Deshielo en el Ártico

Geófonos submarinos: oídos que vigilan el deshielo y por dónde navegan las potencias rivales en el Ártico

El MIT prueba geófonos y un módem magnético para monitorizar el Ártico bajo el hielo

El proyecto busca orientar la estrategia geopolítica y vigilar la actividad de potencias rivales en la región

Un satélite europeo detecta un iceberg del tamaño de Manhattan separándose de un glaciar en Groenlandia

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

Bajo el hielo del océano Ártico suena una auténtica orquesta. El crujido de la banquisa se mezcla con los cantos de las belugas y el zumbido de los motores de los buques que cada vez navegan más cerca del polo.

Investigadores del Laboratorio Lincoln del MIT captaron parte de ese paisaje sonoro durante la Operación Ice Camp (OIC) 2026 de la Marina de Estados Unidos, celebrada el pasado marzo en el hielo ártico. El equipo regresó con una versión de mayor fidelidad de uno de sus sensores: un geófono capaz de detectar vibraciones en el hielo marino.

Una orquesta bajo el hielo

«Nos interesa todo lo que hace ruido bajo el hielo», explica Ben Evans, investigador del Grupo de Sistemas y Tecnología Submarina Avanzada del laboratorio. Los datos recogidos en la OIC 2024 ya incluían cantos de mamíferos marinos, por lo que el equipo necesita entender mejor cómo se propagan esas señales.

Ese paisaje sonoro submarino está cambiando a toda velocidad. Las placas de hielo ártico se rompen y se derriten cada vez más rápido, lo que abre rutas marítimas antes intransitables para la actividad militar y comercial.

Determinar la firma acústica de cada fractura del hielo permitirá desarrollar capacidades predictivas útiles para reforzar la resiliencia de las comunidades costeras, orientar la estrategia geopolítica y vigilar la actividad de potencias rivales en la región.

El deshielo abre nuevas rutas

Este año, las condiciones en el hielo fueron especialmente duras. Ventiscas consecutivas provocaron un apagón visual casi total, con temperaturas que llegaron a los -32 °C y vientos de entre 40 y 48 kilómetros por hora, con rachas de hasta 64 km/h.

El mal tiempo retrasó una semana el primer viaje del equipo al campamento. Una vez allí, no llegó ni salió un solo vuelo durante cinco días, cuando lo habitual son entre seis y nueve vuelos diarios.

«A veces no veíamos las banderas de los países participantes a apenas 30 metros de la tienda de mando», recuerda Evans. El equipo, formado también por Ella Wawrzynek y Ryan Saenger, cargó sus sensores en un trineo y solo pudo desplegar una cuarta parte de lo previsto antes de ser llamado de vuelta al campamento por la ventisca.

El técnico de ingeniería Héctor Castillo, del Laboratorio de Submarinos para el Ártico de la Marina, conduce un vehículo 4×4 de orugas que arrastra un trineo, el cual transportó al equipo a través del hielo y la nieve hasta el lugar de despliegue de los sensores. (Foto: Ben Evans / Lincoln Laboratory).

Semanas de ventisca extrema

Mientras tanto, David Whelihan preparaba otra tecnología para probar en la OIC: un módem de la empresa noruega Havguard, especializada en tecnología de defensa, capaz de comunicarse a través del hielo mediante campos magnéticos en lugar de señales de radiofrecuencia, que se disipan rápidamente en el agua del mar.

Las duras condiciones dentro y fuera de las instalaciones en Prudhoe Bay (Alaska) provocaron varios fallos en el sistema, lo que obligó a Whelihan a volver al laboratorio para repararlo. «Reducir el riesgo de la tecnología crítica para el combatiente es una parte importante de nuestro trabajo», afirma el investigador.

Como el equipo ya había estado una vez en el campamento y otros grupos necesitaban su turno en el hielo, el laboratorio trasladó el experimento a Utqiaġvik (Barrow), la ciudad más septentrional de Estados Unidos, con apoyo logístico de la empresa UIC Science.

Comunicación magnética bajo el hielo

A diferencia del hielo a la deriva del océano abierto, el de Utqiaġvik está anclado a la costa. Allí, Whelihan y Wawrzynek perforaron un agujero de unos 60 por 90 centímetros de 1,1 metros de hielo para introducir un vehículo submarino no tripulado (ROV) con el módem de Havguard.

El dispositivo combina un transmisor magnético-inductivo bajo el hielo y un receptor sobre la superficie, ambos protegidos en cúpulas de policarbonato. Antes de viajar al Ártico, el equipo ya había probado el sistema en un embalse de Vermont para poner a punto sus procedimientos.

«Bajo el hielo de la laguna colocamos el ROV, equipado también con un registrador Doppler de velocidad, un sistema de sonar de cuatro haces que mide la velocidad y la dirección del vehículo», explica Whelihan. Con esos datos y con imágenes de drones aéreos, el equipo logró calcular la velocidad de transferencia del módem.

1,2 kilobytes por segundo

El resultado fue una comunicación a través del hielo de aproximadamente 1,2 kilobytes por segundo, lograda con un prototipo alfa que ya había viajado tres veces entre Boston y Alaska. «Es un resultado muy alentador y el sistema merece seguir desarrollándose», asegura Whelihan.

En futuras versiones de este sistema, los datos recogidos bajo el hielo podrían retransmitirse fuera del Ártico mediante drones o satélites, ampliando el alcance de la red de sensores que el laboratorio lleva años desarrollando.

El dispositivo de comunicaciones de Havguard, alojado en un recipiente a presión de policarbonato, cuenta con una arquitectura modular que permite combinar diversos sensores; en este caso, tanto magnetoinductivos como ópticos. (Foto: Tim Briggs / Lincoln Laboratory).

Vínculos con la comunidad ártica

Durante la semana que pasaron en Utqiaġvik, a mediados de abril, el equipo participó en el festival de primavera Piuraaġiaqta, con un concurso de lanzamiento de arpón y una carrera infantil de motos de nieve. También visitaron un colegio para enseñar conceptos de sonar a estudiantes mediante un juego.

«Cuando te acercas a esta cultura y a esta comunidad, conoces a gente muy interesante y se abren puertas», cuenta Whelihan. Evans añade que cada visita les permite cruzarse con personas que acaban abriendo nuevas vías de colaboración, como un profesor de la Universidad de Maryland con quien ahora esperan aplicar aprendizaje automático para distinguir terremotos de hielo de vocalizaciones de mamíferos marinos.

Rumbo a la próxima misión en 2028

De cara a la OIC 2028, el equipo planea diseñar y probar versiones de sus sensores que puedan lanzarse desde el aire, además de seguir colaborando con Havguard para optimizar el empaquetado del módem y facilitar su integración con el resto de sensores del laboratorio.

«El hilo conductor de todo este trabajo es minimizar la presencia humana sobre el hielo», resume Whelihan. «Este año hemos aprendido que el tiempo manda sobre nuestro acceso al Ártico. Necesitamos formas sencillas de llevar los sensores adonde queremos y de recuperar los datos que recogen, incluso en condiciones tan extremas».

El proyecto se financia con fondos propios del laboratorio destinados a tecnología crítica para la misión y con el Comité de Conceptos Avanzados, que apoya investigación de alto riesgo y alto impacto en seguridad nacional.