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Psicología

La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas mayores no experimentan más soledad cuando están solos, sino justo después de colgar una llamada de teléfono

Durante años se ha dado por hecho que la soledad en la vejez está directamente relacionada con pasar muchas horas sin compañía ya que al estar en silencio, con pocos estímulos y sin contacto frecuente con su entorno se acaba por desarrollar ese sentimiento de sentirse completamente solo y triste.  Sin embargo, esa idea no siempre encaja con lo que ocurre en la práctica. Muchas personas mayores mantienen rutinas estables, se organizan su día, hacen sus tareas y, dentro de esa normalidad, no necesariamente sienten angustia por estar solas.

Lo que sí empieza a llamar la atención de los expertos es otro momento mucho más concreto y menos evidente. No es tanto la ausencia prolongada de compañía lo que pesa, sino el instante en el que esa compañía desaparece. Es decir, justo después de una llamada de teléfono. Ahí es donde aparece una sensación de vacío que, en muchos casos, resulta más intensa que la que se experimenta durante horas de soledad continua. Este matiz cambia bastante la forma de entender el problema ya que no se trata sólo de medir cuántas veces se habla con alguien o cuántas horas se pasa acompañado, sino de cómo se viven esos contactos y qué ocurre cuando terminan. Porque en ese cambio, en ese paso de la conversación al silencio, es donde muchos mayores notan más la distancia.

Las personas mayores experimentan más soledad después de colgar una llamada

Para una persona mayor, una llamada no suele ser un simple intercambio de información. En muchos casos es uno de los momentos más importantes del día. Escuchar la voz de un hijo, de un nieto o de un amigo cercano activa una sensación de cercanía que no se consigue de la misma manera con otros formatos, como los mensajes.

Durante esos minutos hay conversación, atención y una cierta sensación de estar dentro de lo que ocurre fuera de casa. Se habla de cosas cotidianas, pero también se refuerza un vínculo que no siempre tiene otras vías de contacto frecuentes. Ese momento, aunque sea breve, rompe con la rutina y cambia el tono emocional del día. El problema llega justo después ya que cuando la llamada termina, el silencio vuelve de golpe. Y ese cambio brusco es el que hace que la sensación de soledad se perciba con más fuerza. No porque antes no existiera, sino porque ahora hay un punto de comparación muy reciente que la hace más evidente.

Lo que explica la psicología

Este fenómeno no tiene tanto que ver con estar solo o acompañado, sino con cómo responde el cerebro a los cambios emocionales. Durante una conversación cercana se activan sensaciones vinculadas al afecto, a la atención y a la conexión social. Todo eso desaparece de forma inmediata cuando se cuelga el teléfono. Esa interrupción es la clave y el cerebro pasa de un estado de estímulo emocional a otro mucho más plano en cuestión de segundos. Y ese descenso, esa especie de bajada, es lo que se traduce en sensación de vacío. No es exactamente tristeza en todos los casos, pero sí una percepción más clara de la distancia.

Algunos estudios, como los publicados en Aging & Mental Health, apuntan además a que la calidad de las relaciones influye más que la cantidad. Es decir, no se trata de cuántas llamadas se reciben, sino de lo que significan. Una conversación cercana puede tener más impacto que varios contactos superficiales, tanto durante como después. También influyen otros factores, como las expectativas previas a la llamada o los recuerdos que se activan durante la conversación. Todo eso hace que el momento posterior no sea neutro, sino cargado de una cierta intensidad emocional.

No todas las llamadas generan el mismo efecto

Otro aspecto importante es que no todas las conversaciones tienen el mismo impacto. Las llamadas en las que hay tiempo, en las que se habla sin prisas y se comparte algo más que lo básico, suelen dejar una sensación más positiva. Son las que realmente generan ese vínculo del que hablan los expertos.

Sin embargo, ese mismo tipo de llamada también puede acentuar más el contraste cuando termina. Cuanto más agradable ha sido el momento, más se nota su final. Es algo bastante humano: cuanto mejor es la experiencia, más evidente resulta cuando desaparece. En cambio, las llamadas rápidas, centradas en resolver algo concreto, no suelen tener ese efecto tan marcado. Cumplen su función, pero no generan la misma implicación emocional, por lo que el paso al silencio es más suave.

Esto es relevante porque cambia la forma en la que se entiende el contacto. No es sólo cuestión de llamar más, sino de cómo se llama y de qué tipo de conversación se mantiene. Todo esto lleva a una conclusión que rompe bastante con la idea más extendida sobre la soledad en la vejez. No siempre se trata de falta de compañía, sino de cómo se viven los momentos de conexión y, sobre todo, de cómo se gestionan cuando terminan.