Historia
Antigua Roma

Hoy se vende como tecnología de lujo, pero hace 2.000 años el Imperio romano calentaba las habitaciones en invierno con vapor de agua y columnas de ladrillos

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

El Imperio romano dominó gran parte de Europa, el norte de África y Oriente Próximo durante siglos, y dejó tras de sí carreteras, acueductos y un sistema legal que todavía influye en las leyes actuales. Menos conocido es que también resolvió, hace unos 2.000 años, un problema que sigue de actualidad: cómo calentar una vivienda en invierno sin depender de una simple chimenea.

La solución que idearon combinaba aire caliente y vapor de agua canalizados bajo el suelo y dentro de las paredes, un método capaz de mantener templadas villas, baños públicos e incluso cuarteles militares en las provincias más frías del imperio. Su diseño era tan eficiente que, con matices, sigue siendo la base de una de las tecnologías de climatización más valoradas hoy.

El hipocausto, el sistema con el que el Imperio romano calentaba las casas

El sistema que aquí nos congrega se llamaba hipocausto, una palabra que combina el griego ‘hypo’ (por debajo) y ‘caustos’ (quemado).

Su invención se atribuye al ingeniero romano Cayo Sergio Orata, en el siglo I antes de Cristo, aunque el diseño se perfeccionó y se extendió por todo el imperio en los dos siglos siguientes, desde Britania hasta el norte de África; para entonces ya era habitual, como se mencionó al principio, en villas privadas, termas públicas y hasta en cuarteles del ejército.

Todo el proceso arrancaba en el praefurnium, un horno situado en el exterior del edificio donde se quemaba leña o carbón sin parar.

A su vez, cabe remarcar que los gases calientes que generaba esa combustión no salían directamente al exterior: se conducían bajo el suelo de las habitaciones, calentando primero el aire y, en las zonas con baños de agua caliente, generando también el vapor que envolvía las salas más húmedas.

En las termas, el hipocausto convivía con otro elemento clave: el calidarium, la sala de baños calientes, y el laconicum, una especie de sauna donde el vapor de agua generado por el calor envolvía a los bañistas.

La combinación de aire seco bajo el suelo y vapor en las salas de baño convertía una visita a las termas en una experiencia térmica completa, no muy distinta de un balneario actual. Dicho esto, ¿Quién no querría apuntarse?

Columnas de ladrillo y conductos: la ingeniería detrás del suelo caliente

El suelo de las habitaciones no descansaba directamente sobre la tierra, sino sobre un entramado de columnas de ladrillo llamadas pilae, de entre 40 y 60 centímetros de altura y separadas apenas 30 centímetros entre sí.

Hipocausto en el yacimiento arqueológico de Camesa-Rebolledo, en el municipio de Valdeolea (Cantabria). Foto: Emilio Gómez Fernández en Wikimedia Commons.

Sobre ellas se apoyaba una losa gruesa, la suspensura, lo bastante sólida para caminar encima sin quemarse mientras el aire caliente circulaba libremente por el hueco inferior.

Y en las paredes, los romanos incorporaron tubos huecos de cerámica llamados tubuli, que permitían que el aire caliente también ascendiera en vertical y templara los muros, no solo el suelo. El humo y los gases sobrantes se evacuaban por conductos hasta la parte más alta del edificio, lo que evitaba el problema típico de los braseros: llenar la habitación de humo.

Un lujo reservado a villas, termas y cuarteles del Imperio romano

Mantener un hipocausto encendido no era barato. Algunas termas llegaban a quemar cientos de kilos de leña y carbón al día para conservar el agua y el aire a la temperatura adecuada, así que el sistema quedó reservado casi siempre a villas de familias adineradas, baños públicos y edificios estratégicos como los cuarteles militares en las fronteras más frías del imperio.

Como dato de color y con un tinte de cercanía, en España se conservan restos bien documentados en yacimientos como Los Bañales, en Uncastillo (Zaragoza), a un centenar de kilómetros de la antigua Caesaraugusta. Por cierto, este último rincón es perfecto para visitar en invierno, cuando se tiñe de blanco.

Fuera de la península, las termas romanas de Bath, en Inglaterra, y las de Pompeya, sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79, muestran todavía hoy las columnas de ladrillo que sostenían el suelo caliente.

Del hipocausto al suelo radiante: la misma idea, pero 2.000 años después

La lógica del hipocausto (repartir el calor desde abajo y de forma uniforme, en lugar de concentrarlo en un único punto) es exactamente la misma que utilizan hoy los sistemas de suelo radiante, solo que ahora el agua caliente circula por tuberías de plástico en vez de aire por cámaras de ladrillo. Cambia la tecnología, pero el principio físico sigue intacto dos milenios después.

Inclusive, el invento dejó huella en el idioma: en la España medieval, a las habitaciones calentadas con un sistema heredero del hipocausto se las llamaba ‘gloria’, por lo agradable de su temperatura en pleno invierno.

De esa costumbre viene la expresión ‘estar en la gloria’, que todavía se usa en castellano para describir un bienestar absoluto. Aquellas ‘glorias’ rurales, alimentadas con brasas bajo un suelo de baldosas, siguieron funcionando en algunas casas de Castilla hasta bien entrado el siglo XX.