La cita del día por Charles Darwin: «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana»
El famoso naturalista británico escribió esta frase en su autobiografía
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Cuando pensamos en Charles Darwin es fácil imaginarlo rodeado de cuadernos, anotaciones, observando especies y tomando apuntes casi sin descanso. Su imagen de científico metódico parece que terminó por eclipsar otras facetas de su vida. Sin embargo, al margen del investigador que revolucionó la historia de la ciencia, existía una persona que, tal vez con los año, empezó a hacerse preguntas mucho más íntimas. Preguntas sobre el tiempo, los intereses que había dejado atrás y aquello que quizá había sacrificado sin darse cuenta. Y esa inquietud se vio reflejada en una frase que de alguna manera se ha hecho famosa.
Y no deja de resultar curioso que una de sus reflexiones más humanas no surgiera de una teoría sobre la evolución ni de un estudio científico. Apareció en un texto mucho más personal. Fue en su Autobiografía, publicada después de su muerte en 1887, donde dejó una confesión que sigue sonando cercana más de un siglo después. La frase es sencilla y, precisamente por eso, tiene fuerza y de alguna manera se ha quedado, casi, a modo de recordatorio. Es esta: «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana». A simple vista parece una recomendación cultural. Pero lo cierto es que detrás había algo bastante más profundo.
La frase de Charles Darwin que te hará reflexionar
Sabemos que la trayectoria de Charles Darwin estuvo marcada por una dedicación absoluta al conocimiento. Su teoría de la evolución por selección natural cambió la manera de entender la vida y abrió una puerta enorme a nuevas investigaciones. Su influencia llegó a la biología, pero también acabó extendiéndose a otros campos como la filosofía o las ciencias sociales.
Durante décadas Darwin trabajó observando, comparando y tratando de comprender procesos complejos de la naturaleza. Era un trabajo exigente y absorbente. Tanto que, con el paso de los años, él mismo empezó a notar ciertos cambios en su manera de relacionarse con aquello que antes disfrutaba. En su autobiografía recuerda una etapa muy distinta. Habla de un joven que encontraba placer en la poesía, que disfrutaba leyendo novelas, que sentía interés por la música o por la pintura. No lo veía como una distracción, sino que era algo que formaba parte de su vida cotidiana. Sin embargó tal y como él mismo explica, a lo largo de los años algo cambió.
De hecho, con el tiempo empezó a darse cuenta de que esas aficiones habían ido desapareciendo poco a poco, casi sin hacer ruido. Ya no sentía el mismo entusiasmo así que aquello que antes le emocionaba dejó de producirle interés, aunque en realidad, esa pérdida le inquietó.
Una preocupación que iba más allá del arte
Darwin intentó entender qué le estaba ocurriendo. Su explicación fue muy reveladora. Llegó a escribir que su mente parecía haberse convertido en una especie de máquina dedicada a extraer leyes generales a partir de enormes cantidades de datos. No se trataba de un rechazo a la ciencia ni de arrepentimiento por su trabajo, sino que le preocupaba era otra cosa por lo que empezó a pensar que quizá el entrenamiento continuo de una parte de la mente había dejado otras capacidades en segundo plano.
La reflexión puede sonar extrañamente actual
Hoy resulta fácil llenar el día de tareas, pantallas, reuniones, mensajes o asuntos pendientes así que muchas veces aquello que hacemos simplemente por placer acaba quedando al final de la lista. Por ello, leer unas páginas antes de dormir, escuchar música sin hacer otra cosa al mismo tiempo o detenerse a contemplar una película, un cuadro o una canción suelen parecer pequeños lujos que pueden esperar pero tal vez la mayoría de veces esperan demasiado.
Por ello, la enseñanza que dejó Charles Darwin va bastante más allá de una rutina semanal con libros y música. En realidad habla de mantener viva una parte concreta de la experiencia humana. Quizá por eso aquella reflexión continúa teniendo sentido. Porque advierte de algo sencillo y es que cuando una vida gira únicamente alrededor de lo útil, lo medible o lo productivo, otras formas de comprender el mundo empiezan a perder espacio.
Darwin no hablaba de abandonar el pensamiento racional. Todo lo contrario. Hablaba de equilibrio, y quizá ahí está la fuerza de sus palabras. Resulta llamativo que una persona que dedicó gran parte de su vida a estudiar la naturaleza acabara lanzando una advertencia sobre algo mucho más cotidiano: la importancia de no dejar que las obligaciones o la rutina apaguen aquello que también nos emociona.
Porque, al final, su frase no es sólo una recomendación sobre poesía o música, sino que es una pequeña llamada de atención sobre algo que sigue ocurriendo hoy ya que a veces uno tarda demasiado en darse cuenta de lo que ha dejado de lado.
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