Éste es el verdadero motivo por el que el palito de la Ñ tiene forma ondulada
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En origen de la ñ se remonta a la Edad Media, aunque ni la letra ni el sonido existían originalmente en la lengua latina. Con la evolución de las lenguas romances, cada idioma encontró su propia forma de incorporarla y representarla gráficamente. En italiano se escribió con gn, en portugués con nh, en francés con gn y en catalán con ny. En el castellano medieval, por su parte, se utilizaba la doble n (nn): así surgieron palabras como anno o donna, que con el tiempo se transformaron en año y doña. Pero, ¿cómo se llama el palito que acompaña a la ñ y, sobre todo, por qué es ondulado?
No se trata de un simple capricho estético, sino que el palito nació por una razón funcional. Los copistas medievales buscaban formas de ahorrar tanto tiempo como espacio a la hora de trabajar sobre los pergaminos. Fue así como empezaron a colocar una pequeña marca sobre la primera letra a la hora de representar la doble n. Trazaban la marca como una pequeña n estirada situada sobre la otra y, con el paso del tiempo, pasó a ser un signo independiente, la virgulilla.
¿Por qué el palito de la ñ tiene forma ondulada?
Cuando la imprenta comenzó a difundir los primeros textos impresos en castellano, se mantuvo la ondulación para imitar la escritura manuscrita sobre la n. Así, la virgulilla terminó consolidándose como una característica única del español. Hoy en día, en función de la fuente que se utilice, la virgulilla puede ser más curva o más recta.
Etimológicamente, la palabra virgulilla proviene del latín virgula, diminutivo de virga, que significa «vara» o «ramita». En español, se reforzó el diminutivo con la terminación -illa, dando lugar a virgulilla, literalmente «rayita». En el ámbito de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, la virgulilla designaba trazos abreviativos, y con el tiempo el término pasó a referirse a la ondulación de la letra ñ.
Historia
En la Edad Media, los copistas de los monasterios desempeñaban un papel crucial en la preservación de los textos antiguos. Para ahorrar espacio y tiempo en los pergaminos, comenzaron a usar abreviaturas, entre ellas la transformación de la doble n en una sola letra con un trazo encima, conocido como virgulilla. Esta innovación dio origen a la letra ñ.
Aunque el latín no contenía el sonido nasal palatal que representa la ñ, la necesidad de reflejar fonemas del latín vulgar impulsó su creación. La palatalización de combinaciones como «nn» y «mm» dio lugar al fonema que hoy reconocemos. La primera documentación de la Ñ data de 1176, y su uso se popularizó en el siglo XIII con la expansión de las lenguas romances.
El rey Alfonso X El Sabio promovió la ñ en reformas ortográficas. Posteriormente, Antonio de Nebrija la reconoció como letra diferenciada en la primera gramática española de 1492.
Nuevas letras
«Son cuatro las letras del abecedario español que no formaban parte del inventario latino originario: u, j, ñ y w.
Las formas de la u y la j existían ya en la escritura latina como variantes respectivas de la v (la letra capital V adoptaba una forma redondeada en la escritura manual corriente) y de la i (de hecho, el punto sobre la j es herencia del de la i, prueba de su filiación). Como simples variantes de esas mismas letras siguieron utilizándose durante mucho tiempo aún en la escritura del español para representar indistintamente los correspondientes fonemas vocálicos y consonánticos.
Poco a poco, a lo largo de los siglos XVI y XVII, estas variantes fueron especializando sus usos hasta que, finalmente, la u y la i se reservaron para la representación de los fonemas vocálicos, y la v y la j para la representación de los fonemas consonánticos. Tras alcanzar plena autonomía, la u y la j se situaron, en la serie alfabética, junto a las letras a las que durante tanto tiempo estuvieron vinculadas: la u junto a la v y la j junto a la i, precediendo siempre la vocal a la consonante (de ahí el orden u, v e i, j).
La ñ tiene su origen en la abreviatura del dígrafo nn, que el español medieval escogió para representar el nuevo fonema nasal palatal /ñ/, inexistente en latín. Este dígrafo solía escribirse de forma abreviada mediante una sola n con una virgulilla encima, signo del que surge esta letra, genuinamente española, que también adoptaron el gallego y el vasco.
Finalmente, la w, última letra en incorporarse al abecedario del español, pues no lo hizo oficialmente hasta la ortografía académica de 1969, es también en origen un dígrafo. Se creó por duplicación de la v latina para representar, en las lenguas germánicas, uno de sus fonemas característicos. En español entró por la vía del préstamo y se empleó inicialmente, ya en la Edad Media, para escribir determinados nombres propios de origen germánico», explica la RAE.
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