Alcaraz sobrevive a la ruleta rusa con Van de Zandschulp para superar su estreno en Róterdam
El murciano ganó la primera manga en el tie break y cedió con relativa claridad la segunda
Subió el ritmo de su derecha y fue un torbellino en la definitiva
«¡Vamos!», brama Alcaraz a la encapsulada pista de Róterdam. Todavía es primera ronda, pero ya ha tenido que ponerse el mono de trabajo. Van de Zandschulp, un viejo conocido del murciano, le ha obligado a ello. Llevó la primera manga hasta su último latido, se apuntó la segunda y acabó claudicando (7-6, 3-6, 6-1) por el huracán de Carlitos en el set definitivo.
Sinuosa montaña rusa de la que se baja el murciano sin vomitar, aunque con náuseas después del recorrido en el que se vio imbuido. En la atracción se presentó ataviado de nuevo con su tirita respiratoria, su aliada para combatir el constipado que arrastra desde el Open de Australia. Y allí que fue, a batallar con Botic Van de Zandschulp su verdugo en el último US Open y el tenista que retiró a Nadal en la Copa Davis.
Un hueso en cualquier estadio, más cuando es la primera ronda de un torneo. El neerlandés, un tallo de 1,91 metros de altura, representó su condición de corrosivo desde el inicio, con opción de rotura en el primer juego del partido. Fue un aviso, ya que Alcaraz lo sofocó a tiempo. A la segunda fue la vencida para el neerlandés, que le rompió en dos ocasiones para contrarrestar las dos del murciano y forzar el tie break del primer set.
Debía reaccionar Alcaraz, cuyo rostro rezumaba preocupación para entonces. Y el murciano se reanimó a ráfagas. El uso de la bola alta que tanto le gusta y maneja Alcaraz cuesta mucho en Róterdam, así que tuvo que doblar su apuesta. Aumentó exponencialmente su potencia al saque y de derechas para recuperar punto a punto la confianza en sí mismo y apuntarse la primera manga.
Pese a ello, Van de Zandschulp no mostró bandera blanca, al contrario, fue de perdido al río. Con su saque se mostró sólido y el revés profundo le permitió hacer daño a Alcaraz, que cedió su servicio en el ecuador del segundo set. Apareció en ese momento el público neerlandés, para empujar al tenista local a llevarse la segunda manga y forzar la tercera. Todo o nada para ambos.
Le tocaba ponerse el mono de trabajo a Alcaraz. Lo hizo, acompañado también del talento que esconde en su muñeca. Subió el ritmo de su tenis, ganó la red, aceleró el juego, tuvo solidez al servicio y restó con determinación. Comenzaba a esbozar una sonrisa cuando caminaba por el set definitivo como si no quemase el escenario. La última manga fue su mejor medicina para paliar el resfriado y el ímpetu de Botic, el verdugo de España.
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