Curiosidades
Comportamientos

La psicología dice que las personas que guardan en casa cientos de bolsas y cajas vacías no es que sean más previsoras: en realidad lo hacen por estar más tranquilas

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

La manera en la que se organiza un hogar depende de varias costumbres y de rasgos de personalidad que muchas veces pasan desapercibidos. Guardar cientos de bolsas y cajas vacías es uno de esos hábito, a simple vista parece previsión, pero la psicología lo explica de otra forma. Detrás de ese armario lleno de cajas de cartón no hay tanto cálculo práctico como necesidad de tranquilidad.

Este comportamiento se relaciona más con la búsqueda de seguridad y el control de la ansiedad que con una planificación real. La persona que guarda estos objetos no piensa tanto en su utilidad futura como en la sensación de alivio que le produce tenerlos a mano, ante cualquier imprevisto que pueda surgir.

Qué tranquilidad otorga guardar cajas y bolsas vacías, según la psicología

La tranquilidad que produce este hábito es emocional, no práctica. No se trata de la caja en sí, sino de lo que representa para la mente. Guardar el objeto elimina la ansiedad de pensar que se tirará algo y luego hará falta, un miedo conocido como el remordimiento del «por si acaso». Al conservarlo, la mente descansa porque el peligro de quedarse sin el recurso desaparece.

Tener un armario lleno de cajas ordenadas genera además una ilusión de control sobre un entorno que a menudo resulta caótico e impredecible. La mente traduce esa organización material en una sensación de control general sobre la propia vida.

En muchos casos, el hábito nace de haber vivido épocas de escasez, propias o heredadas de los padres, y guardar contenedores vacíos funciona como una forma de asegurar un refugio ante una posible necesidad futura.

Qué es lo que más se suele guardar

Quien acumula por esta necesidad de tranquilidad no guarda objetos al azar, sino lo que la mente percibe como contenedores de potencial. Las cajas de cartón rígidas, especialmente las de teléfonos móviles, ordenadores, zapatos de marca o electrodomésticos, encabezan la lista, porque se perciben como objetos caros y difíciles de reemplazar.

Las bolsas de todo tipo, del supermercado, de tiendas de ropa o de tela, se acumulan bajo la premisa de que siempre hacen falta. Los frascos y botes de vidrio o plástico se guardan con la promesa de usarlos para almacenar comida o hacer manualidades que rara vez llegan a realizarse.

El papel de burbujas, los cartones de envío y el plástico de embalar completan la lista, y se conservan porque se asocian directamente con la acción de proteger algo valioso.

La regla de los 6 meses para decidir qué tirar

La regla de los 6 meses ayuda a romper el apego a los objetos guardados por si acaso. Su premisa es simple, si un objeto no se ha usado en los últimos seis meses y no existe un plan concreto con fecha para usarlo en los próximos seis, es momento de deshacerse de él.

El primer paso consiste en aplicar el filtro del tiempo a cada objeto, preguntarse si se ha usado en los últimos seis meses y si existe un plan real, con fecha, para usarlo en los próximos seis. Un plan de mudanza en una fecha concreta cuenta; un «quizás me sirva si se rompe algo» no cuenta.

Cuando decidir en el momento genera demasiada indecisión, funciona el método de la caja de cuarentena, meter todos los objetos dudosos en una caja opaca, sellarla, anotar la fecha de hoy y una fecha límite a seis meses vista, y guardarla fuera de la vista. Si pasado ese plazo la caja nunca se abrió para sacar algo necesario, se puede tirar o reciclar entera sin revisar su contenido.

La regla admite pocas excepciones reales, los objetos estacionales, como los adornos de Navidad o la ropa de temporada, y los documentos legales o médicos que por ley deben conservarse. Las cajas vacías y las bolsas de plástico nunca entran en esas excepciones.

El método funciona porque traslada la decisión al paso del tiempo, retira la culpa de tirar algo aparentemente útil y demuestra que es posible vivir sin ese objeto.