El convulso viaje de Thomas Mann entre las ruinas del nazismo en ‘Fatherland’ compite por el Premio del Público en San Sebastián
Paweł Pawlikowski vuelve a deslumbrar con el blanco y negro
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El blanco y negro de Pawel Pawlikowski vuelve a causar sensación entre el público, esta vez con lo que es casi un road trip. Fatherland acompaña a Thomas Mann en su retorno a una Alemania arrasada por las bombas y dividida por la geopolítica, tras 16 años de exilio en Estados Unidos. El premio Nobel huyó en 1933 para escapar de la barbarie nazi, y vuelve a pisar suelo germano en 1949, con la misión de recoger el prestigioso premio Goethe. Su regreso, contado por el célebre Pawlikowski (Cold War), compite por el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Los hechos documentados en el verano de 1949 ayudan a comprender las dimensiones del trayecto. Cuando el autor de La montaña mágica o La muerte en Venecia emprendió su regreso para las celebraciones del bicentenario del nacimiento de Johann Wolfgang von Goethe, su estatus institucional era muy ambiguo: venerado mundialmente como la voz viva de la otra Alemania, la resistencia intelectual contra el régimen nazi que permaneció en el país (el llamado exilio interior) lo observaba con recelo. Muchos le reprochaban haber vivido en la holgura del exilio en California, mientras el pueblo llano sufría la represión.
El viaje desató una fortísima tormenta diplomática a escala internacional: aceptar honores simultáneos tanto en Frankfurt (zona occidental administrada por EEUU) como en la histórica ciudad de Weimar (bajo la órbita del régimen soviético) supuso un desafío frente a los diplomáticos occidentales, que percibieron su visita al sector oriental como una concesión a la propaganda comunista en ciernes.
El itinerario de Thomas Mann traza una ruta físicamente devastada y políticamente convulsa entre la zona occidental y el sector bajo férreo control soviético en Weimar. En esta travesía no viaja solo: lo custodia su hija Erika Mann -interpretada por Sandra Hüller (Anatomía de una caída)-, una mujer que fue defensora implacable de la libertad y pilar fundamental en la resistencia intelectual contra los nazis.
A bordo de un imponente coche negro que atraviesa paisajes reducidos a escombros, estaciones en ruinas y suntuosos banquetes oficiales de la posguerra, la travesía real de los Mann expuso de forma cruda la hipocresía de una élite cultural y burguesa dispuesta a cambiar de piel y lavar rápidamente sus culpas tras la caída del Tercer Reich.
Al mismo tiempo, la intimidad del viaje familiar trataba de encajar el golpe destructivo e irreparable del inminente suicidio de Klaus Mann, hijo del autor, brillante escritor por derecho propio y hermano inseparable de Erika, cuya trágica sombra planea de principio a fin sobre el recorrido en la película, como un MacGuffin humano. Klaus murió por sobredosis en Cannes, en mayo de 1949, apenas dos meses antes.
Para Erika Mann, la muerte de su hermano -con quien había fundado el célebre cabaret antifascista Die Pfeffermühle y recorrido los frentes bélicos como corresponsal- supuso una fractura emocional permanente. Thomas Mann, caracterizado por una estoica autocontención emocional que sus detractores tildaban de frialdad patológica, intentó sublimar la tragedia volcándose obsesivamente en la labor literaria y en compromisos públicos, lo que tensó el viaje con su hija.
A partir de este complejo contexto histórico, el director polaco Pawel Pawlikowski y su coguionista Henk Handloegten construyen una obra contundente, precisa y depurada de 82 minutos rodada en un deslumbrante blanco y negro, y completa así una suerte de trilogía involuntaria sobre la memoria, el exilio y las cicatrices del siglo XX europeo junto a sus aclamadas obras previas, Ida y Cold War.
En la película, Erika no sólo conduce el vehículo; ejerce de chófer, intérprete diplomática, guardiana feroz y escudo protector de un padre anciano, abrumado e infinitamente cansado frente a las voraces exigencias propagandísticas que intentan instrumentalizar su figura desde los dos bloques nacientes de la Guerra Fría.
El gran acierto de la película del director polaco radica en su prodigioso poder sintético y en un empaque visual de una elegancia absoluta. Es casi milagrosa la capacidad que demuestra Pawlikowski para condensar debates morales, dilemas filosóficos y complejas tensiones ideológicas sin recargar la narrativa ni alargar innecesariamente el metraje.
La fotografía monocromática, con una textura sobria y limpia, se aleja deliberadamente de artificios dramáticos, para transportar al espectador a la Europa de la posguerra mediante la estética austera. El cineasta polaco emplea el blanco y negro para depurar el encuadre de cualquier distracción de color, y logra una calidad escultórica en los rostros y en las ruinas.
Además, con el uso del formato cuasi cuadrado, Pawlikowski acentúa la claustrofobia de los espacios interiores del coche y deja grandes espacios vacíos sobre la cabeza de los personajes en los planos generales. Esta icónica composición enfatiza la pequeñez del individuo frente a la inmensidad de la arquitectura en ruinas y de la Historia.
En el plano interpretativo, Fatherland se convierte en un duelo de gigantes: Sandra Hüller, con sus habituales microexpresiones, firma un trabajo memorable y lleno de aristas como Erika, para lo que ha pulido hasta la entonación seca y analítica de la autora, que fue también corresponsal en la Segunda Guerra Mundial para la BBC. Mientras, Hanns Zischler compone a un Thomas Mann monumental, pero con parálisis emocional y desgastado por el peso de su propia leyenda.
Fatherland se confirma como un road trip existencialista y político de rigor sobre la pertenencia y la transmisión generacional, que se estrena el 23 de octubre en salas.
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