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La psicología explica que las mujeres de 65 años que empiezan a gastar dinero en sí mismas no es por capricho, sino por reivindicación

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

El patrón de los gastos personales y familiares es algo que suele repetirse en silencio durante décadas, pero a los 65 años muchas mujeres rompen esa costumbre de golpe. Empiezan a viajar solas, a apuntarse a clases de pintura o a cuidar su cuerpo con entrenadores personales, y quienes las rodean a veces lo interpretan como un capricho tardío.

La psicología explica que ese cambio no responde a un impulso superficial, sino a un profundo proceso de reivindicación y autonomía. Tras años priorizando el gasto familiar, el hogar y el cuidado de otros, muchas mujeres con hijos ya independientes comienzan a invertir en sí mismas por primera vez en su vida adulta.

Por qué las mujeres de 65 años empiezan a gastar en sí mismas a esta edad y no antes

Durante décadas, muchas mujeres de esta generación han vivido bajo lo que la psicología llama la ética del cuidado, la expectativa social de que el bienestar de hijos, pareja y padres ancianos debe ir siempre antes que el propio. Solo al llegar a los 60 o 65 años confluyen los factores que rompen ese esquema: la jubilación y el nido vacío liberan tiempo y roles, y cesa la culpa social por dedicar recursos a una misma.

La teoría del desarrollo psicosocial de Erik Erikson explica este giro como una evolución natural de la madurez. En la adultez media, entre los 40 y los 65 años, domina la crisis de generatividad frente a estancamiento, el impulso de guiar y proveer para las siguientes generaciones. Cuando esa función se da por cumplida, la atención no desaparece, se redirige de forma legítima hacia el propio bienestar, sin que eso invalide las décadas anteriores de entrega.

A partir de los 65 años entra en juego además la última etapa de Erikson, la integridad del yo frente a la desesperación, en la que la persona repasa su historia vital buscando aceptación y sentido. Invertir en un viaje o una afición se convierte así en una forma activa de consolidar esa integridad, unificando el pasado de entrega con un presente que reconoce el valor de la propia individualidad.

A esto se suma el llamado efecto de positividad, entre los 60 y los 75 años el cerebro empieza a priorizar las emociones agradables y el presente, y la conciencia de que el tiempo es limitado empuja a no posponer más los propios deseos.

En qué gastan más comúnmente las mujeres de 65 años

Los viajes, solas o con grupos de amigas, representan uno de los gastos de ocio más comunes, con la búsqueda de experiencias memorables por encima del simple descanso. La salud y el bienestar ocupan otro lugar destacado: gimnasios, entrenadores personales, yoga o alimentación de calidad, siempre con el objetivo de mantener la autonomía física el mayor tiempo posible.

La educación y el crecimiento personal también atraen una parte importante de este gasto, con un auge en talleres de arte, universidades para mayores o clases de idiomas que antes no pudieron permitirse por falta de tiempo.

El cuidado personal, con cosmética, masajes o visitas al salón de belleza, funciona más como un ritual de mimo propio que como la búsqueda de un estándar de belleza juvenil, y el gasto diario en cafeterías, cines o teatros completa un patrón centrado en disfrutar del día a día junto a su red de apoyo.

Cómo reaccionan las familias ante esta nueva independencia financiera

En parejas de corte más tradicional, la nueva autonomía suele alterar el equilibrio de poder preestablecido. Algunos hombres de la misma generación experimentan desorientación al ver a su pareja viajar sola o decidir gastos importantes sin consultarlo, lo que obliga a negociar el espacio personal y a aprender a pasar tiempo separados tras la jubilación. En parejas con una visión más equitativa, en cambio, la reacción suele ser de alivio, porque esa vida propia quita presión a la relación.

Los hijos adultos reaccionan de forma más compleja, porque entran en juego expectativas inconscientes sobre la figura materna. Muchos se han acostumbrado a que la madre sea un soporte logístico gratuito, el cuidado de nietos o la ayuda en emergencias del hogar, y su nueva ausencia obliga a reorganizar sus propias vidas.

Rara vez se admite abiertamente, pero la reducción de los ahorros familiares también genera en algunos hijos cierta ansiedad por el patrimonio, aunque la mayoría termina sintiendo orgullo y tranquilidad al ver a su madre activa y feliz, algo que reduce la preocupación por su envejecimiento.