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Durante la campaña de excavación de 2010 en el yacimiento del Cerro de las Cabezas, un oppidum ibérico en Valdepeñas (Ciudad Real), los arqueólogos hallaron los restos de dos hombres adultos depositados junto a la muralla defensiva sur del asentamiento.
Los cuerpos no habían sido incinerados, práctica habitual entre los iberos, ni enterrados con cuidado: aparecieron en posiciones forzadas, sin fosa excavada ni estructura funeraria, acompañados de seis grandes astas de ciervo rojo de más de un metro de longitud. El estudio de los restos, publicado en Research Square por Jesús Herrerín y Natasha Šarkić, entre otros, ha tardado más de una década en completarse.
Los análisis antropológicos y de isótopos estables revelan que ambos hombres murieron de forma violenta hace aproximadamente 2.300 años, a finales del siglo III o principios del II a.C.
El hallazgo no tiene parangón en el registro arqueológico ibérico y los investigadores lo interpretan como un caso de «mala muerte», una práctica ritual que marcaba a determinados individuos como transgresores o indeseables y los excluía de los ritos funerarios normales de la comunidad.
Cómo murieron los dos hombres del Cerro de las Cabezas
El Individuo A era un varón de entre 35 y 45 años. El análisis de sus huesos reveló dos lesiones de distinta cronología. La primera, en el hueso frontal del cráneo, había cicatrizado: los bordes redondeados y la porosidad de la fractura indican que se produjo entre dos y seis semanas antes de la muerte. Este hombre sobrevivió a un fuerte impacto en la cabeza, probablemente en un enfrentamiento previo.
La segunda lesión fue la que lo mató. Un corte profundo y transversal en el tercio distal del fémur derecho, causado por un arma de filo pesado como una espada o un hacha, seccionó los principales vasos sanguíneos de la región poplítea. El fémur no se cortó por completo: la parte restante se fracturó por el peso de la pierna.
El golpe se asestó mientras el individuo estaba tendido boca abajo. La hemorragia masiva resultante causó la muerte por shock hipovolémico. El cuerpo fue arrojado al depósito sin ningún cuidado, quedando sobre el lado izquierdo con la pierna derecha torcida de forma antinatural hacia la cabeza.
El Individuo B era un varón de entre 40 y 59 años. Fue decapitado. El cráneo, la mandíbula y las tres primeras vértebras cervicales aparecieron juntos, en articulación anatómica, separados unos 40 centímetros del torso. Esa disposición descarta cualquier desplazamiento postdeposicional: el tejido blando aún estaba presente cuando se depositó el cuerpo, lo que confirma la decapitación.
El corte se realizó a la altura de la tercera o cuarta vértebra cervical, con el individuo boca abajo, lo que sugiere que el golpe vino desde atrás. La cabeza no fue exhibida como trofeo, una práctica documentada en el noreste peninsular, sino depositada junto al cuerpo, encima del brazo izquierdo.
Qué significan las seis astas de ciervo y por qué este hallazgo es único en la arqueología ibérica
Los iberos incineraban a sus muertos. Encontrar esqueletos completos, sin cremar y en conexión anatómica, ya es una rareza en este contexto cultural. Pero la combinación de violencia extrema, deposición junto a la muralla defensiva, ausencia de cualquier ajuar funerario convencional y presencia de seis grandes astas de ciervo convierte este depósito en un caso sin paralelos directos en el mundo ibérico.
Los investigadores han documentado el orden de los hechos gracias a las relaciones estratigráficas. Primero se colocaron varias astas en la base del hoyo. Luego se arrojó al Individuo A, que cayó sobre las astas. Inmediatamente después se depositó al Individuo B, cuyo cuerpo cayó parcialmente sobre el de A. Finalmente se añadieron más astas por encima y se colocó la cabeza seccionada de B sobre el extremo superior del depósito. Toda la secuencia fue un único evento, rápido y deliberado.
El asta de ciervo era un material de prestigio y simbolismo ritual en la cultura ibérica. En el ámbito celtibérico existen paralelos de astas depositadas bajo murallas y estructuras defensivas como ofrendas apotropaicas, es decir, destinadas a proteger a la comunidad.
Los autores del estudio apuntan a que la deposición de estos dos hombres junto a la muralla sur del oppidum pudo combinar dos funciones simultáneas: un castigo o sanción social que los excluía de los ritos funerarios normales y un acto de protección simbólica del asentamiento, donde los cuerpos de los ejecutados reforzaban los límites de la comunidad y recordaban a sus habitantes las consecuencias de transgredir sus normas.
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