Conversación con la ganadora del Premio Planeta

Isabel Allende revive su debut literario en ‘La hora antes del alba’ ante el auge del populismo: «¿Sería capaz de torturar con poder absoluto?»

La ganadora del Premio Planeta habla del rencor, de la idealización de los dictadores y de cómo pervive la división

Allende se plantea si sería "un monstruo" con poder y bromea: "Mis colegas masculinos me detestan por vender más"

"La rabia te arruina la vida y al torturador le da igual. ¿Quiero ser la víctima mutilada o la mujer que sale adelante?"

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Isabel Allende, autora de 'La hora antes del Alba'. (Javier Ocaña)
Paula M. Gonzálvez

Isabel Allende es dueña de una voz propia que lleva más de cuatro décadas sosteniendo la memoria colectiva del continente americano. En 1981, en una cocina de Caracas y sobre un fajo de cartas a su abuelo, encendió el fuego de La casa de los espíritus; hoy, con esa misma voz indómita que ha burlado al tiempo, la gran dama de las letras en español publica La hora antes del alba, la novela con la que ha conquistado el Premio Planeta volviendo al origen de aquella primera obra. Allende rescata a Alba Trueba 44 años después para arrancarla del silencio, cerrar una herida histórica y demostrar por qué sigue siendo una narradora monumental e imprescindible.

En un encuentro distendido con algunos periodistas, Allende ha desgranado las costuras de su oficio, sus fantasmas y sus certezas. «La idea de escribir la historia de Alba estaba en el aire, pero nunca se concretó. En muchas de las novelas que escribo, invierto mi tiempo sin comprender por qué hasta que las termino. Con esta novela creo que se dio el momento cuando vi que está en el aire esta especie de coqueteo con el autoritarismo, con el populismo, con movimientos políticos, ideológicos y sociales que he vivido y que temo», explica la autora.

Para Isabel Allende, esa percepción no responde al misticismo de salón, sino a una disciplina rigurosa de aislamiento. «Los escritores pasamos mucho tiempo solos y callados, fuera del ruido del mundo. Es como tener una antena que, al estar solos, hace conexiones, y uno empieza a sentir cosas que la mayor parte de la gente no puede sentir, por falta de tiempo», relata. Sin embargo, esa estancia no necesariamente es un espacio físico: «Cuando se habla de que uno necesita una habitación propia para escribir, esa habitación propia está dentro de la cabeza. Es un espacio que uno tiene adentro, donde se conecta con cosas que están en el aire. Yo los llamo los espíritus porque suena mucho mejor».

Para conectar con esos espíritus y dar continuidad a la historia, Isabel Allende no necesitó desempolvar las páginas de su debut literario, La casa de los espíritus, para reencontrarse con su estirpe: «No, por Dios, nunca releo mis libros. Ya los escribí, ¿para qué los voy a leer? Hay tanto libro bueno para leer. ¿Para qué voy a leer los míos?». Aunque recuerda los detalles de La casa de los espíritus sin necesidad de releer la novela, por razones más que obvias: «Está basada en mi historia familiar. Los personajes eran mis parientes, así que no lo he olvidado. De ahí vengo. Esa casa, esa familia, esa circunstancia y ese país los tengo adentro». Ese linaje sigue operando como una fuerza gravitatoria en la vida de Isabel Allende y en su literatura.

Al adentrarse en la génesis de La hora antes del alba, Allende ha desvelado el reto de rescatar a su protagonista, que en La casa de los espíritus era un personaje poco desarrollado, más allá de ser la narradora. Ahora, la escritora ha tenido que imaginar las circunstancias de una mujer que ha sido torturada, violada y mutilada, que está sola en su casa porque su abuelo, que era la última persona que le quedaba, ha muerto.

«No hay que cargar con el rencor. ¿Soy la víctima torturada o una mujer que sale adelante pase lo que pase?»

Ante este encuentro con la barbarie, la escritora rechaza las fórmulas morales condescendientes. De hecho, explica que con esta novela no afronta tanto «el perdón» como el hecho de «no cargar con el rencor y la rabia, porque es un saco de piedras que se lleva a la espalda y te arruina la vida». «El torturador no se va a ver afectado por el hecho de que tú tengas la vida destrozada. Tu única posibilidad es sobrevivir de una manera alegre y generosa. Creo que eso es posible, pero es un trabajo tremendo interior, de decidir cuál es la narrativa, el relato de tu vida, ¿quién soy yo? ¿Yo soy la víctima torturada, mutilada o yo soy una mujer que sale adelante pase lo que pase?», argumenta.

