Ceuta no estaba en la playlist ecléctica

Ceuta no estaba en la playlist ecléctica
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Pedro Sánchez comparte la banda sonora de su verano. En el espigón del Tarajal, el mar sigue devolviendo cadáveres. Entre Lanzarote y Ceuta no hay sólo kilómetros: hay una avería moral en la puesta en escena del poder.

Después de que 72.000 personas hubieran cruzado hacia Ceuta en apenas un día y con el número de muertos creciendo, Sánchez visitó la ciudad. Calificó la entrada masiva de violación de la integridad territorial de España. Al día siguiente, ya de vacaciones, publicó en TikTok una lista de treinta y una canciones (horripilantes) bajo un título de una inocencia criminal: «La banda sonora de mi verano». El Estado tenía muertos; el presidente, temazos.

No discuto aquí su derecho a escuchar música. Incluso los presidentes poseen tímpanos, aunque a veces gobiernen como si carecieran de oído. Lo que sostengo es algo más incómodo: en política, la estética no adorna el poder. Lo revela.

El descanso presidencial tiene una arquitectura envidiable. La Mareta es un oasis de quietud volcánica y brisa atlántica, ideal para aislarse del bullicio del mundo. El problema es que el mundo, a veces, se obstina en no dejarte aislar.

Mientras Ceuta intenta recobrar la respiración tras la marejada humana, con la normalidad en pañales, los servicios locales al límite y el recuerdo reciente de las tragedias en la orilla, Sánchez disfruta en Lanzarote.

Porque no; nadie exige que empuñe un remo ni que practique un boca a boca, ni que atienda en Mercadona ni que limpie ni que se reúna en persona con los mandatarios… Su presencia física no va a resolver un nudo geopolítico. Sin embargo, los españoles lo reprueban, incluso los suyos lo miran con desaprobación porque la política, como la monarquía, es una disciplina que se sostiene sobre la puesta en escena.

El poder no solo se ejerce: se representa, donde la estética no es un envoltorio decorativo, es sustancia. Cuando los reyes de la Ilustración medían hasta el último milímetro de sus apariciones públicas no lo hacían por vanidad, sino porque sabían que la majestad se quiebra en cuanto el gobernante parece ajeno al dolor de sus gobernados. Churchill visitaba los barrios bombardeados de Londres con el mismo traje gris que usaba en Downing Street, nunca de gala, porque entendía que el pueblo necesitaba verse reflejado, no deslumbrado. En la política moderna, la desconexión visual entre la tumbona y la ciudad sitiada o el ahogado subsahariano, no es un detalle menor de agenda; es un error de cálculo ofensivo.

Y queda feo, presidente. Muy feo. Es una estampa de una frialdad matemática: el país encoge el hombro con angustia mientras la cúspide institucional pasa página y disfruta de sus privilegios. El mensaje involuntario que cala en la ciudadanía es desolador: las tragedias tienen un cupo de atención estricto y, superado el expediente, el reloj de las mansiones en la playa y los placeres manda.

Los defensores de la gestión técnica alegarán que las decisiones de fondo están tomadas, los cauces diplomáticos abiertos y los efectivos desplegados. Es verdad. La maquinaria del Estado no se detiene porque un gabinete cambie de código postal. Sin embargo, gobernar a seres humanos exige comprender la psicología del que sufre y resonar con ella, que el pueblo es tonto pero no tanto. Transmitir la sensación de que se puede sintonizar el modo pausa cuando la herida sigue abierta liquida el prestigio de cualquier narrativa buenista.

En la era del fotograma perpetuo, el ciudadano no busca milagros en un líder, pero exige, al menos, el pudor de la discreción.

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