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El proverbio de los alpinistas que los grandes ejecutivos citan en sus discursos de liderazgo: «Llegar a la cima es opcional, bajar de la montaña es obligatorio»

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

El alpinista estadounidense Ed Viesturs, uno de los pocos en escalar los 14 picos de más de 8.000 metros sin oxígeno, acuñó una frase que hoy circula en conferencias de gestión empresarial de todo el mundo: «Llegar a la cima es opcional, bajar de la montaña es obligatorio». La imagen se ha convertido en un clásico para hablar de planificación de salida, gestión de crisis y el momento exacto en que conviene detenerse.

La metáfora funciona porque desafía el sesgo cultural de ganar a cualquier precio. En la gestión de proyectos ayuda a combatir la falacia del costo hundido, la tendencia a seguir invirtiendo en algo que no funciona solo por lo ya gastado, y en la gestión de crisis valida la prudencia como una virtud de alta dirección, no como una debilidad.

Por qué llegar a la cima es solo una parte del éxito

El objetivo final de cualquier proyecto empresarial es la supervivencia, no la gloria efímera de un récord de ventas o un lanzamiento exitoso. La cima es un momento temporal, y de nada sirve alcanzarla si en el proceso el equipo se agota, se queman todos los recursos o la empresa queda sin margen para sostenerse.

El caso de WeWork ilustra esta idea, su liderazgo priorizó una expansión acelerada y quemar capital antes de construir un modelo de negocio rentable, y la compañía colapsó.

La montaña conoce un fenómeno llamado fiebre de la cumbre, la obsesión que lleva a los escaladores a ignorar tormentas o falta de oxígeno con tal de llegar arriba, a menudo con consecuencias fatales. En el mundo empresarial, esa misma fiebre lleva a directivos a perseguir el crecimiento agresivo sin consolidar sus bases operativas.

Saber cuándo detenerse, o retirarse de un proyecto que ya no es viable, no es un fracaso, sino una decisión estratégica para salvar el futuro de la compañía.

Bajar de la montaña, la parte obligatoria para cualquier empresa

La mayoría de los accidentes en el alpinismo ocurren en el descenso, cuando el escalador ya gastó toda su energía en llegar a la cima y baja la guardia. En los negocios ocurre algo parecido: gestionar las consecuencias de un logro exige el doble de disciplina que alcanzarlo.

Por ejemplo, empresas como Blockbuster o Kodak ignoraron las señales del mercado, ya fuera el streaming o la fotografía digital, y su incapacidad para retirarse a tiempo de sus modelos tradicionales las llevó a la quiebra.

Un estratega define de antemano en qué momento es prudente frenar un proyecto, vender una división o cerrar una línea de negocio sin futuro, estableciendo líneas rojas antes de que la crisis obligue a decidir bajo presión. Para un fundador, la verdadera bajada segura consiste en diseñar una empresa capaz de funcionar sin él, con procesos documentados, planes de sucesión claros y una transición ordenada hacia un nuevo director ejecutivo cuando llegue el momento de dar un paso al costado.

Cómo aplicar este principio en la gestión de equipos y proyectos

En la gestión de proyectos, establecer líneas rojas antes de empezar evita decisiones tomadas en caliente: definir de antemano qué condiciones obligarán a abortar, como agotar el 80% del presupuesto sin resultados, protege a la empresa del ego que ciega en medio de la crisis. Reservar una parte del presupuesto y la energía del equipo para la fase de consolidación, en lugar de gastarlo todo en el lanzamiento, es la versión empresarial de planificar el descenso.

En el liderazgo de equipos, exigir metas agresivas sin garantizar descanso equivale a subir a la cima sin oxígeno, y un equipo que llega agotado a la meta suele hacer colapsar a la empresa en el trimestre siguiente. Premiar la prudencia, y no solo la audacia, cuando alguien advierte de un riesgo grave, construye una cultura donde detenerse a tiempo se percibe como responsabilidad y no como debilidad.

A nivel individual, la frase recuerda que ningún ascenso, sueldo o proyecto vale la salud física, mental o las relaciones personales de quien lo persigue.