Cuando Allende se sienta frente a la hoja en blanco, siente el calor o el frío de cada escena que escribe, percibe la intensidad de la luz o la oscuridad y escucha incluso el rumor más leve. Sin embargo, recrear la atmósfera para escribir podría ser un tránsito doloroso o un ejercicio de nostalgia sensorial cuando la novela retoma la historia de una anterior, como La casa de los espíritus. «No es necesario haber vivido las circunstancias, no es necesario tener el antecedente familiar o cercano. La literatura es un ejercicio de imaginación y de empatía. Ponerse en la posición de aquellas personas que uno imagina que vivieron en esa circunstancia. No tengo idea de si será verdad o no lo que escribo; yo creo que sí», desarrolla sobre la naturaleza del artificio.

«Pienso en si olía a pescado, a flores de cualquier época del año, en si era una noche de luna o sin luna. Todas esas cosas van componiendo el tapiz y, sin eso, los personajes quedan como flotando en una especie de limbo que es típico, por ejemplo, de las novelas románticas, donde el amor y la pasión suceden en un espacio donde las circunstancias sociales o políticas no existen», añade la autora chilena, que intenta marcar la diferencia: «Yo trato de pensar siempre qué está pasando al otro lado de la ventana, porque eso afecta a las vidas de los personajes, como nosotros estamos determinados por el tiempo que nos tocó vivir y dónde nos tocó vivir».

«La verdad se inventa, pero a veces la ficción llega a la verdad más profunda»

Para la escritora, esa inmersión persigue una revelación que trasciende el dato frío: «La verdad se inventa, pero a veces la ficción llega a la verdad más profunda. La prensa tiene la posibilidad de informar instantáneamente, pero no puede entrar en profundidad en cada hecho porque no hay tiempo y están pasando muchas cosas. Eso se puede hacer en la ficción. Cuando investigo para una novela, no me interesa lo que dicen los textos de historia, porque lo escribieron los hombres blancos que ganaron la batalla. A mí me interesan las voces de los que perdieron. Eso es lo que puede hacer la ficción».

Isabel Allende habla desde la experiencia, porque ella viene «del periodismo», y gracias a ello puede decir con conocimiento de causa que «nada sirve más para la literatura que el periodismo»: «Te enseña a investigar, a conducir una entrevista y sonsacar al entrevistado lo que no te quiere decir. A ir por la calle con la antena lista para escuchar, para ver, para captar todo. A utilizar el lenguaje de manera eficiente, sabiendo que si no agarras a tu lector en el primer párrafo, lo perdiste. Todo eso lo aprendí en el periodismo y me ha servido inmensamente».

«Si tuviera el poder absoluto con impunidad, ¿me convertiría en un monstruo? ¿Sería capaz de torturar a alguien? No lo sé»

La empatía narrativa de Allende alcanza las zonas más sombrías de la condición humana, cuando la autora se interroga a sí misma sobre la figura del verdugo, y más concretamente sobre dictadores y tiranos sobre los que «tanto se ha escrito» y con los que, como comentaba, se «coquetea» a día de hoy: «Es fácil imaginar a una persona que tiene poder absoluto con impunidad. ¿Cómo sería yo si tuviera ese poder? ¿Hasta qué punto me convertiría yo en un monstruo? Me preguntaba muchas veces si, si se dieran las circunstancias, ¿sería yo capaz de torturar a alguien?». Aunque, por más que se repite esas cuestiones, no llega a una conclusión. «No lo sé. Yo creo que no, pero no puedo responder con certeza porque no sé cuáles serían las circunstancias», aclara.

Precisamente con estos supuestos es cuando más sentido cobra ese ejercicio de empatía e imaginación que cimenta la literatura. «Hay que ponerse en el caso de ese torturador. ¿Por qué lo hace? En La casa de los espíritus y en este libro, lo que a él le ha pasado en la vida explica quién es él. Sin ese pasado, el [personaje] torturador me queda como caricatura».

Tres bodas, la elección de estar sola y los «amantes»

En el reverso de la violencia, también irrumpe el amor, aunque Allende lo desmitifica y desconfía de los idilios de postal: «Me cuesta mucho escribir historias de amor idealizado, porque no lo he vivido. Me he casado tres veces y siempre he dicho que, si se dan las circunstancias, habrá un cuarto marido, porque vivo el amor muy intensamente, muy apasionadamente». Esa pasión le ha durado «un tiempo», matiza Allende, concretamente unas dos décadas, con un primer matrimonio de 29 años del que «sobraron 9» y un segundo de 28 del que «sobraron 8». «Todo se desgasta y supongo que una pareja normal sobrevive a convivir sin estar enamorado. A mí me da un aburrimiento terrible. No quiero eso, prefiero estar sola».

Esa filosofía vital se traslada con naturalidad a sus personajes: «Blanca -en La casa de los espíritus- vive un amor idealizado justamente porque no se puede realizar. En esta novela, cuando lo realiza, ya no tiene el interés que tenía cuando estaban todos los obstáculos. Por eso es tan rico tener amantes, porque está todo en contra. En cambio, con el marido llegas cansada a la casa y él está bañando al perro… Es distinto», bromea su voz de la experiencia.

