Los jóvenes ya no beben como Dios manda, por suerte
Hay una frase que toda generación pronuncia cuando empieza a tener dolores de espalda: «Los jóvenes ya no saben beber».
Naturalmente.
Lo decimos los mismos que durante décadas consideramos alta coctelería mezclar whisky de batalla con refresco de cola en vaso de tubo, y que llamábamos «tomar la última» a una operación militar que podía terminar a las siete de la mañana, desayunando churros con la dignidad abandonada en algún taxi.
Pero los jóvenes, por lo visto, han decidido traicionarnos.
Beben distinto.
Y, lo que resulta todavía más irritante, puede que hasta beban mejor.
La noche ya no es aquella selva amazónica donde uno entraba un viernes y salía el domingo con la misma camisa, tres teléfonos apuntados en una servilleta y la vaga sospecha de haber cantado Mediterráneo abrazado a un desconocido. Ahora se sale antes, se vuelve antes y entre medias se bebe con cierta cabeza. Una auténtica falta de respeto a las tradiciones nacionales.
El tardeo ha dado un golpe de Estado a la madrugada. El aperitivo vuelve a ser religión, las sobremesas se estiran y la copa de las cuatro de la tarde ya no necesita presentar excusas ante el juez.
Y claro, si cambia la fauna, cambia el abrevadero.
El vino es uno de los grandes beneficiados. Aquellos jóvenes que hace cuatro días pensaban que el vino era cosa de padres, cuñados y señores que dicen «mineralidad» poniendo cara de notario, ahora se lanzan a por blancos frescos, aromáticos, salinos y con personalidad.
En Berria lo saben bien. Este templo vinícola frente a la Puerta de Alcalá, con más de 3.000 referencias y más de un centenar de vinos por copas, acaba de recibir el Grand Award de Wine Spectator. Una especie de Olimpo líquido donde uno entra pidiendo un vino y puede acabar descubriendo que Albariño no es solo el que bebe su cuñado en Navidad.
Su director de vinos, Mario Ayllón, señala algunas botellas que explican perfectamente este cambio de época: Domaine Rieffel Mr Pink Rosé Crémant d’Alsace, fresco y vibrante; Albamar Albino 2025, pura bofetada atlántica; La Escribana 2024, de Luis Pérez, demostrando que Cádiz no solo sirve para freír pescado y hacer chirigotas; y Lava. Lomo de los Ingleses 2022, uno de esos pequeños proyectos que están haciendo más por la viticultura española que veinte congresos con acreditación, canapé y PowerPoint.
Son vinos sin corsé. Con identidad. Sin necesidad de que nadie dé una conferencia de cuarenta minutos antes de beberlos.
Pero la verdadera revolución está en la coctelería.
El cóctel, antiguamente reservado a hoteles con pianista y señores sospechosamente perfumados, ha salido a la calle a plena luz del día. Ya no hay que esperar a medianoche para pedir algo con hielo, burbujas y una rodaja de fruta sin que te retiren el carné de hombre serio.
Borja Cortina, Mixing Master de Schweppes y responsable de Varsovia Bar, lo explica: las nuevas generaciones buscan menos alcohol, más frescura, más carbónico y mayor complejidad aromática. Es decir, prefieren disfrutar de la copa a utilizarla como arma de destrucción masiva contra el hígado.
Una extravagancia.
Colo Linari coincide: desde la pandemia salimos más de día, alargamos la sobremesa y buscamos bebidas que permitan seguir conversando sin terminar confesando secretos familiares al camarero.
Por eso triunfan los Spritz y los Mules. Hielo, burbujas, frescura y la posibilidad de beber durante horas sin despertarse al día siguiente creyendo que alguien ha utilizado el cerebro como pista de pádel.
Hasta la tónica, condenada durante décadas a ser la sufrida esposa del gin-tonic, se ha emancipado.
Y el tequila, atención, ha conseguido limpiar sus antecedentes penales.
Durante años fue el responsable oficial de tatuajes inexplicables, mensajes a exparejas y decisiones tomadas a las cuatro y media de la mañana. Hoy se ha puesto americana, estudia un máster y aparece en cócteles sofisticados.
Marc Álvarez, cofundador de Sips, ha creado la Paloma Tierra Batida: tequila, pomelo, miel de agave con vainilla y remolacha. Un cóctel inspirado en una pista de tenis de tierra batida.
Antes bebíamos para olvidar. Ahora bebemos conceptos.
Y cuando parecía imposible rizar más el rizo llega el Coffee Tonic.
Café con tónica.
Hace quince años aquello habría sido considerado una amenaza. Hoy, gracias a la alianza entre Schweppes y Starbucks, apunta a bebida del verano. Café frío, hielo y burbujas para una generación que ha decidido que incluso la cafeína debe tener su momento de terraza.
Es la llamada Afternoon Society: beber antes, mejor y, a ser posible, con luz natural para que las fotos salgan decentes.
Mientras tanto, mocktails, kombuchas y bebidas sin alcohol siguen ganando terreno. Cuatro de cada diez consumidores piden ya alternativas No & Low Alcohol. Porque brindar ya no obliga a emborracharse, como tampoco cenar exige comerse un cochinillo entero.
Quizá los jóvenes no hayan dejado de beber.
Quizá simplemente han descubierto que se puede disfrutar de una copa sin tener que pedir perdón al día siguiente.
Y eso, para quienes fuimos educados en el noble arte del «una y nos vamos», resulta profundamente sospechoso.
Porque todos sabemos cómo terminaba aquello.
Nunca era una.
Y jamás nos íbamos.
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