Proverbio africano del día: «La mentira de un niño es como un pez muerto, siempre sale a la superficie»
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Uno esperaría que un proverbio africano hable precisamente de reyes, de guerreros o de animales de la sabana. Pero el que nos concierne en esta ocasión trata de algo mucho más cercano: la mentira de un niño. Y lo hace con una comparación que cuesta olvidar una vez que se escucha.
Nace en la tradición oral de un pueblo del este de África y lleva generaciones repitiéndose en las mismas conversaciones familiares. La pregunta que deja flotando, nunca mejor dicho, es incómoda para cualquier edad.
Lo que este proverbio africano revela sobre las mentiras que tarde o temprano salen a flote
Este proverbio africano en concreto se atribuye al pueblo luo, una etnia nilótica asentada desde hace cerca de 500 años en el oeste de Kenia, con presencia también en Uganda, Tanzania y Sudán del Sur. Su lengua, de fuerte tradición oral, es especialmente rica en refranes y metáforas tomadas directamente de la naturaleza que la rodea.
Que se haya escogido la imagen del pez tiene bastante sentido. Los luo han vivido tradicionalmente de la pesca en el lago Victoria, con trampas de juncos y pequeñas embarcaciones de remo. Un pez muerto flotando era, literalmente, algo que veían a diario.
Como la mayoría ya sabe, un pez muerto no se hunde para siempre; el propio cuerpo genera gases al descomponerse y termina subiendo a la superficie por mucho que alguien intente esconderlo bajo el agua.
Con la mentira infantil pasa algo parecido: por bien construida que esté, termina teniendo un fallo que la delata, casi siempre antes de lo que el propio niño calcula.
En España y otros países hispanohablantes existe un refrán con la misma idea de fondo: «La mentira tiene las patas cortas». Cambia el paisaje (un lago africano por un camino cualquiera), pero la conclusión es idéntica: nadie llega muy lejos con un engaño a cuestas.
¿Recuerdas la primera mentira que se te vino abajo?
Antes de juzgar a nadie, conviene hacer memoria. La psicología del desarrollo sitúa las primeras mentiras infantiles entre los dos y los tres años, mucho antes de lo que la mayoría de padres imagina.
A esa edad, decir una primera mentira sencilla es en realidad una buena señal: indica que el niño ha desarrollado la llamada teoría de la mente, la capacidad de entender que otra persona puede pensar algo distinto a lo que él sabe.
El psicólogo Kang Lee, de la Universidad de Toronto, comparó en un estudio publicado en la revista Child Development dos colegios africanos con estilos disciplinarios opuestos. En el que castigaba con más dureza, los niños no solo mentían más, también sostenían mejor el engaño ante las preguntas.
La lectura no es que haya que dejarlo todo pasar, sino que el miedo al castigo entrena la mentira, no la honestidad. Es la misma paradoja que resume el proverbio africano, solo que aplicada al otro lado de la conversación.
Hacia los tres años, la mitad de los niños ya recurre a alguna mentira ocasional. El motivo casi nunca es maldad. Es casi siempre evitar un castigo, conseguir algo o llamar la atención de un adulto.
A partir de los seis o siete años, esas mentiras se vuelven más elaboradas y cuesta más pillarlas, aunque la lógica de fondo (el miedo a la consecuencia) apenas cambia.
Este proverbio africano no habla solo de niños: ¿Qué mentira tuya sigue bajo el agua?
La trampa de leer este proverbio africano solo en clave infantil es realmente quedarse a mitad de camino. El mismo mecanismo se repite en la vida adulta, aunque con mentiras mucho más elaboradas.
Basta pensar en la última vez que se aseguró que todo iba bien sin que fuera cierto, o se maquilló una cifra en una reunión de trabajo, para notar que el patrón no cambia demasiado con la edad.
La psicóloga Bella DePaulo, de la Universidad de Virginia, hizo un seguimiento diario a un grupo de adultos y estudiantes y encontró que los estudiantes mentían dos veces al día de media, y el resto de adultos, al menos una.
Lo llamativo es que esas mentiras cotidianas se dirigen más a desconocidos que a la familia o a las amistades cercanas, justo donde el pez, tarde o temprano, siempre acaba flotando.
¿Y si decir la verdad a tiempo fuera siempre el camino más corto?
La misma tradición oral africana insiste en la idea desde varios ángulos. Otro proverbio muy citado en la misma colección advierte: «Una mentira puede matar mil verdades», resumiendo en una sola frase el coste real del engaño.
Un tercer refrán de la misma lista lo remata sin rodeos: «Quien dice la verdad nunca se equivoca».
No promete que sea cómodo, solo que ahorra la parte más incómoda de este proverbio africano: el momento exacto en que el pez, por fin, sale a la superficie.
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