El diésel puede dar la victoria a Irán y Ucrania
La Casa Blanca y el Kremlin sufren las consecuencias de la destrucción económica mutua: inflación, desabastecimiento y subida de los tipos de interés
Los dos euros que cuesta ya el diésel en España son un indicio de que Irán y Ucrania pueden estar ganando sus guerras contra Estados Unidos y Rusia. Al final, la victoria puede decidirse no en las llanuras ucranianas ni en los cielos iraníes, sino en las gasolineras de América, China y Europa.
En vez de caer en cuestión de días ante unos ejércitos muy superiores y suplicar un alto el fuego, los ucranianos y los iraníes no sólo resisten, sino que están causando tales daños a sus enemigos que tienen cerca la victoria… o al menos la evitación de la derrota. Los estados mayores y los periodistas, que siempre se fijan en las guerras pasadas para adivinar la marcha de las actuales, ahora recuerdan Vietnam y Afganistán, donde quienes iban a ser vencidos se convirtieron en vencedores por su tenacidad y su capacidad de sacrificio.
Y al «poder de la carne” (como se lo mostró Thulsa Doom a Conan) se ha unido el abaratamiento de la tecnología, que dota a los pequeños luchadores de armas para golpear a sus enemigos donde más daño pueden hacerles. La infantería sigue siendo fundamental para ocupar el territorio, pero los drones han alterado el equilibrio militar como lo hicieron las guerrillas españolas contra Napoleón.
Kiev y Teherán saben que no pueden vencer en campo abierto a los ejércitos ruso, estadounidense e israelí, por lo que han dirigido sus fuerzas contra los recursos económicos de sus enemigos y de los aliados de éstos.
En Oriente Próximo, al bloqueo del estrecho de Ormuz se ha unido la presencia en la costa del mar Rojo de los hutíes del Yemen, que reciben ayuda de Irán, y los ataques al oleoducto saudí Este-Oeste por milicias chiitas iraquíes. La consecuencia es que el gobierno de Arabia Saudí ha cerrado el puerto de Yanbú, en el mar Rojo.
De las 32 refinerías que hay en Rusia, los drones ucranianos han atacado 27; sólo se han salvado las situadas en Asia. La producción de combustibles ha quedado tan disminuida que el Gobierno ruso ha ampliado la prohibición de exportación. El mercado interno tiene preferencia, a fin de impedir inflación y malestar.
Petróleo hay de sobra en el mundo en el área atlántica. La escasez está afectando a los combustibles refinados, en parte por la estupidez de las élites europeas. En Europa se han cerrado más de 30 refinerías desde 2000, casi un tercio de las existentes entonces, debido a los mayores costes en comparación con Asia y a la monserga de la descarbonización.
A pesar del plan de transición energética del gobierno de Sánchez, España puede ser de las naciones europeas menos afectadas, ya que tiene ocho refinerías, todas capaces de elaborar diésel. Pero en Francia, Gran Bretaña y Alemania ya se están aplicando medidas de racionamiento para frenar el acaparamiento.
Otro producto encarecido es la urea, fundamental para los fertilizantes usados en la agricultura, de la que los países árabes del golfo Pérsico elaboraban en torno a un 30% de la producción mundial. La cotización de la tonelada métrica de urea (en futuros) pasó de menos 400 dólares en enero a 460 en la actualidad, con un pico en primavera de más de 700 dólares.
Por último, en el mar Negro ucranianos y rusos están atacando los mercantes que trasladan sus cereales antes de que alcancen el Bósforo.
Consecuencias de la destrucción económica mutua
La Casa Blanca y el Kremlin saben que ellos y sus aliados más cercanos, desde Bielorrusia al Reino Unido, están sufriendo las consecuencias de esta «destrucción mutua económica»: inflación, desabastecimiento, aumento de los precios de los alimentos y, por fin, subida de los tipos de interés por parte de los bancos centrales (como han hecho la Reserva Federal, el BCE y el Banco de Japón). Una recesión podría llevárselos por delante, como vamos a ver en las elecciones de noviembre en Estados Unidos.
En el caso de Rusia, aunque el partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, ha obtenido la victoria oficial en las elecciones parlamentarias de septiembre, con más votos y escaños que en las de 2021, antes de la guerra contra Ucrania, muchos cambios radicales en el país se han registrado, literalmente, de un día para otro, como la revolución de febrero de 1917 que derrocó al zar; la destitución de Nikita Jrushchov por sus camaradas del presídium, en 1964; o la disolución de la Unión Soviética, en 1991. Precisamente, Putin ascendió a la presidencia de Rusia gracias a la dimisión sorpresa de Boris Yeltsin el 31 de diciembre de 1999.
Sin embargo, tanto a Trump como a Putin les es muy difícil dar marcha atrás en sus guerras y reconocer que sus «planes sin fisuras» han fallado. El norteamericano puede haber arruinado su presidencia y arrojado al mundo a una crisis económica, mientras que el ruso se encuentra en una situación peor.
El coste económico para Estados Unidos de su guerra iniciada en febrero supera los 45.000 millones de dólares. La misma categoría para Rusia, tras cuatro años y medio de fracasada «operación militar especial», se eleva a más de 600.000 millones según diversas fuentes, ya que Moscú no da datos. Respecto a los muertos, EEUU ha reconocido 19; en cambio, Rusia puede haber sufrido entre 700.000 y millón y medio de bajas, aunque un número considerable de éstas son extranjeros, sobre todo coreanos.
En la era de la globalización, las guerras ya no se terminan por deseo de la gran potencia, que declara la victoria (o la misión cumplida), retira los soldados y los buques y deja a los «salvajes» o los «agresores» en sus montañas, sus desiertos o sus islas. Irán y sus aliados pueden seguir cañoneando petroleros o bombardeando oleoductos y los ucranianos pueden enviar nuevas oleadas de drones a las refinerías rusas.
Ahora los «bárbaros» dominan un escenario de guerra ampliado. Y, como en la Guerra Fría, empieza a expresarse en público el posible empleo de armamento nuclear, siquiera táctico, por parte de las superpotencias.
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