Echemos a los invasores de Ceuta ¡ya!
Este Gobierno y sus secuaces mediáticos a sueldo son lo más parecido que pueda haber a Belcebú sobre la faz de la tierra. Hace falta ser muy malaje para calificar de «crisis humanitaria» lo que a todas luces, con informes policiales y sin ellos, constituye una invasión de nuestro territorio nacional en toda regla. Es lo del pato: si anda como un pato, caga como un pato y hace «cua-cua» resulta obvio que se trata de esta especie y para nada un gato, un rinoceronte o una perdiz.
Tampoco resulta imprescindible gozar del cociente intelectual de un Premio Nobel para colegir que cuando un Estado consiente que en un país vecino irrumpan 80.000, 90.000 ó 100.000 personas —desconocemos la cifra exacta pero por ahí anduvo— ha provocado una invasión. Quien controla una puerta decide quién entra y quién sale. Es tan evidente que sonroja tener que explicarlo. Esas imágenes de gendarmes marroquíes dando instrucciones a camiones con 100 personas a bordo para que se bajen cerca de la frontera con España ese 30 de julio de la infamia valen más que mil palabras que podamos soltar cualquiera de nosotros. Además, en una dictadura franquea la frontera quien quiere el sátrapa. Punto. Y, desde luego, dejan a Pedro Sánchez, a sus ministros, a los Javieritos de la vida, al siempre gubernamental El País y demás gentuza a la altura del betún.
Al respecto cabe recordar que Pedro Sánchez sólo nos ha contado una verdad en toda esta descomunal crisis, la más grave padecida por nuestro país desde ese 11-M con similares antagonistas. Fue el 31 de julio y, más concretamente, en el lugar de los hechos, Ceuta. «Es una violación de la integridad territorial de nuestro país», apuntó el presidente del Gobierno antes de añadir que se trataba de «un ataque».
De esos dos inequívocos y acertados conceptos de «violación de la integridad territorial» y «ataque» pasó sin solución de continuidad a hablar de «crisis humanitaria». De los «migrantes [palabro woke donde los haya]», naturalmente. A los ceutíes que les den. Y si quieren algo, que lo pidan. Sobra decir que el cambio de postura se consumó tras recibir algún que otro toque de Rabat recordándole que tienen el contenido histórico de su móvil hasta 2021, básicamente, porque se lo hackearon con la ayuda de ese implacable malware israelí que es Pegasus. Y está de más apostillar que el móvil del marido de la biprocesada Begoña Gómez, del jefe de Koldo, Cerdán y Ábalos y del íntimo de Zapatero y Otegi no puede contener nada bueno. Debe haber medio Código Penal y parte del otro.
Sobra decir que el cambio de postura de Sánchez se consumó tras recibir el toque de Rabat recordándole que tienen el contenido de su móvil hasta 2021
Lo cierto y verdad es que los informes de la Policía y con toda seguridad CNI y Guardia Civil coinciden en su tesis: representó una invasión instigada por ese régimen alauita del que nunca te puedes fiar. Ni lógicamente en tiempos de Abdel-Krim ni con Hassan II, ni claramente ahora con Mohamed VI. Sólo mostró más seriedad con nosotros y con todo el mundo ese dignísimo Mohamed V, abuelo del rey actual. Para muestra, un botón: cuando Hitler le exigió que le entregase el millón y medio de judíos que vivían por esos pagos le mandó a esparragar: «Presidente, no puedo hacerlo porque son ciudadanos marroquíes». Y el segundo mayor genocida de la historia se quedó con las ganas.
Tampoco se puede decir que el Ejecutivo a las órdenes de la corona alauita se haya escondido. Al César lo que es del César. Tres ministros del Comendador de los Creyentes han dejado bien claro que quieren Ceuta porque es “suya” pese a que lleva 360 años formando parte de España y jamás de los jamases perteneció a Marruecos. El primero en mojarse fue el de Justicia, Abdellatif Ouahbi, que el 21 de agosto señaló que «la cuestión de Ceuta y Melilla seguirá siendo un asunto de diálogo con España porque mantendremos nuestro derecho histórico y geográfico».
