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China desafía los límites naturales y le sale mal: el coste oculto de frenar el desierto de Gobi

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

La desertificación es una de las principales consecuencias del cambio climático, entendiendo como tal la «degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas», según la definición del artículo 1 de La Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD). Durante décadas, la plantación de árboles se ha convertido en una «esperanza ambiental» en países de todo el mundo, pero el caso reciente de China demuestra que convertir el desierto en bosque es una ecuación muy compleja. Para frenar el avance del desierto del Gobi en el norte del país, en 1978 el Gobierno impulsó el ambicioso programa «Three-North Shelterbelt Forest Program»,  la «Gran Muralla Verde de China».

Las cifras del proyecto son impresionantes: desde entonces, China ha aumentado la «cobertura forestal» en un 15%, pasando del 10% a mediados del siglo XX a cerca del 25% en la actualidad. Imágenes satelitales confirmaron que amplias áreas del norte se habían vuelto más verdes entre 2001 y 2020, y la «Gran Muralla Verde» parecía cumplir su función. Sin embargo, los científicos comenzaron a advertir de problemas en la interacción entre los nuevos bosques y el ciclo del agua. Muchos de los árboles que se plantaron eran especies de rápido crecimiento, que requerían enormes volúmenes de agua.

El problema del desierto de Gobi en China

Aquí entra en juego un proceso clave: la evapotranspiración. Los árboles absorben agua del suelo y de los acuíferos mediante sus raíces y la liberan a la atmósfera a través de las hojas. En condiciones normales, este proceso forma parte del equilibrio natural. Sin embargo, cuando la densidad forestal aumenta masivamente en regiones áridas, la cantidad de agua extraída también se multiplica.

Investigaciones recientes publicadas en la revista científica Earth’s Future analizaron datos satelitales y registros hidrológicos entre 2001 y 2020. Los resultados mostraron un fenómeno complejo: aunque las precipitaciones aumentaron en algunas zonas, la disponibilidad real de agua en suelos, ríos y acuíferos disminuyó en varias regiones del este y noroeste del país.

La meteoróloga Jennifer Gray explicó que «esto es básicamente donde la humedad se libera a la atmósfera por pequeños orificios en las hojas». Cabe señalar que el norte de China concentra cerca del 46% de la población y más de la mitad de las tierras cultivables del país, pero dispone de apenas alrededor del 20% de los recursos hídricos. Cuando parte de la humedad se desplazó hacia otras regiones, la presión sobre los sistemas de abastecimiento se intensificó.

«La Gran Muralla Verde de China» en el desierto del Gobi sirvió como demostración de los riesgos de tratar la naturaleza como si fuera una fábrica estandarizada. Si bien el bosque cumplió su función de contener la arena, lo hizo a costa de secar suelos, alterando acuíferos y cosechas.

La ‘Gran Muralla Verde de África’

Mientras tanto, en África se desarrollaba otra iniciativa con un nombre similar pero con un enfoque diferente: la «Great Green Wall», bautizada como «La Gran Muralla Verde de África». La Unión Africana puso en marcha este proyecto en 2007 en 11 países (Burkina Faso, Chad, Eritrea, Etiopía, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sudán y Yibuti) con el objetivo restaurar 100 millones de hectáreas de tierras, crear 10 millones de puestos de trabajo y capturar 250 millones de toneladas de CO2 para el 2030.

Las administraciones priorizaron la regeneración natural asistida, la agroforestería y el uso de especies autóctonas adaptadas a la aridez. Además, las comunidades locales participaron en la planificación y gestión, integrando árboles con cultivos y sistemas de pastoreo. En países como Níger y Burkina Faso, técnicas sencillas como zanjas para capturar agua de lluvia y la protección de brotes naturales permitieron recuperar tierras degradadas

«Antes de este proyecto, el desierto se había apoderado de la tierra. Ahora, cuando sopla el viento, los árboles lo bloquean y reducen los daños. Nos han dado esperanza. Me aseguro de que nadie corte los árboles. Recordamos a la gente lo importante que es este proyecto. Se anima a los agricultores a plantar más árboles y no se permite a nadie pastorear en la zona», explica Galadima Bulama, un agricultor de la aldea nigeriana de Madugumsumi, en el estado de Jigawa, fronterizo con Níger, según recoge El País.

El contraste entre ambos modelos ilustra una diferencia fundamental. En el desierto del Gobi, se puso el foco atención a la escala y la rapidez de ejecución, sin una gestión adecuada de los recursos hídricos. En el Sahel, el proceso ha sido más gradual y adaptado a las condiciones locales. Ahora, los expertos recuerdan la importancia de calcular cuánta agua puede sostener un territorio sin comprometer acuíferos, ríos y agricultura antes de ampliar bosques.

Finalmente, es importante señalar que, según Naciones Unidas, «se considera degradada hasta un 40 % de la superficie de la Tierra y es que cada segundo se degrada el equivalente a cuatro campos de fútbol de tierra saludable, lo que supone 100 millones de hectáreas al año».