Sánchez y el espejo de 2003: la crítica de Federico Rampini sobre la posición de España en la guerra contra Irán
El analista geopolítico cree que "Sánchez intenta repetir lo que hicieron Alemania y Francia en 2003" pero con menos poderío
En su videoblog Oriente-Occidente en Corriere della Sera, el periodista y analista italiano Federico Rampini plantea una reflexión para Europa tras la decisión del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de desligarse de la guerra de EEUU e Israel contra Irán. Según Rampini, el gesto de Sánchez evoca lo ocurrido en 2003, cuando Francia y Alemania se opusieron a la guerra en Irak liderada por George W. Bush.
Aquel año —recuerda— marcó uno de los momentos de mayor fractura transatlántica. Jacques Chirac y Gerhard Schröder se desmarcaron con firmeza de la Casa Blanca, mientras se multiplicaban los diagnósticos apocalípticos sobre el fin de la OTAN y la supuesta muerte de la Alianza Atlántica. Dos décadas después, sostiene Rampini, aquellas profecías deben revisarse.
El periodista italiano reconoce que, con el paso del tiempo, la historia dio argumentos a quienes calificaron la invasión de Irak como un grave error. La propia administración estadounidense terminó admitiendo fallos estratégicos y de gestión. Sin embargo, la cuestión de fondo —subraya— no es sólo quién tenía razón, sino quién conserva influencia.
Y ahí, afirma, el balance es desfavorable para Europa. Alemania y Francia, que en 2003 se erigieron en referentes del rechazo a la guerra, no han aumentado su peso en Oriente Medio, más bien lo contrario. Su capacidad de incidir en los equilibrios regionales se ha reducido hasta volverse marginal. Mientras tanto, pese a los errores cometidos bajo las presidencias de Bush y de Barack Obama, Estados Unidos sigue siendo —a juicio de Rampini— la superpotencia externa dominante en la región.
Desde esta perspectiva, el mensaje implícito a los líderes europeos es claro: disentir puede ser legítimo, incluso acertado, pero no garantiza relevancia geopolítica. «¿Qué significa exactamente tener razón?», se pregunta el analista. Si esa razón no se traduce en capacidad de acción ni en influencia sostenida, su valor estratégico es limitado.
En el caso español, Rampini introduce un matiz adicional. España, señala, dispone de unas fuerzas armadas modestas y no alcanza los niveles mínimos de gasto comprometidos con la OTAN. En consecuencia, su desmarque tendrá un impacto práctico reducido en el equilibrio de poder internacional. Más que un giro estructural, sería un gesto político.
La tesis de fondo es una advertencia a Europa: el debate no debería agotarse en la superioridad moral o en la vindicación histórica, sino en la construcción de poder real. Porque en el tablero internacional —concluye Rampini— la influencia no la determina sólo la razón, sino la capacidad de sostenerla con medios, alianzas y presencia efectiva.
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