Bombazo geológico: la ciencia confirma que los mayores tsunamis de la historia no fueron causados por terremotos
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Los tsunamis figuran entre los fenómenos naturales más destructivos del planeta. Tradicionalmente, la explicación más extendida los vincula a terremotos que sacuden el fondo marino y desplazan enormes volúmenes de agua en cuestión de segundos. Esa narrativa ha dominado tanto la divulgación científica como los planes de emergencia durante buena parte del último siglo.
No obstante, un estudio reciente ha introducido matices relevantes en esa visión. El trabajo que estamos por desandar a continuación amplía la comprensión sobre cómo se generan estas olas y por qué, en ciertos contextos, alcanzan alturas muy superiores a las asociadas a seísmos clásicos.
¿Por qué los mayores tsunamis de la historia no fueron causados por terremotos?
La investigación, publicada en la revista Natural Hazards, sostiene que algunos de los tsunamis más altos registrados no tuvieron su origen principal en el temblor del terreno, sino en deslizamientos de tierra que colapsaron de forma repentina en masas de agua.
Estos eventos, conocidos como tsunamis inducidos por deslizamientos, se producen cuando grandes volúmenes de roca, sedimentos o hielo se precipitan hacia el mar, un fiordo o un embalse, desplazando el agua de manera brusca.
El estudio se basa en un catálogo global que analizó 317 tsunamis documentados provocados por deslizamientos. La autora principal, Katrin Dohmen, investigadora de la Universidad Técnica de Berlín, comparó localización, causa y altura de las olas.
Los resultados muestran que la forma de la cuenca es un factor clave: en espacios estrechos, la energía no se disipa con facilidad y la ola crece en altura cerca de las zonas habitadas.
¿Cuál es el factor decisivo en los tsunamis extremos?
Los tsunamis asociados a deslizamientos alcanzan alturas excepcionales, sobre todo en fiordos, bahías cerradas, ensenadas estrechas y embalses interiores. En estos entornos, el agua no dispone de espacio suficiente para expandirse lateralmente, lo que provoca que la energía se concentre y eleve el nivel de la ola de forma abrupta.
Los científicos miden estos eventos a través del run-up, el punto más alto que alcanza el agua tierra adentro. Las marcas dejadas en la vegetación, las rocas o las construcciones permiten reconstruir la magnitud del impacto.
Aunque en mar abierto la ola puede perder altura con rapidez, dentro de una cuenca cerrada los efectos pueden ser devastadores a muy corta distancia del origen.
Un caso paradigmático es el ocurrido en 1958 en la bahía de Lituya, en Alaska. Allí, un deslizamiento masivo generó un tsunami con un run-up de unos 524 metros, el mayor jamás registrado. Sin embargo, a apenas 12 kilómetros, en la salida de la bahía, la ola apenas alcanzó los nueve metros, evidenciando cómo la energía se disipa al abandonar un entorno confinado.
Cuando los terremotos y volcanes actúan como detonantes indirectos
El catálogo analizado también revela que los terremotos pueden actuar como desencadenantes indirectos de tsunamis más complejos. El temblor puede desestabilizar laderas costeras o sedimentos submarinos, provocando un deslizamiento que genera una ola adicional a la producida por el propio seísmo.
Algo similar ocurre en zonas volcánicas, como La Palma. El colapso repentino de laderas inestables, incluso sin una gran erupción previa, puede empujar enormes masas de material al agua en cuestión de minutos.
En islas volcánicas, este tipo de procesos añade una dificultad extra a la predicción, ya que el tiempo de reacción puede ser inferior al de los sistemas de alerta tradicionales basados solo en actividad sísmica.
El estudio subraya que, aunque los terremotos y las erupciones siguen siendo responsables del mayor número de víctimas, los tsunamis de mayor altura suelen requerir un deslizamiento en un terreno estrecho y confinado.
Los nuevos riesgos de tsunamis que les esperan a la humanidad
La investigación también identifica factores emergentes que incrementan el riesgo de tsunamis. El retroceso de los glaciares deja laderas rocosas sin el soporte del hielo, una situación conocida como condiciones paraglaciares.
En 2023, un deslizamiento en Groenlandia provocó un tsunami de unos 200 metros en un fiordo, con oscilaciones del agua que se prolongaron durante nueve días.
Las lluvias intensas son otro elemento clave. Al saturar el suelo, aumentan la presión interna del agua y reducen la fricción, facilitando el colapso de laderas. En valles estrechos y embalses, este proceso puede transformar una tormenta en un tsunami con escaso margen de aviso.
Por último, la acción humana también influye. Las variaciones rápidas del nivel del agua en presas y embalses alteran la estabilidad de las orillas, lo que puede desencadenar deslizamientos. Según el catálogo, algunos de los mayores tsunamis en aguas interiores están vinculados a este tipo de decisiones de gestión.
El estudio concluye que mejorar la cartografía submarina, reforzar la vigilancia local y complementar los sistemas globales como DART, operado por la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), resulta esencial.
Aun así, en muchos casos, la rapidez con la que se generan estos tsunamis hace que la autoprotección y la evacuación inmediata sigan siendo la principal defensa.
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