Psicología

La psicología explica que las personas que saludan en los ascensores no es que sean amables: quizá tengan menos estrés que el promedio

personas que saludan en los ascensores
Personas esperando un ascensor. Foto: Pexels.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Las personas que saludan en los ascensores no son necesariamente más sociables ni mejor educadas que quienes evitan el contacto visual. Durante décadas, la psicología social ha trabajado con la idea de que la disposición a iniciar pequeños intercambios con desconocidos refleja rasgos de personalidad como la extroversión y habilidades sociales desarrolladas.

Esa lectura no es incorrecta, pero deja fuera un factor que, según la investigación más reciente, puede ser determinante. Lo que los estudios sobre estrés y comportamiento social añaden a ese cuadro es un elemento fisiológico.

¿Por qué las personas que saludan en los ascensores pueden tener menos estrés crónico que quienes los ignoran?

La carga de cortisol que una persona acumula moldea, de forma medible, su disposición a iniciar o sostener intercambios breves con desconocidos. Y el ascensor, ese espacio donde el código social obliga a compartir unos segundos con alguien a quien no se conoce sin nada que hacer, es exactamente el tipo de escenario donde ese factor resulta más visible.

Recordemos que el cortisol es la hormona que el cuerpo produce en respuesta al estrés. Cuando los niveles basales de cortisol son altos (lo que ocurre en personas sometidas a estrés crónico), el cerebro tiende a interpretar los estímulos ambiguos como amenazas potenciales.

Una situación tan trivial como estar en un ascensor con un desconocido activa, en ese estado, una respuesta de vigilancia. La persona evita el contacto visual, consulta el teléfono o mira los números del panel. Y no lo confundáis con descortesía; es el sistema nervioso gestionando una microamenaza percibida.

En cambio, cuando los niveles de cortisol son bajos, el mismo encuentro no activa ningún mecanismo de alerta. El cerebro lo procesa como neutro o incluso agradable, y la persona puede saludar de forma espontánea y sin coste cognitivo.

Un estudio de 2023 publicado en la revista PLOS ONE por Nora Nickels McLean y Dario Maestripieri, de la Universidad de Chicago, constató precisamente esta relación.

Los participantes con mayor carga de estrés psicosocial mostraron concentraciones de cortisol más elevadas tras interacciones sociales breves, mientras que los que partían de un nivel de estrés menor respondían de forma más adaptativa (y menos reactiva) a esos mismos encuentros. El tipo de interacción no cambió; lo que cambió fue el estado interno de quien la vivió.

Lo que descubrió una investigación sobre un tren sobre hablar con desconocidos: el estudio del tren

El otro hallazgo que refuerza esta lectura viene de una dirección diferente: no del cortisol, sino del bienestar.

En 2014, los psicólogos Nicholas Epley (Universidad de Chicago) y Juliana Schroeder (Universidad de California, Berkeley) publicaron en el Journal of Experimental Psychology: General un estudio titulado Mistakenly Seeking Solitude (En busca equivocada de la soledad).

Los investigadores instruyeron a pasajeros de trenes y autobuses de Chicago para que iniciaran conversación con el desconocido más cercano, permanecieran en silencio o viajaran con normalidad.

Los resultados fueron más que consistentes. Los participantes que establecieron contacto con desconocidos reportaron un estado emocional significativamente más positivo y mayor sensación de bienestar que los que viajaron en silencio. La replicación del estudio por parte de la BBC en el Reino Unido arrojó los mismos resultados.

Hay un dato llamativo en esa investigación: antes del experimento, los participantes estimaron que solo alrededor del 40% de los desconocidos estarían dispuestos a hablar con ellos.

En la práctica, el 100% de los abordados respondió a la interacción. La razón por la que la gente evita saludar a desconocidos (incluyendo en el ascensor) tiene menos que ver con lo que el otro va a hacer y más con la predicción errónea de una incomodidad que rara vez se materializa.

No es un juicio de carácter: ¿A dónde nos llevan todas estas investigaciones?

La suma de estos dos hallazgos construye una imagen diferente de las personas que saludan en los ascensores. No son más amables ni más educadas en un sentido moral. Pueden estar, sencillamente, con el sistema nervioso menos activado que quienes no lo hacen. El saludo no refleja necesariamente una virtud, del mismo modo que el silencio no refleja una carencia.

Lo que sí refleja el silencio, desde la perspectiva del estrés crónico, es una respuesta adaptativa del organismo. Alguien que carga con demasiadas tensiones acumuladas no tiene disponibilidad para ese tipo de pequeños intercambios. Su cerebro está ocupado gestionando otra cosa. El ascensor no es el problema; es el termómetro.

Y dicho todo esto, a modo de cierre, la lectura que propone la psicología no es, por tanto, un reproche a quienes miran el teléfono. Es la indicación de que la distancia social en espacios compartidos puede decir más sobre el nivel de estrés ambiental de una sociedad que sobre los modales de sus individuos.

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