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Las abejas han sido objeto de estudio durante décadas por su papel en los ecosistemas y por su capacidad de orientación, memoria espacial y comunicación dentro de la colmena. Pero no todo se resume a eso, ya que recientemente, una serie de experimentos puso el foco en aspectos menos conocidos relacionados con su percepción visual y su aprendizaje.
Fue en este marco que científicos confirmaron que las abejas pueden procesar imágenes complejas, como los rostros humanos. A continuación, revelaremos cómo estos insectos logran interpretar los estímulos visuales y qué estrategias cognitivas emplean para reconocer patrones, incluso cuando estos no forman parte de su entorno natural.
¿Cómo descubrieron que las abejas son capaces de reconocer rostros humanos?
Para aclarar el panorama, el estudio, publicado en la revista Journal of Experimental Biology, parte de una premisa clara: en su vida cotidiana, las abejas no necesitan reconocer rostros humanos.
Aun así, Adrian Dyer, investigador de la Universidad de Monash, en Australia, ya había demostrado en 2005 que estos insectos podían ser entrenados para asociar imágenes de caras humanas con recompensas azucaradas.
Martin Giurfa, investigador de la Universidad de Toulouse y autor del trabajo, explicó que el objetivo no era demostrar que las abejas reconocen personas, sino entender qué estrategia visual utilizan.
«Como a los insectos se les recompensaba con un poco de azúcar cuando elegían fotografías de personas, lo que realmente veían eran extrañas flores. Lo importante es saber qué estrategia utilizan para discriminar las caras», señaló.
Giurfa planteó que las abejas no identifican identidades humanas, sino que aprenden la disposición relativa de los rasgos faciales, es decir, la configuración espacial de ojos, nariz y boca.
¿Cómo se entrenó a las abejas para reconocer patrones faciales?
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores diseñaron una serie de experimentos progresivos. En una primera fase, las abejas fueron entrenadas con imágenes muy simples que simulaban caras: dos puntos como ojos, una línea vertical como nariz y una línea horizontal como boca.
La investigadora Avargues-Weber adiestró a abejas individuales para distinguir entre configuraciones en las que los rasgos estaban juntos y otras en las que aparecían separados. Tras el aprendizaje, las abejas fueron capaces de reconocer el patrón correcto incluso sin recibir recompensa de azúcar, lo que confirmó que habían interiorizado la estructura visual.
En una segunda fase, se analizó si las abejas podían clasificar imágenes. Para ello, se les mostraron varios pares de estímulos: una imagen con forma de cara y otras compuestas por puntos y rayas sin configuración facial.
Cuando elegían la imagen similar a una cara, recibían una recompensa. Posteriormente, se introdujeron imágenes nuevas y desconocidas, que las abejas lograron identificar correctamente.
Según los investigadores, este acierto no se debe a que sepan qué es un rostro humano, sino a que han aprendido el orden y la relación espacial entre los rasgos.
¿Pueden estos insectos distinguir rostros entre personas concretas?
El experimento avanzó hacia estímulos más elaborados. Las imágenes simples se integraron en fotografías con apariencia más realista. De forma llamativa, las abejas siguieron reconociendo las configuraciones faciales.
Sin embargo, cuando los científicos alteraron la posición relativa de ojos, nariz y boca en fotografías reales, las abejas dejaron de identificar esas imágenes como caras. En ese momento, las trataron como patrones desconocidos, lo que confirmó que su reconocimiento depende estrictamente de la configuración.
Este resultado aclara un punto clave: las abejas pueden reconocer patrones similares a caras, pero no distinguir entre personas concretas. Su habilidad reside en detectar relaciones espaciales entre elementos visuales, una estrategia útil para identificar flores y otros objetos del entorno.
¿Qué implica este hallazgo sobre las abejas y su cerebro?
El cerebro de una abeja tiene un tamaño comparable al de una semilla de sésamo y cuenta con cerca de un millón de neuronas, una cifra muy reducida frente a los aproximadamente 86.000 millones del cerebro humano. A pesar de ello, los investigadores destacan su eficiencia para procesar información visual.
Las abejas ya eran conocidas por capacidades como la navegación a larga distancia o la comunicación mediante danzas. El reconocimiento de patrones faciales se suma ahora a esa lista y ha despertado interés en campos como la inteligencia artificial.
Según Giurfa, comprender cómo las abejas analizan imágenes complejas podría inspirar el desarrollo de sistemas automáticos de reconocimiento facial más simples y eficientes.
Además, el estudio refuerza la importancia de proteger a estos insectos, amenazados por la pérdida de hábitat, el uso de pesticidas y el cambio climático, no solo por su papel ecológico, sino también por el conocimiento científico que aún pueden aportar.
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