¿Qué es la educación financiera?
La formación es clave en todos los ámbitos, y más para un emprendedor. En los últimos años, hemos visto como el desconocimiento sobre determinados productos bancarios ha causado grandes perjuicios a mucha gente que, confiando en aquello que se les mostraban, creían que estaban contratando un producto con unas condiciones determinadas cuando, realmente, las estipuladas eran otras. Por ese motivo, es clave disponer de una educación financiera completa y aún más hoy en día, en un contexto en el cual existe multitud de productos financieros y el sector se ha desarrollado hasta unos extremos de complejidad difícilmente imaginables un tiempo atrás.
La educación financiera se refiere a la habilidad que tienen las personas para tomar decisiones alrededor de cualquier aspecto relacionado con el dinero y sus finanzas. El objetivo final es conseguir que todos los individuos sean capaces, de forma autónoma, de tomar decisiones sobre sus finanzas o que sean capaces de comprender las explicaciones de los agentes especialistas en la materia. De esta forma, serán plenamente conscientes del producto que están contratando, de los riesgos que supone y podrán planificar de una forma más eficiente toda su vida en general. Una buena educación financiera beneficia, por lo tanto, a toda la sociedad. Por un lado, facilita que se tomen decisiones según lo deseado. Por otro, hay que tener en cuenta que las empresas son gestionadas por personas y que, por lo tanto, a un mayor conocimiento al respecto, más probable que se tomen medidas acertadas. Por lo tanto, permite lo siguiente:
· Que se tomen decisiones de acuerdo a las necesidades específicas: las personas contratarán aquellos productos financieros que precisen según las necesidades que tengan en aquel momento concreto. Por ejemplo, alguien que quiera complementar su pensión y sea mayor, puede elegir una renta vitalicia en lugar de un simple depósito por las ventajas de percibir una renta mensual y las facilidades a nivel fiscal que este producto ofrece.
· Que se tomen decisiones de acuerdo a la aversión al riesgo que se quiere asumir: cuando se realiza una inversión, hay que ser consciente del riesgo que se toma. Si una persona tiene una alta aversión al riesgo, escogerá productos de riesgo bajo. Un claro ejemplo lo encontramos con las preferentes: las entidades los vendieron como productos de riesgo muy bajo, equivalentes a un depósito, cuando no era así.
· Adquirir conocimiento sobre los productos financieros existentes: existe una amplia gama de productos financieros que intentan adaptarse a las necesidades específicas existentes en la sociedad. Su conocimiento permite contratar aquél que más encaja con lo que se necesita.
· Gozar de más autonomía y capacidad de autogestión: la persona deja de depender de un asesoramiento externo y es capaz de tomar decisiones de forma propia o, a partir de las opciones presentadas, escoger la que más le convenga.
· Conocer las distintas alternativas presentes en el mercado: existe una competencia entre las distintas entidades para captar clientes. Por lo tanto, el cliente debe aprovecharlo para ir a aquélla que le ofrezca unas mejoras condiciones.
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