En la Cámara Oculta. Marruecos desprecia traidores
Los primeros que no han querido comprar el relato de Moncloa han sido los marroquíes. Se han dado cuenta de que, al ocultar su agresión, se estaba mostrando su cruda realidad: un país que empobrece económica y socialmente a sus súbditos, a los que no permite adquirir el estatus de ciudadanos; un país que, a pesar de su mediática proyección internacional y su protagonismo geopolítico, no ofrece oportunidades y seguridad a sus jóvenes (es el país más pobre del Magreb mediterráneo, con una renta per cápita diez veces inferior a la media comunitaria). Pero, sobre todo, Marruecos ha querido dejar claro que la invasión de Ceuta ha sido una forma de amenaza para España en su condición de país usurpador de unos territorios que consideran propios; y, como lamentablemente nos enseñó el otro gran extorsionador, que fue el terrorismo etarra, para que una amenaza tenga los efectos coercitivos que se pretenden, es necesario que se sepa claramente que se trata de una amenaza, ¡y de una amenaza grave!
Así que las absurdas explicaciones que intentan colocarnos los ministros monaguillos a quien en realidad descolocan es al propio Gobierno. Y eso sería lo menos grave, porque este Gobierno no puede caer más bajo, ya sea en su operatividad, en su fiabilidad o en su prestigio. Lo que es verdaderamente preocupante es que pretendan hacer pasar por un simple incidente o crisis migratoria lo que en realidad es una agresión territorial, premonitoria de otras más graves y, no lo quiera Dios, definitivas; ya que eso significa que a ninguna de esas amenazas, la migración ilegal y los ataques a la soberanía, se las está diagnosticando y abordando de manera efectiva y que, en el fondo, se las utiliza como un instrumento más con el que manipular y engañar.
Estamos, por tanto, ante nuevos ejemplos del peligro que supone para nuestra nación la permanencia de este gobierno disfuncional; desventuras que se unen a la de la corrupción y descomposición institucional, la desigualdad y deslealtad entre territorios, el incremento del gasto clientelar a costa del desmadre de la deuda pública, el empobrecimiento inflacionario, la polarización y estigmatización ideológica y el alineamiento contra natura en la política internacional. Y estamos también ante nuevos retos que futuros gobiernos deberían abordar para, sin bajar los brazos o pensar que son tierra quemada, intentar revertir estas situaciones de vulnerabilidad.
Está claro que no hay soluciones magistrales y que tampoco se trata de hacer arcos de iglesia, pero lo que sí es imprescindible es mostrar determinación y tener una estrategia que no sea vicaria de la de nuestro conflictivo vecino. Y no sirve de nada enfadarse con Meloni o con Frederiksen por querer cambiar la estrategia y plantear nuevas medidas y políticas migratorias porque es evidente que las actuales han sido inefectivas, cuando no contraproducentes. Y si, por otro lado, no se consigue garantizar la seguridad de una frontera, habrá que cerrarla y considerar invasivo y susceptible de ser rechazado por la fuerza cualquier intento de transgresión.
Si la principal arma de la guerra híbrida de Marruecos ha sido la presión migratoria, hay que contrarrestarla defendiendo nuestro territorio y nuestro ordenamiento jurídico. No olvidemos que, aunque nominalmente el territorio OTAN no incluye a las plazas africanas, varios artículos del Tratado de Washington (en concreto, el art. 4 y el art. 6) permitirían a España reclamar la defensa conjunta. Asimismo, es necesario involucrar definitivamente a la Comunidad Europea en la protección de su territorio de la llegada masiva de migrantes/invasores que, si entran en Ceuta o en Melilla, no es con intención de quedarse allí.
Y, desde luego, lo primero que hay que rehabilitar es lo que nunca deberíamos haber perdido: la dignidad y el orgullo nacional. Oyendo al ministro marroquí de Justicia (que encierra en su cargo una contradictio in terminis), parece que somos nosotros quienes ocupamos indebidamente un territorio, quienes maltratamos a sus compatriotas y quienes hemos raptado a sus menores; y los ministros españoles, en vez de removerse como resortes, solamente hablan de colaboración y apoyo en grados superlativos. Hay que acabar con ese baboseo, porque cuando te comportas como un lacayo, te tratan como a un lacayo; y si cuando te abofetean dices que te han acariciado, la próxima vez te apuñetearán.
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