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Economía
Herencias

Renunciar a una herencia por no poder pagar los impuestos es un error y hay una razón muy concreta por la que nadie debería hacerlo sin saber esto

Heredar una vivienda no siempre es una buena noticia inmediata. En muchos casos, lo que llega no es dinero en efectivo, sino un activo que no se puede convertir en liquidez de forma rápida, mientras que los impuestos sí tienen plazos concretos y exigentes. Este desajuste es el que provoca que muchas personas, al verse sin capacidad para afrontar esos pagos en el corto plazo, se planteen renunciar directamente a la herencia. Un reacción que es comprensible, pero no siempre acertada.

Cuando se hereda una vivienda, y dependiendo de la comunidad en la que se viva, el impuesto de sucesiones debe presentarse en un plazo relativamente corto y, además, puede ir acompañado de otros costes como la plusvalía municipal. Ante esa situación, el heredero puede sentirse atrapado: tiene un bien, pero no dispone de efectivo. Es en ese punto donde aparece la tentación de renunciar sin analizar demasiado la situación, con la idea de evitar un problema que parece inmediato. Sin embargo, los especialistas en derecho sucesorio insisten en que esa decisión, tomada con prisa, puede ser un error. No porque haya que aceptar siempre una herencia, sino porque renunciar sin estudiar antes el conjunto de la situación puede cerrar opciones que sí existían.

Renunciar a una herencia por no poder pagar los impuestos es un error

El primer paso no tiene que ver con los impuestos, sino con el patrimonio. Los expertos coinciden en que lo esencial es conocer con precisión qué incluye la herencia antes de tomar cualquier decisión. No basta con saber que hay una vivienda; es necesario analizar si existen deudas, cargas pendientes, cuentas bancarias, otros bienes o incluso obligaciones que puedan cambiar por completo el resultado final.

Este análisis es clave porque el heredero no recibe solo lo positivo. Tal y como recuerda el catedrático de Derecho Civil Josep Ferrer i Riba, aceptar una herencia implica asumir el conjunto, tanto activos como pasivos. Por eso, una herencia que a simple vista parece valiosa puede no serlo tanto si arrastra deudas importantes o situaciones no previstas en el testamento. Además, no siempre la realidad económica coincide con lo que se había planificado. Es relativamente frecuente que un testamento no refleje cambios posteriores en el patrimonio del fallecido, lo que obliga a revisar con detalle la situación actual. Inventariar bienes y obligaciones no es un trámite menor, sino la base sobre la que se debe tomar cualquier decisión posterior.

No poder pagar ahora no significa tener que renunciar

Uno de los errores más habituales es asumir que, si no hay dinero inmediato para pagar los impuestos, la única salida es rechazar la herencia. Sin embargo, la normativa contempla distintas opciones que pueden aliviar esa presión inicial. En el caso de Cataluña, por ejemplo, el impuesto sobre sucesiones puede aplazarse o fraccionarse si se cumplen determinados requisitos, y también es posible solicitar una prórroga del plazo de presentación.

A esto se añade la plusvalía municipal, que también dispone de márgenes temporales para su declaración y, en algunos casos, bonificaciones según la normativa local. Es decir, el sistema no obliga necesariamente a disponer de todo el dinero desde el primer momento, aunque sí exige actuar dentro de los plazos y justificar la situación económica.

Este margen es precisamente el que los especialistas recomiendan aprovechar antes de tomar decisiones drásticas. No todas las solicitudes se conceden automáticamente ni todos los casos son iguales, pero existen vías que permiten ganar tiempo y organizar mejor la situación.

El verdadero riesgo es aceptar sin conocer las deudas

Si renunciar sin analizar es un error, aceptar sin cautelas puede serlo aún más. El mayor peligro no está en los impuestos, sino en asumir una herencia con más deudas que bienes. En ese escenario, el heredero no sólo no gana patrimonio, sino que puede acabar respondiendo con su propio dinero.

La aceptación pura y simple implica que el heredero asume todas las obligaciones del fallecido. Si el pasivo supera al activo, la diferencia sale de su propio patrimonio. Por eso, los especialistas son claros: si tras el análisis se detecta que las deudas son superiores, lo adecuado es renunciar. Pero esa conclusión solo puede alcanzarse después de revisar toda la información. Para evitar este riesgo, existe una figura clave: la aceptación a beneficio de inventario. Esta modalidad permite limitar la responsabilidad del heredero a los bienes de la herencia, evitando que las deudas afecten a su patrimonio personal. Es una herramienta especialmente útil cuando hay dudas sobre la situación económica real del fallecido y que, según los expertos, debería considerarse siempre en estos casos.

El valor del inmueble y los plazos también influyen

Cuando la herencia incluye una vivienda, otro aspecto que puede generar problemas es su valoración. El importe sobre el que se calculan los impuestos no depende únicamente de lo que el heredero crea que vale el inmueble, sino de criterios fiscales como el valor de referencia o el valor de mercado. Esto puede provocar que la carga fiscal sea más elevada de lo esperado.

A ello se suma la dificultad de convertir ese activo en liquidez inmediata. Vender una vivienda lleva tiempo, y ese desfase entre el momento en el que se recibe el bien y el momento en el que se puede obtener dinero de él es lo que complica la situación para muchos herederos. De ahí la importancia de planificar y utilizar los mecanismos disponibles para ajustar los plazos.

Los datos reflejan que este problema no es anecdótico. Las renuncias a herencias siguen produciéndose, en muchos casos motivadas por la existencia de deudas o por la carga fiscal. Sin embargo, los expertos coinciden en que no todas responden a una falta real de viabilidad, sino a decisiones tomadas sin haber analizado todas las opciones. En definitiva, renunciar a una herencia puede ser la decisión correcta en determinadas circunstancias, pero no debería ser automática. El error no está en decir que no, sino en hacerlo sin haber revisado antes el patrimonio, los plazos y las alternativas disponibles.