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Conversación con el finalista del Premio Planeta

Sergio Hernández y el amor de posguerra en ‘La añoranza’: «En este país hay mucha crispación, esta novela huye del revanchismo»

Sergio Hernández Carrasco rescata la figura de Machado en 'La añoranza', una historia de amor y reconciliación

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El pasado no descansa (sólo) en los libros de historia; permanece agazapado en el subsuelo de un país siempre pendiente de su propia trayectoria. Con esa certeza, Sergio Hernández Carrasco defiende La añoranza, la obra que lo ha encumbrado como finalista del Premio Planeta y que ahora llega a las librerías en un momento marcado por el clima de tensión social. Durante un encuentro distendido con un reducido grupo de periodistas, el escritor valenciano no ha esquivado la resonancia política en su relato.

«Comencé a escribir La añoranza hace dos años, cuando el ambiente de crispación no era el que hay ahora, pero supongo que algo de eso siempre está latente; en este país hay mucha crispación escondida en el subsuelo», aclara el autor, que comenta al mismo tiempo la «casualidad» de que el libro se haya publicado «en este momento tan convulso» en el que no se sabe «qué va a pasar el mes que viene».

El escritor de 32 años apunta que «uno nunca escribe este tipo de novela por un afán premonitorio ni por advertir de lo que puede llegar a suceder, pero algo de eso hay de manera inconsciente siempre, y sobre todo teniendo en cuenta la historia de España y estos ecos que nos llegan, que tanto tienen que ver con lo que sucedía en el 59», año en el que está ambientada La añoranza. «Ojalá sirva para contribuir un poquito a la libertad y que reflexionemos acerca del país en el que vivimos», añade.

La gran virtud de La añoranza reside precisamente en su pulso narrativo, que huye del panfleto ideológico para elevar una conmovedora trama humana, donde el lirismo y la intriga conviven en perfecto equilibrio. Con una prosa elegante, despojada de artificios innecesarios, la novela destaca por una composición madura: hilvana la iniciación sentimental con el suspense histórico a través de una atmósfera que retrata la Barcelona de finales de los cincuenta. En lugar de limitarse a la crónica testimonial, la obra atrapa al lector gracias a la profundidad de sus protagonistas y su experiencia íntima.

Sergio Hernández Carrasco pertenece a una generación despojada del relato épico de sobremesa sobre la Guerra Civil y la posguerra, un vacío que, lejos de distanciarle del conflicto, se convirtió en el motor de su literatura, gracias a la curiosidad. Ante la pregunta sobre esa sensación de orfandad testimonial, el autor ahondó en los orígenes de su vocación.

«La guerra está muy lejana para mi generación; nos separan casi 60 años desde el principio, y es cierto que me ha dado pena no tener grandes historias familiares vinculadas a ello. No es nostalgia, porque sería romantizarlo, pero escuchaba a otros escritores que sí tenían historias más grandilocuentes, más épicas, novelescas incluso, de las que tirar», cuenta.

Reconoce así que su «aproximación» a la historia -en sentido estricto- era «idealizada» en su adolescencia. «Pero no fue hasta que comencé a estudiar mucho la vida de Antonio Machado, concretamente de su exilio, que supe que quería hablar de él», relata el autor de La añoranza.

Ese acercamiento al poeta terminó desbordando su fascinación juvenil: «De eso hace muchos años, cuando estaba en la facultad, y me sorprendió mucho. Me parece llamativo que fuese un poeta tan querido por todos, y que aun habiendo muerto en Colliure, que está apenas unos kilómetros de la frontera con Girona, decidásemos dejarlo allí para convertirlo en un símbolo».

«Esa historia de sus últimos días, que fue apenas un mes desde que salió de Rocafort, resume el pesar del exilio. Muchas veces es el gran olvidado en la historia de la Guerra Civil. En la figura del exilio recae la gente de los campos de concentración de Argelès-sur-Mer (Francia) y muchas tragedias», analiza.

A la hora de articular la trama, Hernández Carrasco se apoya en una sentencia machadiana que articula el pacto con el lector: «Hay una frase maravillosa que Machado nos legó, que dice ‘la verdad también se inventa’. Me gusta mucho porque alude a que, aunque no hayamos vivido algunas cosas, tenemos la capacidad de recurrir a ellas a través de la ficción».

