Un agricultor palentino siembra tomates con semillas de 1916 y lo que ha conseguido tiene a los expertos en agricultura sin palabras
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En Villasirga, un pequeño municipio de la provincia de Palencia, Emilio Medina, un joven hortelano de 26 años, dedica su tiempo y esfuerzo al cultivo de una huerta de secano que representa mucho más que una afición. Lo que nació como un interés personal ha evolucionado hasta convertirse en un compromiso con la conservación del patrimonio agrícola y el cuidado de su entorno.
En La Mielga, una finca marcada por la tradición, cultiva tomates, ajos, patatas y lechugas, al tiempo que impulsa un banco de semillas históricas que conserva e intercambia con otros agricultores. Gracias a esta iniciativa, contribuye a proteger variedades locales y a mantener viva la memoria agrícola de su comarca.
Un banco de semillas en el corazón de Palencia
«Ha sido todo iniciativa mía, no tengo subvenciones. Nadie me ha preguntado, ni administraciones ni nada, y por eso me estoy centrando sobre todo en las variedades tradicionales de Palencia. En tomate llevaré unas 500 semillas recopiladas solo de la provincia de Palencia, pero también me estoy centrando en la alubia, lentejas, garbanzos, mucha legumbre y patata», explica, según recoge La Razón.
Y añade: «vengo de familia de agricultores, gente de campo. Mi padre agricultor, mi abuelo también y, aparte, ganadero y pastor, porque antes en cada casa había siempre rebaños de ovejas churras. Mi bisabuelo también hacía las tierras, pero mi padre se metió en una agricultura más de cereal y forraje, con maquinaria grande. Se echaba en falta en casa la huerta, porque cuando mi abuelo se murió, más joven, lo de criar el cerdo, la matanza, todo eso se acabó con él».
Esa ausencia fue el punto de partida de su proyecto. «Quise recuperar todo aquello que me contaba. No sabía muy bien por dónde empezar, pero la huerta fue el primer paso». La añoranza por los sabores y las formas de cultivar de otras generaciones despertó en él el deseo de rescatar un patrimonio que estaba desapareciendo.
«Echaba de menos las semillas de antes, el tomate de antes, la lechuga oreja de mulo, la que aquí siempre se comía con el lechazo. Todo lo de antes». Sin embargo, al intentar encontrar esas variedades en mercados y ferias, se encontró con una realidad muy distinta. «Son todo semillas industriales. Ahí me di cuenta de que había un problema: las variedades tradicionales se están perdiendo».
Fue entonces cuando Emilio empezó una intensa labor de búsqueda y recuperación de variedades tradicionales. «Me puse a investigar y a trabajar mucho con ello. Encontré gente mayor que todavía conservaba alguna semilla de tomate, de pimiento o de la cebolla matancera de Palenzuela. Fui recopilando y regenerando, porque igual me daban una semilla de lechuga de 2003 y tuve que volver a sembrarla para sacarla renovada, si no se muere». Su trabajo requiere paciencia y constancia, un esfuerzo continuo por conservar un patrimonio agrícola que el paso del tiempo amenaza con hacer desaparecer.
Entre las semillas que custodia hay auténticas joyas cargadas de historia. «Este año me han enviado una semilla de tomate del abuelo de un chico de Almazán, de 1916. Hace dos años, un tomate de Frómista de 1982 que germinó». También conserva variedades con un pasado singular. «Tengo un ajo de Falces, un pueblo de Navarra, que tiene una historia escrita del siglo XVII. En aquella época, el ajo no se conocía allí, solo había impuestos al cereal o las leguminosas, los diezmos. Pero el ajo no tenía impuestos, así que los labradores comenzaron a cultivar todo el campo de ajos hasta que renovaron la ley».
Patata roja de riñón
Uno de los retos que más ilusión le hace es recuperar la patata roja de riñón, una variedad desaparecida. «Estoy estudiando libros antiguos y en uno descubrí que en el año 1900 un monje francés trajo a un monasterio de Mave unas patatas rojas de su país. Se empezaron a cultivar y adquirieron gran fama. Esa variedad se estuvo cultivando durante 30 o 40 años y era de las mejores que había, pero se perdió. He preguntado a gente mayor y ni siquiera la ha conocido». Tras localizar una muestra en un banco de germoplasma del País Vasco, comenzó su recuperación. «Ahora estoy cultivándola para volver a ponerla en valor y quizás comercializarla en un futuro».
Su objetivo es «poder vivir de esto, sacar productos especiales y selectos, como tomates de Palencia o patatas, porque me gusta». Un deseo que encuentra respaldo entre quienes conocen su trabajo. «La gente me anima mucho y les gusta lo que hago».
En su tiempo libre, Emilio visita a personas mayores para escuchar sus recuerdos y aprender de sus conocimientos. En esas conversaciones encuentra muchas de las claves para seguir recuperando semillas y variedades tradicionales. Para él, cada cultivo rescatado representa un vínculo entre generaciones y una manera de preservar el patrimonio agrícola de su tierra.
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