Brian Lavio, fundador de Centro de Valores y la nueva forma de proteger el lujo: «No queríamos hacer otra caja de seguridad»
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¿Qué hace alguien cuando aquello que posee empieza a valer demasiado como para dejarlo en casa? La respuesta puede ser un reloj, una colección de vino, una obra de arte, documentos familiares, joyas o incluso objetos cuyo valor no se puede medir únicamente en dinero. Esa es la pregunta sobre la que Brian Lavio y sus socios construyeron Centro de Valores, un espacio privado de alta seguridad en Madrid que reúne cajas de seguridad, custodia de arte, conservación de vino y servicios para facilitar operaciones con bienes de valor. Pero Lavio no habla de su proyecto como de una simple cámara acorazada. Su planteamiento es otro: «Lo que hay aquí no es nuestro. Nosotros somos los conserjes». Una frase que resume una filosofía basada en que el centro no debe decidir cuándo el propietario puede acceder a sus bienes, sino poner la seguridad, la tecnología y los servicios necesarios para que pueda protegerlos y utilizarlos cuando lo necesite.
«No queríamos hacer otra caja de seguridad»
Brian Lavio llega al proyecto desde el mundo del lujo y, especialmente, de la relojería. Durante años trabajó en un sector en el que el valor de una pieza puede multiplicarse por su exclusividad, su historia o simplemente por la demanda del momento.
De esa experiencia nació también una necesidad personal. Había utilizado diferentes lugares para guardar sus propios objetos y tenía claro que el modelo tradicional podía mejorarse.
«Yo conocía muy bien las necesidades de alguien que compra un reloj, una joya o cualquier objeto de valor. Cuando empecé a pensar en este proyecto, tenía muy presentes todas las expectativas que yo mismo había tenido como cliente».
El resultado fue Centro de Valores, concebido desde el principio como algo más amplio que una caja bancaria. «No queríamos hacer simplemente una caja de seguridad. Tampoco queríamos hacer un almacén de arte. Queríamos crear un espacio para que las personas pudieran disfrutar de sus cosas y protegerlas en el tiempo».

«Lo que hay dentro no es nuestro»
Ahí está, probablemente, una de las claves del discurso de Lavio. Su modelo parte de una diferencia fundamental respecto a la concepción tradicional de las cajas de seguridad. «En un banco, la caja de seguridad formaba parte de toda la relación bancaria. Nosotros planteamos justamente lo contrario: aquí custodiamos cosas que no son nuestras».
Y lo resume de una manera mucho más gráfica: «Nosotros somos los conserjes».
La comparación no es casual. Para el empresario, el centro tiene que poner la infraestructura y la seguridad, pero el propietario debe conservar el control sobre aquello que guarda. «Si lo que hay dentro no es nuestro, el cliente tiene que poder venir cuando él quiera, no cuando nosotros digamos».
Por eso el horario es una parte importante del servicio. El centro funciona durante el día y, cuando la puerta principal se cierra por la noche, existe la posibilidad de organizar accesos extraordinarios. «Si un cliente necesita venir a las tres de la mañana, nos avisa con antelación y nosotros estamos aquí para recibirle».

La seguridad empieza antes de entrar
El sistema no se limita a una puerta blindada. De hecho, una de las obsesiones del proyecto ha sido reducir el tiempo que el cliente permanece expuesto en el exterior. «Lo primero que queremos es que las personas estén fuera, expuestas al mundo exterior, el menor tiempo posible». Por eso los clientes que llegan en coche pueden acceder directamente al interior y continuar hasta la zona de espera. A partir de ahí comienza una sucesión de controles.
La tecnología también juega un papel protagonista. Lavio explica que el centro cuenta con sensores capaces de detectar vibraciones, cambios de temperatura o movimientos y con sistemas que permiten establecer auténticos perímetros invisibles. «No todo es como en las películas, con láseres cruzando una habitación. Podemos crear muros virtuales que no se ven».
En determinados puntos, el sistema analiza incluso el volumen y la densidad de aquello que atraviesa una zona determinada. «Puede pasar un gato, pero no puede pasar una persona. El sistema analiza qué está atravesando ese muro invisible».
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Dos llaves y una persona que acompaña
La seguridad continúa cuando el cliente llega a su caja. «Aquí no hay una sola llave. Para abrir una caja hacen falta las dos: la del cliente y la que tenemos nosotros».
El sistema tiene una finalidad evidente: impedir que una llave aislada permita acceder al contenido. «El cliente puede decidir que su hija tenga acceso. Pero para que pueda entrar tiene que darle físicamente su llave. Si no tiene la llave, no puede abrir».
Además, el personal acompaña siempre al cliente hasta su compartimento. «Nosotros sabemos a qué caja puede acceder cada persona. Si alguien tiene una llave que no le corresponde, no puede simplemente ir probando cajas».
Para Lavio, esa diferencia resulta especialmente importante cuando hay varias personas vinculadas a un mismo patrimonio. «Puede haber separaciones, problemas familiares o simplemente una persona que intenta acceder a algo que no le corresponde. Por eso no basta con tener una buena cerradura: también hay que controlar quién entra y dónde puede entrar».

