Opinión

Contra el infanticidio de los concebidos no nacidos

Isabel Díaz Ayuso, en una de sus iniciativas pioneras y bonitas de las que, a veces, hace gala, ha reconocido derechos al nasciturus, el bebé por nacer que crece en el vientre de su madre. El jefe de filas del PP, Alberto Núñez Feijóo, se ha aprestado a prometer que incorporará la extensión natural de esos derechos. Siendo preciosa (y me temo que necesaria, aunque obvia) la medida, la pregunta que subyace es: ¿Merecen derechos, pero no el de la vida?

Cada año, en España, se comete un genocidio contra bebés que aún se están conformando en el vientre de sus madres. Se descuartiza y asesina vilmente a 100.000 infantes, de una manera mucho más cruel que la que usaba Jack el Destripador con sus víctimas en el barrio de Whitechapel de Londres. Porque Jack mataba primero y descuartizaba después; luego la muerte de esas mujeres que tuvieron la desdicha de encontrárselo era rápida y queremos creer que indolora.

El infanticidio que comete España año tras año va precedido de la tortura del despiece del crío: manitas, bracitos, piececitos, piernitas, tronco, cabecita. Todo va siendo cortado -con el crío o cría vivos- y extraído convenientemente para ser tirado a una papelera, convenientemente situada junto al asesino, y con gran dolor físico, tanto de una víctima (el niño) como de la otra (la madre).

Porque sí, la madre es la segunda víctima de esta masacre. Por eso hay que apoyar la despenalización del infanticidio (que llaman aborto para despersonalizar el crimen, igual que llaman eutanasia al gerontocidio) y apoyar a las madres (y padres) en la que es la peor decisión de su vida, una decisión tomada sin ejercer la libertad de verdad.

Porque la libertad de verdad, como nos enseñaron los clásicos, es la libertad para, no la voluntad sin rumbo instaurada por los idealistas, padres de los liberales, abuelos de las ideologías que nos tienen discutiendo insensateces. La libertad es el privilegio de discernir la verdad de lo que es el bien y el mal. Un privilegio con que nos dotó el Creador, y que pronto dilapidamos porque nos creímos la mentira soberbia infundida por el mal de que éramos como él.

Cuando el ser humano hace uso de ese regalo maravilloso, enseguida discierne que matar está mal. En cualquier caso. ¿Pena de muerte? Mal. ¿Infanticidio? Mal. ¿Matar a los viejos cuando nos sobran? Mal. Matar, como robar, como mentir, como no honrar a tus padres, mal. El ser humano no necesitaba las Tablas de la Ley que bajó Moisés para discernir esa obviedad que los animales no necesitan ni discernir.

La medida de Isabel Díaz Ayuso es valiente y pionera, pero ella no puede transformarla en la piedra de Rosetta que acabe con el genocidio de 100.000 críos anuales. Feijóo (o ella misma) es posible que pueda. Mi discusión más fuerte con ella fue sobre este tema, y entonces, jóvenes ambos, más ella, no pensaba igual. Me alegro de que haya cambiado de opinión e inspirado a su jefe de filas para anunciar esa medida de dotar de derechos a las personas desde que lo son.

Pero si la medida se queda a medias, frente a los que buscan erigir el asesinato infantil como «derecho constitucional» (y sí, sé que son a los que voto y defiendo), será una medida tan baldía como la objeción de conciencia a la que se acogen facultativos que, como Pilatos, disciernen que despiezar y matar críos es el mal, y se limitan a apartarse «y que lo haga otro» en vez de pelear con todas sus fuerzas contra el genocidio.

Sin duda, no faltará quien, llevado por esta lógica, me afee (con razón) que vote y apoye opciones de izquierdas que, también (¡ay!), apoyan esta masacre infanticida. Sin duda, pero ¿qué tenemos en el menú? Matar niños y viejos, y usar concertinas contra inmigrantes mientras promovemos el enriquecimiento ilimitado de los oligarcas, o matar niños y viejos y mostrarse compasivo con los que son nuestros huéspedes, invitados, hermanos. Es Guatepeor contra Guatemala, Malagón contra Málaga.

Por eso, considero, y quiero hacerlo en estas páginas de OKDIARIO (porque abomino de quienes, desde mi ámbito ideológico, corren a calificar de «facha» cualquier cosa que se aleje del soma que les alimenta el odio), que la derecha debe seguir ese valiente paso de Isabel Díaz Ayuso, secundado por Feijóo, y proponer definitivamente la abolición del infanticidio.

Ese día, prometo (y mostraré a la presidenta de este medio las pruebas) que les votaré.