El siguiente fue el inquietante ministro de Asuntos Islámicos. Ahmed Toufiq aludió delante de Mohamed VI y el heredero, Moulay Hassan, «a la lucha sagrada por las ciudades ocupadas sitiadas» que, obviamente, son Ceuta y Melilla. Ojito a lo de la «lucha sagrada» porque da miedo, mucho miedo. Y hace cuatro jornadas fue el de Obras Públicas el que se expresó en cuasiidénticos términos: «¿Qué debemos decirle a nuestra vecina después de lo ocurrido en Ceuta? Nosotros se lo trasladamos con toda franqueza: España es un socio esencial pero no retrocederemos un palmo de nuestro territorio nacional». Hay que ser un gran gilipollas para tomarnos el pelo como hace la izquierda patria con la chorrada esa de la «crisis migratoria y humanitaria». Fue una operación de ocupación de territorio enemigo. Ni más ni menos.
Lo que no hay que hacer es tirar de esa Ley de Extranjería que parece concebida para favorecer a los inmigrantes ilegales
Conclusión: si es lo que es, una invasión, hay que hacer lo que hay que hacer. Y no es precisamente tirar de esa Ley de Extranjería que parece concebida para favorecer a los inmigrantes ilegales y no para sancionarles como se merecen. Yo no sé qué coño hace este Gobierno elaborando un censo de los 20.000 invasores que permanecen en Ceuta —el cuádruple de lo que sostiene el caudillo monclovita— para iniciar un proceso de devolución que en el mejor de los casos se prolongaría dos años.
Lo que hay que hacer, legal, moral y pragmáticamente, es coger a todos los indocumentados que se pillen pululando por Ceuta, meterlos en autobuses, enviarlos al Tarajal y obligarles a volverse por donde vinieron. Esta tarea deben implementarla no sólo la Policía y la Guardia Civil sino, sobre todo y por encima de todo, ese Ejército que es quien Constitución en mano ostenta la obligación de «defender la integridad territorial de España». El artículo 8.1 es de los pocos de la ley de leyes que no albergan recoveco para la ambigüedad.
Y de los más de 2.000 menas que acabaron en la Ciudad Autónoma que nadie se ocupe ni preocupe porque el propio titular de Justicia marroquí dejó bien claro hace casi un mes que quieren su “inmediata repatriación”. Y así conseguiremos que estos niños y adolescentes estén con quienes han de estar: sus padres y sus madres. Eso sí que sería un acto humanitario y no los cuentos chinos que nos larga a diario esta izquierda patria cuya filosofía se resume en ese asqueroso lema leninista del «cuanto peor, mejor».
Esta coyuntura no se puede alargar un segundo más so pena de que acabe estallando ese polvorín que es ahora mismo una urbe que durante siglos fue maravilloso símbolo de convivencia entre cuatro culturas: la cristiana, la musulmana, la hebrea y la hindú. No aguanta tres meses más así salvo que lo que busque Sánchez es que haya una guerra civil en sus 19 kilómetros cuadrados. Que tampoco hay que descartarlo siguiendo ese repugnante «cuanto peor, mejor». O se expulsa a los delincuentes que entraron por sus bemoles o habrá muertos e inevitablemente la plaza española acabará siendo Marruecos más pronto que tarde vía revolución sociológica. Pasó con el Sáhara y acaecerá con Ceuta y Melilla. Prevaricar no es largarlos por las buenas o por las malas, es aplicar la Ley de Extranjería o esa estúpida sentencia de la Sala Tercera del Tribunal Supremo de hace dos meses que prohíbe las devoluciones en caliente cuando se accede a España a nado. Son invasores, no inmigrantes, coño.
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