Finalmente, la conversación deriva en la génesis de La hora antes del alba: el coqueteo actual con el autoritarismo y el populismo. La escritora no hace distinciones entre unos dictadores u otros en función del color, como muchos malacostumbran, sino entre tiranía y democracia. Preguntada por el caso de España, aclara que no ha vivido en el país y, por tanto, no puede hablar con el mismo conocimiento que de Chile, Venezuela o Estados Unidos, donde sí que ha residido.

«Podría decir que lo de Franco es como lo de Pinochet o lo de Hitler, que queda en el aire, flotando entre mucha gente con una idea desvirtuada de lo que pasó o con cierta ignorancia», reflexiona cuando se le menciona al dictador español. En el caso de Chile, Isabel Allende -sobrina segunda de Salvador Allende y exiliada en Caracas debido al golpe de Estado de 1973 liderado por Augusto Pinochet- entiende que «nunca se hizo un verdadero ejercicio de llegar a la verdad o de reparar todo lo que pasó».

«En EEUU aún existen las divisiones de la Guerra de Secesión como si fueran enemigos. Hay que vivir con el hecho de que no nos entendemos»

«En Chile, la dictadura todavía no es historia antigua. Es un país muy dividido. Pero fíjate, vivo en Estados Unidos, donde las heridas y las divisiones de la Guerra de Secesión en el 1860 todavía existen. Todavía el país está dividido, todavía se habla de los estados rojos y los azules como si fueran enemigos. Esa es la polarización. Las heridas del pasado dejan cicatrices muy fuertes y a veces se necesita mucho tiempo para resolverlas y hay que vivir con ellas. Hay que vivir con la polarización, con la división, con el hecho de que no nos entendemos», lamenta la ganadora del Premio Planeta 2026. La conclusión al respecto es que «todavía hay una idealización de Pinochet o de Hitler, por eso existen los neonazis».

Isabel Allende recuerda que «cuando cayó la dictadura en Chile, no cayó con una revolución ni con un baño de sangre, sino que democráticamente eligieron deshacerse de Pinochet». El dictador «tuvo que aceptarlo porque sus propios generales y la CIA de los Estados Unidos le dijeron ‘ya basta’, pero el primer gobierno democrático tuvo como misión hacer borrón y cuenta nueva para no molestar a los militares», subraya.  Así, Pinochet siguió como senador de por vida y los militares continuaban con «un tremendo poder político y económico», detalla: «Se hizo como que no había pasado nada y para los familiares de las víctimas fue un insulto terrible».

«Todavía hay una idealización de Pinochet o de Hitler»

«Cuando volví por primera vez a Chile después del exilio no se mencionaba lo que había pasado. Acababa de terminar la dictadura y no se decía nada. Otros países, por ejemplo Sudáfrica, hicieron un esfuerzo tremendo de llegar a la verdad del apartheid. Nunca se ha podido reparar, pero por lo menos ayuda», compara.

Frente a la inmensidad de las tragedias colectivas, Allende reivindica el poder redentor de lo íntimo: «La microhistoria de los personajes es la macrohistoria del país. Sin saberlo cuando escribí La Casa de los Espíritus, la familia va evolucionando en la misma forma en que evoluciona el país, y la familia se autodestruye también cuando viene el golpe militar. No lo pensé así. Ahora que miro hacia atrás lo veo».

«Mis colegas masculinos me detestan porque vendo más que ellos»

Para Allende, el Premio Planeta con esta novela no es una muesca más en el currículum, sino la consagración de un camino de fidelidad idiomática y vital, la del galardón «más importante en la lengua española», de su lengua, la culminación de 45 años de escribir en español. «Nunca había postulado a un premio en mi vida, pero aquí no había humillación posible porque es con pseudónimo. Nadie iba a saber que era yo si quedaba a la cola», bromea. Es uno de los premios más significativos de su carrera, y no han sido pocos los que ha obtenido. Destaca, además del Planeta, el Premio Nacional de Literatura en Chile, «porque se discutió hasta la saciedad». «Costó mucho que me lo dieran porque mis colegas masculinos me detestan, porque vendo más que ellos», menciona con guasa.

Isabel Allende lo tiene claro y da larga vida a la literatura: «Cuando quieres contar una historia, no la puedes contar épica porque no llegas al corazón de lo que pasó. Lo tienes que contar en chiquito, a través de tus personajes, de tu familia, de una historia. Por eso la literatura nunca va a terminar. Siempre habrá historias para contar». La siguiente de Isabel Allende ya tiene fecha de inicio: empieza a escribir siempre sus libros el 8 de enero, el mismo día que comenzó a redactar una carta de despedida a su abuelo agonizante (en 1981), un texto que terminó convirtiéndose en su primera y más exitosa novela, La casa de los espíritus, que hoy culmina con La hora antes del alba.

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Isabel Allende, autora de ‘La hora antes del Alba’. (Javier Ocaña)

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