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La psicología explica que las personas que viajan al extranjero en vacaciones no lo hacen por presumir: están buscando expandir su identidad

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Cuando llega el verano, las opciones de viaje se multiplican: Japón, Estados Unidos, Maldivas, Bali…  pensar en uno de estos destinos activa algo distinto a lo que se siente al planear una escapada a Mallorca, a Tenerife o a cualquier rincón conocido de España.

La diferencia no está en la distancia en kilómetros, sino en lo que ese salto representa para la mente. La creencia popular dice que quien elige un destino lejano lo hace para presumir ante los demás, pero la psicología tiene una explicación distinta: el impulso real es la necesidad de expandir la propia identidad.

La psicología del turismo y la neurociencia coinciden en que viajar transforma la estructura del yo. No se trata de coleccionar sellos en el pasaporte por estatus, sino de una necesidad cognitiva de crecer, ampliar el autoconcepto y ganar flexibilidad mental. Ese proceso, respaldado por décadas de investigación en psicología social, explica por qué el viaje internacional deja una huella distinta a la de unas vacaciones cercanas.

Por qué las personas viajan al extranjero en vacaciones

El psicólogo Arthur Aron desarrolló el modelo de la expansión del yo, que sostiene que las personas tienen una motivación intrínseca a mejorar y adquirir nuevos recursos. Al viajar, cada persona incorpora identidades ajenas, perspectivas culturales y habilidades nuevas a su propio autoconcepto, y el yo que regresa del viaje es más amplio y complejo que el que partió.

El entorno extranjero también rompe con las rutinas automáticas del cerebro. Un idioma distinto, mapas nuevos y códigos sociales diferentes obligan a crear conexiones neuronales que no se activan en el día a día. Los estudios en psicología muestran que quienes viven o viajan con frecuencia al extranjero puntúan más alto en pruebas de pensamiento divergente y resolución creativa de problemas.

Alejarse del entorno habitual genera además una distancia psicológica que favorece la autorreflexión. Al salir del rol diario de empleado, padre o vecino, la persona se observa a sí misma desde fuera, lo que le permite evaluar su vida con más objetividad y decidir qué partes de la rutina realmente la definen.

A esto se suma un aumento de la autoeficacia: gestionar la incertidumbre de un viaje, desde perder un tren hasta entender un menú en otro idioma, refuerza la creencia en las propias capacidades y deja a la persona sintiéndose más resiliente al volver a casa.

Cómo influye el viaje en los cinco grandes rasgos de la personalidad

El viaje al extranjero tiene un impacto directo y medible en el modelo de los cinco grandes rasgos de la personalidad, conocido como Big Five. Investigadores como Julia Zimmermann y Franz Neyer han demostrado que las experiencias internacionales moldean y estabilizan estos rasgos, especialmente en adultos jóvenes.

La apertura a la experiencia es el rasgo que registra el incremento más significativo y duradero. Exponerse a comidas nuevas, valores culturales distintos, arte y paisajes desconocidos altera la rigidez mental y aumenta la curiosidad intelectual. Quienes regresan de un viaje internacional muestran mayor tolerancia a la ambigüedad y una mente más receptiva ante lo desconocido.

La estabilidad emocional también mejora. Resolver imprevistos como un vuelo retrasado o una barrera idiomática reduce el miedo a lo desconocido y disminuye la tendencia a la rumiación. El viajero aprende de forma práctica que los problemas tienen solución, lo que se traduce en más calma y una autoeficacia emocional más sólida ante las crisis cotidianas.

La extraversión crece por necesidad más que por elección. Orientarse, pedir comida o buscar alojamiento en un entorno ajeno obliga a salir de la zona de confort e interactuar con desconocidos, y esa práctica constante incrementa la sociabilidad y la asertividad. Muchas personas regresan siendo más comunicativas y con mayor disposición a liderar interacciones sociales.

La amabilidad se expande al experimentar en primera persona el papel de extranjero. Esa vivencia desarrolla sensibilidad hacia las minorías y los forasteros, y la dependencia de la ayuda de desconocidos durante el viaje aumenta la confianza general en la humanidad. El resultado es una actitud más prosocial y menos cargada de prejuicios.

La responsabilidad, por último, se entrena a través de la logística. Administrar presupuestos, horarios de transporte y visados exige disciplina, y la ausencia de una red de apoyo inmediata obliga al viajero a asumir la responsabilidad total de sus decisiones. Esa gestión refuerza el sentido del deber y la autodisciplina.

Qué sucede con estos rasgos durante el choque cultural inverso al volver a casa

Al regresar a casa, el choque cultural inverso actúa como una prueba de resistencia para los rasgos modificados durante el viaje. La psicología lo entiende como una fase de crisis de reintegración, en la que el nuevo yo expandido choca contra las expectativas del entorno habitual, más que como un simple retroceso.

La estabilidad emocional es el rasgo más afectado a corto plazo. El cerebro extraña la estimulación constante del viaje y percibe la rutina como aburrida o asfixiante, lo que puede generar irritabilidad o tristeza al notar que amigos y familiares no muestran tanto interés en la experiencia vivida como se esperaba.

La apertura a la experiencia se mantiene alta, pero se canaliza como resistencia. El viajero empieza a cuestionar aspectos de su propia cultura que antes daba por normales, y busca sustitutos para esa apertura, como comida internacional, contacto con extranjeros en su ciudad o la planificación inmediata del próximo viaje.

La extraversión, en cambio, tiende a replegarse. Tras semanas de socialización intensa en el extranjero, aparece un deseo temporal de aislamiento y una selección más estricta de las interacciones, con preferencia por personas que hayan vivido experiencias internacionales similares.

La amabilidad desarrollada durante el viaje se pone a prueba con el círculo más cercano. Puede aparecer impaciencia hacia las personas que mantienen visiones del mundo que el viajero ya ha superado, aunque este rasgo se estabiliza cuando la persona entiende que su entorno no ha cambiado al mismo ritmo que ella.

La responsabilidad, finalmente, se reubica. La energía que antes se dedicaba a organizar rutas y resolver imprevistos se traslada a preguntas de fondo sobre el futuro profesional o académico. Si el rasgo se consolidó bien durante el viaje, esa nueva disciplina se convierte en el motor de cambios estructurales en la vida diaria.