«Existe el cliché de ‘otra novela o película más de la Guerra Civil’, como hemos visto con los Javis y ‘La bola negra’»

Esa ficción se despliega en una arquitectura dual, donde la admiración inicial se quiebra para dar paso a la realidad humana: «La novela tiene dos partes. La primera es una novela de formación que arranca el año 59 y la segunda es una investigación periodística vinculada a los secretos familiares y a nuestro país. En la primera, la figura de Machado planea sobre los dos amantes, y se hace un juego de espejos muy bonito con la relación que Machado tenía con Leonor, con esa diferencia que había y con los dos tratando de no subvertirla. En la segunda, Julia empieza una investigación para descubrir quién era en realidad el hombre que un día amó, que estuvo vinculado íntimamente a los últimos días de Antonio Machado».

Así, La añoranza muestra dos versiones de Antonio Machado: el idealizado, a través de su obra, y otra en la que «ese armazón se cae por su propio peso», detalla. «Trata de acercarse a esa figura del Machado derrotado, vejado por el paso del tiempo. No es casual que coincida con sus últimos días, porque trataba de humanizarlo para que esa historia llegase de una manera novelesca y épica, pero al mismo tiempo emocional para el lector».

Frente a la pesadumbre del desencanto, el escritor reivindica una inclinación vital: «Creo que soy inconscientemente optimista y por eso escribo. Siempre me gusta pensar que vamos a ir mejor. Además, cada día aparecen más obras sobre nuestro pasado. De hecho, existe el cliché de ‘otra novela más, otra película más sobre la Guerra Civil’, como hemos visto con los Javis y La bola negra. Pero aparecen diferentes enfoques para traer temas nuevos o con miradas distintas. En mi caso, he tratado de hacerlo desde la mirada de mi generación. La vida es más llevadera cuando nos levantamos por la mañana y pensamos que vamos a construir un mundo mejor». Sergio Hernández aboga por la necesidad de formarse (o informarse). «Creo que cuanto más sepamos acerca del mundo en el que vivimos, mejor nos irá. Me gusta pensar que poquito a poquito vamos mejorando como sociedad», declara.

Ese optimismo no edulcora el pulso sentimental de La añoranza, concebida desde el desgarro: «Es una novela de amor. Eso no quiere decir que sea una novela romántica. Aunque, en realidad, es una novela de desamor brutal, como todas las historias de amor de la literatura».

«Introducir una historia de amor sirve para hablar de la reconciliación, de lidiar con el rencor, perdonar y seguir adelante»

Ese ingrediente es el que el escritor sintió que necesitaba para dar «una dimensión emocional a todo el relato». «Sobre todo, introducir una historia de amor me servía para hablar acerca de la reconciliación. Porque esta historia de amor se pone al servicio de una novela que está lejos de ser revanchista, que huye del revanchismo y que tiene mucho que ver con la reconciliación. No es una novela que busque el perdón, sino aprender a preguntarnos cómo podemos pasar página asumiendo las cosas que hemos hecho», detalla.

El perdón se plantea como un ejercicio de convivencia: «Tenemos que levantarnos por las mañanas y tratar de construir un lugar mejor. Construir este armazón de la historia de amor de Julia y de Bastian me permitía trabajar en ese proceso emocional de la protagonista, de cómo somos capaces de lidiar con el rencor, mirar a los ojos, perdonar y seguir hacia adelante».

Finalmente, al abordar el cambio de registro respecto a su trayectoria en la novela gráfica, el autor valenciano confiesa una entrega más visceral a la prosa: «Ese background lo llevo ya de serie. Es cierto que en todo lo que he escrito antes, trataba de que se evidenciase más, de que fuesen novelas más visuales, de que las escenas las pudieses imaginar a través de las metáforas que utilizaba, de la narración y de la cadencia. Con esta novela he tratado de que sea todo lo contrario. No sé si me ha salido mejor o peor, pero es cierto que la he escrito más desde el corazón y no tanto desde la razón», sentencia.

Sergio Hernández, finalista del Premio Planeta con ‘La añoranza’. (Javier Ocaña)