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No hay mayo en Madrid que se precie sin el olor a azúcar, anís y masa horneada. Las fiestas de San Isidro no son solo música y chotis en la Pradera; son, por encima de todo, una prueba de resistencia para los paladares más golosos. Las rosquillas del santo, esas piezas de repostería que parecen sencillas pero esconden una técnica centenaria, son las protagonistas indiscutibles de las vitrinas de la capital. Ya busques las Tontas (sin baño), las Listas (con glaseado de limón), las de Santa Clara (con merengue blanco) o las Francesas (con almendra), dar con el sitio adecuado marca la diferencia entre un dulce mediocre y una experiencia religiosa.
Este 2026, la tradición sigue más viva que nunca, pero el mapa de los mejores obradores ha ido evolucionando. Algunos mantienen la receta de hace dos siglos intacta, mientras que otros han sabido darle ese toque de frescura que pide el público actual. Si vas a celebrar al patrón, asegúrate de que tu ruta pase por alguno de estos cinco templos de la repostería madrileña.
La Mallorquina: el kilómetro cero del sabor
Hablar de dulce en Madrid y no mencionar la Puerta del Sol es casi un pecado administrativo. La Mallorquina sigue siendo, año tras año, el termómetro oficial de las fiestas. Sus rosquillas Listas son, probablemente, las más famosas de la ciudad por una razón muy simple: el equilibrio del baño de limón. Muchos obradores pecan de usar un glaseado demasiado duro o excesivamente ácido, pero aquí logran esa textura quebradiza que se funde en cuanto toca la lengua.
Lo ideal es ir temprano, evitar las colas kilométricas de los festivos y pedir una caja variada. Las Tontas, que suelen ser las menos valoradas por no llevar cobertura, aquí destacan por la calidad de su masa de anís, que no resulta seca en absoluto. Es el sitio perfecto para quienes quieren sentir el bullicio del Madrid de toda la vida antes de bajar hacia la zona del río.
El Riojano: elegancia de cámara real
Ubicada en la calle Mayor, esta pastelería es como entrar en una cápsula del tiempo. Con sus maderas nobles y sus mostradores de época, El Riojano ofrece unas rosquillas que parecen hechas para la aristocracia. De hecho, sus rosquillas de Santa Clara, cubiertas con ese merengue seco y blanco inmaculado, son famosas por su ligereza. A diferencia de las versiones industriales que inundan los supermercados en estas fechas, aquí el merengue no se deshace en polvo, sino que mantiene una consistencia firme.
Es un lugar para sibaritas. Si te agobia el ruido de la Pradera, refugiarte en su salón de té interior para probar una rosquilla Francesa —aquella que surgió porque a la reina doña Bárbara de Braganza le parecían demasiado simples las Tontas— es un plan imbatible. El toque de la almendra picada y el tostado perfecto de la masa las convierten en las favoritas de quienes huyen del exceso de azúcar del glaseado amarillo.
Antigua Pastelería del Pozo: el secreto del anís
Si buscas autenticidad pura, tienes que desviarte un poco hacia la zona de Canalejas. Del Pozo no necesita carteles luminosos ni campañas en redes sociales; su fama se sostiene sobre una receta de 1830. Lo que hace especiales a sus rosquillas de San Isidro es la calidad del anís y la manteca. En muchas pastelerías modernas, el sabor es plano, pero aquí notas cada matiz del cereal y del aroma tradicional.
Sus rosquillas Tontas son, para muchos expertos, las mejores de la capital. Al no llevar cobertura, la masa queda totalmente expuesta y es ahí donde se nota quién sabe amasar y quién no. Son crujientes por fuera y con el alveolado justo por dentro. Un consejo de madrileño viejo: llévatelas para mojar en el café de la tarde; aguantan perfectamente un par de días sin perder esa textura característica.
Viena Capellanes: la tradición que llega a todos
Aunque es una cadena, sería un error ningunear la calidad de las rosquillas de Viena Capellanes durante el mes de mayo. Han sabido estandarizar un producto artesanal sin perder la esencia. Lo mejor de ellos es la accesibilidad y el formato de sus cajas, ideales para regalar o para llevar de picnic a las Vistillas. Sus rosquillas Listas tienen un color amarillo vibrante que entra por los ojos y un glaseado que no resulta pegajoso.
Además, suelen ser los más innovadores en cuanto a tamaños, ofreciendo versiones mini que permiten probar los cuatro tipos sin terminar empachado. Para los que tienen poco tiempo pero no quieren renunciar a cumplir con el patrón, es la opción más práctica y fiable de la ciudad.
Casa Mira: maestros del turrón y del almíbar
Terminamos la ruta en la Carrera de San Jerónimo. Aunque todo el mundo conoce Casa Mira por su turrón en Navidad, sus rosquillas de San Isidro son un secreto a voces entre los vecinos del barrio de las Letras. Al ser maestros del almíbar y el azúcar, sus rosquillas Listas y de Santa Clara tienen un acabado brillante y profesional que pocas veces se ve.
La masa es densa, con cuerpo, de esas que sacian. Suelen producir cantidades limitadas, así que no es raro ver el cartel de «agotado» antes de que caiga el sol el día 15 de mayo. Si consigues una caja de sus Francesas, habrás triunfado: la almendra está seleccionada con el mismo mimo que usan para sus dulces navideños, lo que eleva el nivel de la rosquilla a la categoría de alta repostería.
En definitiva, Madrid en San Isidro 2026 ofrece opciones para todos los gustos, desde el lujo palaciego hasta el obrador de barrio de toda la vida. Lo importante es no quedarse sin probarlas y, sobre todo, saber diferenciar una buena Tonta de una mala Lista. Al final, como dicen los castizos, la fiesta va por dentro, pero con una rosquilla en la mano, se celebra mucho mejor.
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