Emergencia más dogmática que climática
Vamos a suponer que efectivamente la culpa es del cambio climático. Vamos a aceptar que todas las catástrofes naturales (o no tan naturales) que sufrimos, desde las DANAS y las riadas que estas generan, hasta las causadas por el estado de las carreteras y las infraestructuras ferroviarias, pasando obviamente por los incendios forestales, son consecuencia del proceso de calentamiento global. Vamos a reconocer la visión preclara de los gurús del ecologismo más radical e ideológico que desde hace tiempo nos avisaban de esa sobrevenida mutación del clima. ¿Y entonces… qué?
El cambio climático es un mero enunciado, un pronunciamiento teórico polisémico y multifuncional que es muy posible que tenga una base científica; pero también es, y aun lo es más su versión actualizada y agravada, que es la emergencia climática, un sintagma del vocabulario político que le sirve a la izquierda progresista para afianzar el ecologismo como uno de sus actuales mantras ideológicos. Algo parecido a lo que son las políticas de género para colar un feminismo injusto y discriminatorio o el gasto y las políticas sociales para imponer una fiscalidad confiscatoria y un igualitarismo comunistoide.
Pero volvamos al cuestionamiento inicial: ¿Por qué, si el cambio climático es la causa de todos nuestros males, no nos ponemos de verdad a intentar evitar, paliar o mitigar sus consecuencias? ¿Por qué no reconocemos que las emergencias están en esos efectos y episodios concretos (que son los que hay que combatir) y no en el inevitable hecho de que el clima cambie? Fenómeno que, por otro lado, viene ocurriendo en la Tierra desde que esta se formó, y con picos de intensidad que seguramente no son los que se están produciendo ahora mismo.
La comunidad científica (la de verdad), los ingenieros y guardas forestales, los agricultores y los ganaderos, los profesionales de silvicultura y hasta las fuerzas del orden público coinciden en una serie de medidas de prevención que no se abordan, o que lo hacen de forma tímida; y todos esos colectivos, más los bomberos y los especialistas en la extinción, reclaman medios y recursos que llegan tarde, mal y nunca. Y es que, transcurrida una cuarta parte del siglo XXI, y en medio de una revolución tecnológica que alcanza a todos los ámbitos de nuestra vida, seguimos apagando los incendios de la misma manera (incluso con los mismos aviones) que hace 40 años.
Se inventan un Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico que en su propia denominación ya es una voluntarista declaración de intenciones. Podría generar alguna expectativa, pero vemos que después sus actuaciones sólo responden a planteamientos ideológicos, propios de orates soberbios, que apuntan a corregir a la naturaleza, a la tierra, al sol y al mismísimo creador. ¡Por lo visto se sienten capaces de alterar los propios ciclos naturales y de llevarnos a una nueva glaciación!
No están dispuestos, sin embargo, a unirse a ese clamor del medio rural y científico que apunta al carácter multifactorial de los grandes incendios, y que reclama respuestas integrales para las que no se escatimen esfuerzos técnicos y económicos. Lo suyo es la visión monocolor del cambio climático, frente al que oponen un absurdo dogmatismo conservacionista que, entre otros efectos contraproducentes, empeora las condiciones de inflamabilidad del monte. Y con eso, y con un puñado de parches y concesiones al buenismo más perrofláutico, pretenden conformar, y hoy nos ha vuelto a dar Pedro Sánchez la turra, un pacto global para enfrentar la cansina emergencia climática. Incluso ha hablado tangencialmente de los incendios, pero eso le interesa menos y, a ese respecto, seguiremos como los conejos de la fábula de Iriarte, discutiendo si son galgos o podencos, mientras nos abrasan los fuegos.
Al contrario que su predecesora Teresa Ribera, que es una trepa creída o descreída de cualquier principio y que, como ha ocurrido con la generación eléctrica y la energía nuclear, es capaz de defender una cosa y su contraria, la vicepresidenta Aagesen se ha consagrado desde el principio de su carrera profesional al dogma del cambio climático; y el presidente Sánchez, al que, igual que con la territorialidad, tampoco le importa el territorio como elemento de configuración y conexión nacional, va a exprimir este verano el incompetente fanatismo de la ministra mientras él se tumba al sol canario… ¡o al que más caliente!
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