Antonio Arroyo: la mirada de un estafador
Conocí a Antonio Arroyo siendo yo un niño. Por aquel entonces, él regentaba un camping en El Pedernoso, mi pueblo. Recuerdo verlo pulular en pantalones cortos de la barra a la piscina y de la piscina a la tienda del camping, siempre dando gritos e increpando a los clientes, especialmente a los niños, con aquella voz desagradablemente aflautada, como de caudillo. A los chavales que íbamos con la bicicleta desde el pueblo hasta el camping para bañarnos en la piscina, nos llegaba a resultar gracioso que un señor bajito y gritón nos aconsejara que le pidiéramos más dinero a nuestros padres para gastarlo allí en helados: ˝¡Nenes, tenéis que comprar más helados! ¡A este paso no me voy a hacer rico nunca!”, gruñía. Nosotros, que no tendríamos más de doce o trece años, veíamos en los ojos de aquel tipo algo que no nos gustaba, pero siempre acabábamos fundiendo en Pirulos y Colajets las cuatro perras que nos daban nuestras madres. Arroyo se fue del camping sin dejar rastro y nunca supimos adónde había ido ni por qué desapareció de repente. Al fin y al cabo éramos unos críos.
Muchos años después, que diría el Gabo, se ha convertido en el más cruel estafador de España, al menos en lo que a la escala privada se refiere. Con mis amigos de entonces, que siguen siendo amigos aún hoy, solemos comentar las andanzas actuales de este sinvergüenza cada vez que vuelve a aparecer en los medios de comunicación. La última, el pasado viernes, con el intento de desahucio contra Fabián y su madre anciana en el distrito madrileño de Tetuán, que han perdido su vivienda al ser estafados por Arroyo.
El afectado, amenazaba con lanzarse al vacío desde un cuarto piso si el desahucio se llevaba a cabo. Como si de un film hollywoodiense se tratara, el desalojo se paralizó a las diez de la mañana y fue retransmitido en directo por El programa de AR, con Ana Rosa ejerciendo su rol de ángel que detiene el sacrificio en el último momento, al más puro estilo bíblico, formando el sistema financiero, la Justicia y el Ayuntamiento de Madrid un Abraham tricéfalo y agresor, con los afectados por el desahucio en el papel de Isaac, la víctima.
Resulta bochornoso que la persona que ha arruinado a cientos de personas y ha provocado varios suicidios de gente en situación desesperada —por suerte esta vez fue evitado— se está yendo de rositas, al menos de momento. Hace unos días fue absuelto de un delito de estafa porque era de 2009 y había prescrito. Salió del juzgado sonriente y lo primero que hizo fue llamar “borregos” a los periodistas que lo estaban esperando. Antonio Arroyo, como digo, sonreía, y lo hacía de la misma manera que hace más de veinte años, cuando tuve el accidente de conocerlo; era y es de esas personas que sonríen con una mueca forzada de la boca, pero jamás hay una sonrisa en sus ojos. En aquellos años de infancia, fuimos mirados por un sociópata por primera vez en nuestras vidas. O tal vez sólo es un golfo sin escrúpulos. Nosotros ya veíamos algo raro en él, pero era demasiado pronto para que supiéramos ponerle un nombre a aquello.
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