Verde y blanco, y la mesa puesta
Mañana es domingo y todavía se nota el eco de ayer, 28 de febrero, Día de Andalucía. Hay celebraciones que piden himno y balcones, y otras que se entienden mejor con una copa bien servida y algo de comer que tenga verdad. Andalucía, que es vieja y joven a la vez, suele preferir lo segundo. Será por el sol, por el oficio, por esa manera de mirar la vida sin dejarse amargar del todo, incluso cuando hay motivos. El sur no necesita permiso para ser el sur. Entra.
De Andalucía se habla mucho y se habla mal a menudo, que es peor. Entre el tópico y la postal cabe un mundo entero que solo se descubre cuando uno se sienta, pide y escucha. Aquí el carácter no es un adorno. Se nota en la barra, en el plato y en el modo de atender. También en el orgullo, que existe y a veces desborda, pero que casi siempre nace de algo concreto. De una tierra con cultura de siglos, de un recetario que no ha pedido disculpas, de un producto que no necesita maquillaje.
Así que, ya que ayer fue su día, lo lógico es celebrarla como mejor sabe ella, sin ponerse pesada y sin ponerse cursi. Con un recorrido que no pretende abarcarlo todo, porque Andalucía no cabe en un artículo ni en una vida, pero sí se deja rozar por unas cuantas estaciones que explican bien su carácter. Empiezo por Sevilla, porque Sevilla es un compás que se te mete en el cuerpo aunque tú jures que vas a lo tuyo.
En el Arenal, al lado de la Maestranza, hay un sitio llamado Malandro que entiende una cosa importante: la modernidad, si no conversa con lo de siempre, se queda en ocurrencia. Allí conviven brasa y tapeo, bodega y mirada contemporánea, con la ciudad delante, que impone. En su propio planteamiento aparece esa idea de mirador y de cocina a la brasa con vistas a la Real Maestranza.  Y si alguien quiere el dato práctico, que también es cultura, la casa da dirección y horarios con claridad, calle Gracia Fernández Palacios, y ese tramo horario largo que en Sevilla tiene sentido.  No hace falta convertirlo en un catecismo de tapas. Basta con entender el gesto. En Sevilla se puede comer con ligereza o con ceremonia, y el mérito está en ofrecer ambas cosas sin que parezca una renuncia.
Desde ahí, el cuerpo pide mar. Andalucía tiene un mar que manda y que educa. Cádiz no es solo una provincia, es una forma de entender el sabor, la sal y el tiempo. En Roche, en Conil de la Frontera, El Timón de Roche se asoma a ese Atlántico que no perdona el despiste. La Guía Repsol lo señala como restaurante recomendado, con una horquilla orientativa de 35 a 60 euros y un detalle que dice mucho del oficio: abierto todos los días del año.  Hay lugares que funcionan a temporada y otros que se sostienen en el tiempo. Lo segundo suele indicar cocina con fundamento y clientela que vuelve.
Y si uno sigue el hilo gaditano hacia Sanlúcar de Barrameda, aparece Bajo de Guía, que es una escuela sin pupitre. Allí el pescado y el marisco se entienden con una naturalidad que no se aprende en un curso. Casa Bigote forma parte de esa tradición viva. La Guía Michelin recuerda un dato que explica casi todo: abrió en 1951 como taberna marinera donde se despachaba manzanilla a los pescadores del barrio.  La palabra taberna, en Andalucía, no es un decorado. Es una manera de estar. Casa Bigote mantiene esa esencia y la convierte en un clásico que no se gasta porque no necesita reinventarse cada semana. En un mundo donde tantos sitios viven de explicarse, aquí lo principal es que el plato llegue y hable.
Hasta aquí, la Andalucía de mesa y sal. Pero el sur también se bebe, y Málaga, tan diversa y tantas veces reducida a simplificación, guarda una geografía interior que merece respeto. Ronda, por ejemplo, tiene una elegancia áspera, de piedra y aire limpio, y en su serranía se elaboran vinos con personalidad. Bodega Doña Felisa ofrece su Cloe Rosé como un rosado de la Serranía de Ronda, equilibrado y fresco, con ese punto aromático que acompaña sin invadir.  El rosado, cuando está bien hecho, no es un gesto simpático. Es una forma seria de beber, especialmente cuando el día aprieta.
Y si de vino andaluz se trata, Jerez aparece como un capítulo aparte, porque ahí el tiempo no es una metáfora, es un método. Bodegas Tradición está dedicada en exclusiva a los vinos de Jerez más añejos calificados por el Consejo Regulador, con categorías VOS y VORS y sus edades mínimas, más de 20 y más de 30 años.  Eso no se improvisa. Eso se hereda, se cuida y se defiende. En Andalucía hay muchas maneras de ser moderno, y una de las más inteligentes es proteger lo antiguo sin convertirlo en museo.
Con el vino llega inevitablemente el picoteo serio, el que no es capricho sino celebración. En la serranía de Ronda también se habla de ibérico, y Dehesa Monteros insiste en una idea singular que llama la atención por lo concreta que es: la premontanera de castañas, antes de la montanera.  Son detalles que suenan a campo y no a marketing, y cuando el ibérico se cuenta desde el campo suele ser mejor señal que cuando se cuenta desde el eslogan.
Y luego está el aceite. En Andalucía el aceite no acompaña. El aceite manda. Es un idioma común y una medida de la cocina. Finca La Torre, en Antequera, recibió el Premio Alimentos de España 2024 a 2025 en la categoría de producción ecológica, según el propio Ministerio.  Ese reconocimiento importa porque pone nombre a una realidad que muchos intuían: el AOVE puede ser producto cultural, no solo ingrediente. Cuando un aceite es bueno, se entiende solo. No necesita florituras. Un poco de pan y el silencio.
Y, para terminar, hace falta un lugar donde dormir como se debe, sin convertir el descanso en trámite. En el casco antiguo de Marbella está La Fonda Heritage Hotel, bajo el paraguas de Relais & Châteaux, con 19 habitaciones según su ficha.  Tiene además sky bar y esa promesa sencilla de mirar los tejados con una copa en la mano, que en el sur funciona casi como una despedida educada del día.  No hace falta más.
Ayer fue el Día de Andalucía. Mañana será domingo. Lo importante es que el sur sigue ahí, con su manera de recibirte y de obligarte a aflojar la mandíbula. Uno puede celebrar Andalucía con palabras, claro. Pero si quiere acertar, que la celebre con oficio, con producto y con mesa. Verde y blanco, sí. Y, sobre todo, la vida bien aliñada.
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