Carmena cambia de camellos
Llego justo de tiempo a la Cabalgata porque el tráfico de Madrid es un sindiós. No culparé a Carmena por ello. Hoy no. Sí a las Navidades que (por fin) se acaban mañana. Me hago fuerte como mis 181 centímetros y mis anchas espaldas de cuarentón de gimnasio entre un grupo de chavalitos –y chavalitas, que diría un progre– de edades indeterminadas y alturas diversas. Les saco medio cuerpo a todos –y a todas– y una cabeza a sus padres –y madres–, que nunca jugarían en la NBA. Lo bueno de llegar (casi) tarde es que esto empieza ya.
Arranca la Cabalgata de Carmena con algo tan podemita y tan hipster como ir en bici por la ciudad. Ya saben: coches caca, bicis buenas. Es un cansino circular, como una etapa neutralizada del Tour. Luego, la Policía a caballo, otro medio de transporte ecológico, con sus trajes de gala. Tras ellos, los bomberos, unos a pie y otros en coches de época, que nunca está de más por si la Cabalgata se pone calentita. Los primeros que arrojan caramelos a cascoporro. Pillo tres. Me como uno. De limón.
Una acróbata blanca sobrevuela nuestras cabezas suspendida sobre unos globos enormes. Los niños miran al cielo con sus ojos de dibujos manga y abren la boca. Luego, la carroza de Clan, con su Pepa Pig y otros dibujos animados, levanta los ánimos de la muchachada. La tele, ya saben, que más que un electrodoméstico es un padre con la barriga plana. De momento, nada parece fuera de lo normal.
Como me está bajando el azúcar me como otro caramelo. Me guardo el papel en el bolsillo porque soy un tío verde. Llegan las carrozas dedicadas a la naturaleza. Esto ya empieza a parecerse a un desfile de carnaval más que a una cabalgata. «Mira, bichos que vuelan», dice un niño refiriéndose a unas enormes luciérnagas. Otra carroza simula un mar con sus peces de colores. Un águila gigante encabeza esta parte del desfile donde hay personas vestidas de árboles. Me ahorro el chiste del qué pasa tronco. Demasiada naturaleza para mi gusto urbanita.
Todo muy natural
Llegan después los planetas del espacio, de uno de ellos se supone que vino Carmena a Madrid para gobernarnos. Y hay entre ellos una enorme astronauta –chica, por supuesto– que tiene las pestañas de Carmen Sevilla en sus películas en blanco y negro. Me pregunto qué (coño) pinta una astronauta en una Cabalgata de Reyes. No encuentro respuesta. Cosas de la abuelita Manuela. Pues caramelo al coleto. Como he pillado otros dos casi sin esforzarme, aún tengo reservas.
Veo una carroza con científicos y locos voladores. Todo muy educativo, oiga. Llevan bigotes de domador de circo. «Se parecen a los bichos que salen en el bar de Star Wars», dice un niño al que le faltan dos dientes de delante y a mí me recuerda al cuñaaaaao. Es una Cabalgata que intenta construirse en torno a la curiosidad de los niños y se está convirtiendo en una clase de ciencias naturales o como se llame ahora. Un poco truño.
Me fijo ahora en unas señoritas montadas en unos zancos que llevan cuernos de Maléfica. «Vienen de Holanda», me dice una madre bien informada. Tampoco encuentro demasiado sentido a su presencia en la Cabalgata, pero al menos no son unas Drag Queen. Empieza a hacer una rasca de Nebraska y ni rastro de las ocas de Miguelín.
Al final aparecen los Reyes Magos precedidos por el oso y el madroño. Ya era hora. El primero es Melchor. Va vestido de Melchor, ¡aleluya!, pero aparenta tener más años que Matusalén. O igual es joven y está muy cascao. Lo mismo fue compañero de cole de nuestra alcaldesa, a quien Dios guarde muchos años. Saluda y sonríe. Melchor, la alcaldesa no. Sus pajes arrojan caramelos con puntería de francotirador. Como estoy despistado, uno me rebota en las gafas. El enano que tengo al lado se parte. Me muerdo la lengua para no hacerle el spoiler que me pide el cuerpo.
Luego veo a Gaspar vestido de Gaspar. Bien por la alcaldesa. Tarde, como siempre, pero parece que Carmena ha entrado en razón y cabalga hacia la cordura. Y el tercero, mi favorito y el de todos los niños de bien del mundo: Baltasar. Tan negro y tan molón. Su sonrisa reluce, pero sus pajes son los más rácanos en caramelos. Los niños que tengo al lado llevan dulces como para quebrar a Caramelos Paco.
Esto toca a su fin. Tengo las manos heladas y un subidón de azúcar. Emprendo el camino de regreso a mi coche, que lo tengo aparcado donde Cristo perdió las sandalias. Camino deprisa como un jubilado en chándal. Primero, para sacudirme el frío de los huesos. Segundo, porque tengo pis. Y tercero, pero no menos importante, porque hace 20 minutos que me ha caducado el ticket de la ORA y no quiero que Carmena me regale por Reyes una buena multa.
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