El valor no siempre está en el dinero
Una de las partes más interesantes de su discurso aparece cuando explica qué entiende por valor. «El valor puede ser monetario, histórico, sentimental o documental».
Y pone ejemplos que se alejan bastante de la imagen de un millonario guardando lingotes. «Una escritura puede no valer nada como objeto, pero si la pierdes puedes tardar seis meses en conseguir que te la vuelvan a hacer».
También está el testamento. «Hay personas que no quieren tener determinados documentos en casa porque no quieren que otra persona los lea. No todo lo que protegemos tiene que ver con dinero».
Pero el ejemplo que más ilustra esta idea es el de un pañuelo. «Hubo una señora que había fallecido y su marido quería conservar un pañuelo porque era lo único que todavía mantenía su olor. La persona que limpiaba la casa había lavado el resto de la ropa. Para él, ese pañuelo tenía un valor enorme».
La conclusión de Lavio es sencilla: «Cuando hablamos de valor sentimental, el seguro da igual. Lo importante es que nadie pueda venir mañana y hacer algo que destruya aquello que para ti es irreemplazable».
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El arte necesita trazabilidad
En el caso de las obras de arte, el centro aplica otra lógica. No basta con guardar un cuadro: hay que saber qué ocurre con él durante el proceso.
«Nosotros ponemos la infraestructura y toda la seguridad, pero cuando se mueve una obra de arte, tiene que intervenir una empresa de seguridad privada autorizada para transporte de valores y especializada en este tipo de piezas».
Una vez que la obra llega al destino dentro del centro, se establece un sistema de identificación y precintado. «Cuando el cuadro llega, nosotros no lo manipulamos hasta que está en el punto en el que tiene que quedar instalado. Entonces lo precintamos».
Ese precinto tiene una función concreta. «Si el cuadro se vende dentro de un año o cambia de manos, seguirá teniendo el mismo precinto firmado por el tasador. Así podemos saber qué es exactamente el cuadro que fue tasado entonces».

El vino: guardar hoy lo que se beberá dentro de veinte años
Con el vino, el funcionamiento es diferente porque sí existe una gestión activa de las botellas. «Aquí tenemos siempre la temperatura y la humedad adecuadas. Hay gente que compra una botella hoy porque quiere beberla dentro de diez, quince o incluso veinte años».
La filosofía consiste en comprar cuando el precio todavía es asequible y garantizar después unas condiciones de conservación constantes. «Puedes comprar el vino cuando sale al mercado, pero luego tienes que conservarlo perfectamente durante años. Si lo guardas mal, has perdido toda la inversión».
El centro permite además una gestión más detallada de las colecciones. «Si el cliente quiere, nos puede dejar autorización para acceder a su vino. Entonces, si nos llama y nos dice que saque dos botellas, hacemos un vídeo cuando abrimos, cortamos el precinto, actualizamos el inventario y, cuando cerramos, volvemos a sellarlo».

Un edificio pensado desde el riesgo
Hasta la elección del inmueble responde a una lista de riesgos. «Queríamos tener el edificio entero en propiedad. Si alquilas una parte, puedes controlar lo que ocurre dentro, pero no lo que tienes arriba, abajo o al lado».
La ubicación debía cumplir además otra condición: ser accesible. «Necesitábamos estar cerca de las principales arterias para que fuera fácil llegar y, sobre todo, salir».
Y después estaba el peso de la propia cámara. «La cámara puede soportar unos 4.000 kilos por metro cuadrado. Un edificio industrial puede estar preparado para unos 2.200. Por eso no puedes poner una cámara así en cualquier sitio».
El proyecto tardó años entre diseño, preparación del edificio y construcción de la cámara. «Sólo la cámara acorazada, entre el proyecto y todo lo que había que preparar, nos llevó alrededor de un año y medio».

Un lugar para cerrar una operación sin miedo
Centro de Valores también quiere ser un espacio neutral para operaciones entre particulares. Una persona puede querer vender un reloj, una joya o una pieza de colección, pero tanto comprador como vendedor pueden desconfiar.
«El que vende tiene miedo de que le engañen y el que compra puede pensar que le van a robar. Los dos tienen miedo». La solución es reunir a las partes en un entorno seguro y permitir que intervengan profesionales. «Pueden venir ocho personas si hace falta. Nosotros intentamos darles todo el soporte que necesiten».
Si alguien quiere comprar un diamante, por ejemplo, el centro puede facilitar contactos especializados. «No hacemos nosotros todas las operaciones. Lo que hacemos es que sea fácil. El cliente tiene en su cuenta el nombre, el teléfono y el correo de los profesionales con los que trabajamos».
Puede tratarse de un experto en piedras preciosas, un agente de aduanas, un transportista o incluso un fabricante de cajas para obras de arte. «Si tienes un problema en aduanas, no necesitas empezar a buscar quién te lo resuelva. Tienes directamente el contacto de la persona que se ocupa de ello para nosotros».
Ese es, en definitiva, el concepto que Lavio repite durante toda la conversación: seguridad, pero también servicio. «Esto se hizo para personas. Para que puedan disfrutar de sus cosas y protegerlas en el tiempo».