«Pedí permiso para vivir más que mi padre»: el ritual que marcó la vida de Alba Flores
Alba Flores presenta 'Flores para Antonio', un documental íntimo que explora la vida, muerte y legado de su padre
Durante su visita a 'La Revuelta', la actriz mostró su autenticidad habitual
Además, Alba reflexionó sobre su identidad y su posición política
Alba Flores llegó a La Revuelta con la autenticidad que la define y que, a pesar de su proyección internacional, jamás ha perdido. Lejos de la solemnidad que podría esperarse de una actriz reconocida mundialmente, entró al plató «por el tobogán», enfundada en un traje de Luis Tosar y confesando entre risas que traía «un poquito de resaca, por no decir que vengo de empalmada». Esa capacidad para mostrarse tal cual es, sin filtros, es la misma que impregna Flores para Antonio, el documental sobre su padre que se estrena el 28 de noviembre y que se adentra en las capas más profundas de la vida familiar, el duelo y la memoria.
El proyecto, dirigido por Isaki Lacuesta y Elena Molina, surge de una necesidad emocional compartida entre la propia Alba y su madre, la productora Ana Villa. Ambas estaban inmersas en la organización de un concierto homenaje cuando comprendieron que el legado de Antonio Flores merecía un retrato más íntimo, honesto y detallado. Aunque la decisión no fue sencilla -«era algo peliagudo para nosotras», admitió Alba-, finalmente se embarcaron en un proceso que terminó revelándose sanador. El archivo de Antonio Flores, irónicamente guardado bajo la que fue la cama de la infancia de Alba, contenía horas de material personal y profesional que permitieron reconstruir la figura del artista desde dentro.
Uno de los retos esenciales del documental radicaba en contar la historia de alguien que ya no podía participar: «Es difícil hacer una película de alguien que no está, no le puedes preguntar cuánto quieres que cuente de ti», señaló Alba en su entrevista con David Broncano. Sin embargo, las imágenes de archivo muestran la naturalidad tanto de Antonio como del resto de la familia: los Flores nunca han interpretado papeles dentro de su propio hogar, y lo que el público ve coincide con la cotidianidad puertas adentro. «Es bonito ver que no hay mucha diferencia entre cómo somos en casa y cómo somos en público», celebraba la actriz.
Durante su paso por La Revuelta, Alba demostró, una vez más, que afronta cada pregunta con transparencia y personalidad. Decidió no responder a las clásicas del programa, pero rescató dos que en su día estuvieron a punto de convertirse en fijas: la del vello púbico y los macarrones -a la que respondió con un elaborado razonamiento humorístico- y la del machismo y el racismo. En esta última fue tajante: aunque bromeó diciendo «aunque a los payos os tolero», añadió después con seriedad que no tiene tolerancia hacia «los payos genocidas», una crítica coherente con su posicionamiento político, que esa noche subrayaba vistiendo una camiseta de Palestina.
Pero quizá el aspecto más revelador de su visita fue el desbloqueo de su faceta musical, una parte de sí misma que llevaba años arrastrando como un peso. Aunque Alba ha trabajado su voz como actriz, cantar como ella o interpretar canciones de su padre se le hacía emocionalmente imposible. Los directores insistieron en incluir esa lucha dentro del documental, y fue gracias a ese proceso, y al acompañamiento musical de Silvia Pérez Cruz, que Alba logró terminar una canción que llevaba sin completar desde niña. Lo que antes era un bloqueo se convirtió en una liberación: «Si hubiese terminado esta canción de pequeña, probablemente no habría hecho la película», reconoció. Ahora, liberada de ese nudo, dice estar «en una adolescencia musical» y con ganas de experimentar. No descarta regresar a La Revuelta para presentar temas propios.
La realización del documental no solo implicó un trabajo creativo; también abrió puertas emocionales que llevaban años cerradas. Durante el rodaje, los directores detectaron que había capítulos de su historia familiar que Alba nunca había conversado con sus tías, Rosario y Lolita Flores. Cuando llegó el momento de abordarlos, ambas estaban «con mucha necesidad», esperando que Alba estuviera lista para hablar. En su familia, donde «el público siempre ha formado parte», este documental significó abrir las entretelas, exponer lo que nunca se había dicho y sanar colectivamente. «Para mi constelación familiar era imprescindible devolver al público la historia y vivirla juntos», explicó.
La muerte de Antonio Flores a los 33 años, cuando Alba era apenas una niña, marcó a toda la familia y, de manera particular, a su hija. Por eso, cuando ella misma alcanzó la edad en la que él falleció, sintió que debía realizar un ritual simbólico: «Necesitaba soplar las velas con todas para que me acompañaran y me dieran permiso para vivir más que él». Aquella ceremonia íntima marcó un antes y un después, permitiéndole mirar su propia historia con una madurez nueva. Incluso su madre, en un momento de confidencia reciente, le dijo: «No pensaba que fueses a vivir cosas tan bonitas conmigo», una frase que Alba compartió con lágrimas contenidas.
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