmente, donde es más asfixiante la carga de adoctrinamiento de un sistema pensado para estigmatizar y arrancar de la conciencia todo lo que tenga que ver con España, caricaturizada monstruosamente como sólo los supremacistas han retratado a sus víctimas a lo largo de la historia.

Por eso, insisto, se explica la reacción violenta de algunos al comprobar que sus maquinaciones no encuentran arraigo en el natural sentimiento de pertenencia de tantos ciudadanos, sobre todo en los más jóvenes, que reivindican sin complejos su condición de españoles sin menoscabo alguno de su orgullo de catalanes o vascos. Aquí, frente al ridículo desprecio de la selección española por los Pradales y Esteban de turno, vale la sentencia de don Miguel de Unamuno: «Soy vasco y, por eso, doblemente español».

Quienes han cuestionado incluso el derecho a sentirse español en su propia patria, no pueden venir ahora con monsergas sobre la supuesta politización de la jubilosa reacción al triunfo deportivo de España. La politización es la que hacen ellos, llegando al absurdo de negar que ellos mismos son españoles por los cuatro costados, aunque sólo tengan de sí mismos la perspectiva del burro con anteojeras.

Qué decir de quienes han comprado toda la mercancía hedionda y putrefacta del ultranacionalismo contra España con tal de que su amo
permanezca en La Moncloa por un puñado de votos profundamente
antidemocráticos, unos manchados de sangre y otros envenenados de golpismo. Podemos imaginar su estupor ante la felicidad de una España liberada de sus proyectos de aprendices de brujo, diseñados para impedir que en el corazón de los españoles retumbe el latido de una sola nación, unida y solidaria, consciente de sus siglos de historia, de su legado y su porvenir, de su potencial en la era tecnológica por excelencia a través de principios y emociones que, a través de una lengua compartida, nos hermanan con 600 millones de habitantes en todo el planeta.

Esta España consciente de sí misma, rescatada el pasado domingo entre las redes de una sencilla portería de fútbol en Nueva York con el golazo de un joven valenciano, es la que clama por una representación política que mire más allá de los intereses partidistas y oportunistas.

Una representación política que se muestre unida en la defensa de lo esencial, que es la convicción de que esta tierra española como espacio compartido es el mejor lugar del mundo. Porque quienes prometen el paraíso de sus ensoñaciones excluyentes buscan en el fondo crear el infierno para todos los demás. Y de infiernos, en España, desgraciadamente, ya sabemos mucho.

Ahora que estamos tocando el cielo con los dedos, conviene recordarlo.