No es carnaval, aunque lo parece: la insólita mascarada que celebra este pueblo castellano cada 1 de enero
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Durante el carnaval muchos pueblos de la España rural hacen desfiles increíbles, pero hay uno en Castilla y León muy especial, particularmente porque lo celebran el uno de enero.
Cuando el resto del país come las uvas, un pueblo de Zamora se echa a la calle para celebrar una de las tradiciones más antiguas y enigmáticas: los Carochos. La mascarada es tan importante que la nombraron Bien de Interés Turístico Regional.
Aquí no hay confetis ni carrozas, pero sí demonios, ceniza, peleas y un bautizo simbólico. Además, llama la atención porque parece propio del carnaval, pero no lo es.
La celebración zamorana, que parece de carnaval pero celebran el uno de enero
Los Carochos son una mascarada de invierno que se celebra exclusivamente el día de Año Nuevo en Riofrío de Aliste. Once jóvenes del pueblo (doce si se cuenta el niño de la Madama, un muñeco) se disfrazan y recorren las calles representando una función teatral al aire libre.
Hay bailes, cantos satíricos, carreras, peleas entre personajes, escenas burlescas y una interacción constante con el público, que pasa de espectador a actor en cuestión de segundos.
Tras la representación, los personajes visitan las casas para felicitar el año nuevo y recoger el tradicional aguinaldo, una costumbre que refuerza los lazos con el pueblo.
Parece que sólo hay once involucrados, pero la realidad es que detrás hay semanas de preparación. Todos en Riofrío de Aliste se vuelcan para que la fiesta salga adelante.
Y es que los propios vecinos cosen los trajes, preparan las herramientas y organizar toda la logística. Además, los trajes son complejos, así que tienen que ayudar a vestirse a los personajes.
Qué simboliza la mascarada más rara de Castilla y León: tiene origen en el neolítico
El origen de Los Carochos está en los rituales prehistóricos y paganos vinculados a la fertilidad y al ciclo agrario.
Antes de la Edad Media, las comunidades agrícolas ya veneraban espíritus relacionados con la tierra, la luz y la renovación. Es decir, algunos han llegado a colocar su origen en el neolítico sólo que con muchos cambios.
Por ejemplo, los demonios de la fiesta son herederos lejanos de divinidades como Pan o Fauno, que se transformaron con el paso del tiempo por la influencia cristiana.
Durante el llamado Ciclo de los Doce Días (de Navidad a Reyes) estas mascaradas celebran simbólicamente el renacer del sol tras el solsticio de invierno.
Eso sí, tienen un punto en común con carnaval. El objetivo es conseguir una celebración social donde el espíritu de comunidad y el humor se cuelen en cada casa.
Parece carnaval, pero esta fiesta de un pueblo de Zamora poco tiene que ver
Cada gesto de Los Carochos tiene un significado y más allá de la fiesta es difícil encontrar vínculos con el carnaval. La ceniza, arrojada por la Filandorra, simboliza muerte y germinación: se usó durante siglos para abonar los campos.
La flagelación, realizada con ramas de parra o vejigas, no es un castigo, sino purificación y estímulo vital.
El martillo de madera, con el que la Filandorra golpea las puertas durante las visitas a las casas, protege contra el mal, igual que hacían antiguas culturas europeas al nacer un niño.
Todo culmina con el desfile, el bautizo simbólico, la falsa muerte y resurrección del Ciego y el baile final al son de la gaita y el tamboril.
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