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Ácido tartárico: qué es, para qué sirve, usos alimentarios y propiedades

Ácido tartárico qué es, propiedades, usos en alimentación y aplicaciones en la industria.

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  • Francisco María
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Para quien haya mirado alguna vez debajo de un barril de vino antiguo o haya visto esas pequeñas estructuras cristalizadas que a menudo se desarrollan alrededor del corcho de una botella de vino dejada para que madure por años ahora, se ha encontrado el ácido tartárico. Este químico está lejos de ser un producto de un laboratorio o de una síntesis artificial; es uno de los ácidos orgánicos más leales que se encuentran en el mundo vegetal. Su presencia es especialmente masiva en la uva, convirtiéndose en el timón invisible que equilibra la frescura y la estructura de los mejores caldos del planeta.

Químicamente hablando, estamos ante un ácido dicarboxílico de origen natural cuya fórmula encierra una simetría fascinante. Se presenta habitualmente en forma de polvo cristalino blanco, inodoro y con un sabor ácido muy marcado, incisivo pero limpio.

A diferencia del ácido cítrico del limón o del málico de la manzana, el tartárico tiene una pegada particular en el paladar; es seco, persistente y posee una capacidad única para unirse a los minerales del medio.

El gran aliado silencioso de la enología

Cualquier enólogo te dirá que la acidez es el esqueleto de un vino. Sin ella, un vino blanco se desliza por la boca de forma fofa, empalagosa y sin vida; un tinto, por su parte, pierde tensión y se vuelve pesado.

El ácido tartárico representa entre el 60 y el 90 por ciento de la acidez total de la uva. Durante la maduración en la cepa, la planta consume vorazmente parte de este ácido para respirar, razón por la cual vendimiar en el momento exacto es un ejercicio de precisión milimétrica.

Cuando las condiciones climáticas son excesivamente cálidas, un escenario cada vez más frecuente debido a las olas de calor estivales, las uvas maduran con un déficit alarmante de acidez. Aquí es donde entra en juego la práctica de la corrección en bodega.

Mediante la adición controlada de ácido tartárico natural (conocido en el sector como acidificación), se restablece el pH óptimo del mosto. Esto no solo mejora las cualidades organolépticas del vino resultante, sino que crea un entorno hostil para las bacterias patógenas, garantizando una fermentación alcohólica y maloláctica limpia, estable y segura.

Secretos del vino

Curiosamente, este mismo ácido es el responsable de los llamados «diamantes del vino». Cuando el vino se enfría de manera prolongada, el ácido tartárico reacciona con el potasio presente de forma natural y precipita formando bitartrato potásico. Esos pequeños cristales que a más de un consumidor inexperto le asustan pensando que son impurezas o cristales de vidrio no son más que una prueba física de la autenticidad y el origen vitícola del producto.

Usos alimentarios y el misterio del aditivo E-334

Fuera de los muros de la bodega, la industria alimentaria aprovecha las virtudes de este compuesto bajo la etiqueta de aditivo E-334. Su papel en la despensa moderna es mucho más versátil de lo que solemos imaginar. Al tratarse de un ácido seco y estable, actúa como un regulador de ph sobresaliente, potenciador de sabores ácidos y agente conservante en productos tan dispares como mermeladas, caramelos duros, refrescos carbonatados y gelatinas.

En repostería y panadería casera, el ácido tartárico juega un papel estelar cuando se combina con bicarbonato sódico. Esa mezcla efervescente es, ni más ni menos, la base tradicional de las levaduras químicas o polvos de hornear.

Mientras que el bicarbonato aporta el dióxido de carbono necesario para que los bizcochos suban y adquieran una miga esponjosa, el ácido tartárico neutraliza la reacción en el momento justo y evita que quede ese desagradable sabor amargo a jabón que deja el álcali sin reaccionar.

La revolución histórica de la estereoquímica

La historia del ácido tartárico trasciende con creces la cocina o la bodega; supuso un auténtico punto de inflexión en el nacimiento de la química moderna. A mediados del siglo XIX, un joven Louis Pasteur estudiaba las sales de este ácido obtenidas de los residuos de la fermentación del vino. Mediante el uso de unas pinzas y una lupa de gran aumento, Pasteur separó a mano dos tipos de cristales microscópicos que presentaban una simetría especular.

Aquel gesto aparentemente obsesivo demostró por primera vez que las moléculas podían tener una orientación espacial tridimensional. Al polarizar la luz de distinta manera según su estructura, el ácido tartárico abrió la puerta a la estereoquímica moderna, demostrando que la arquitectura invisible de la materia condiciona de manera absoluta su comportamiento biológico y físico.

Aplicaciones industriales más allá de la cocina

Aunque la alimentación absorbe gran parte de la producción mundial, las propiedades quelantes y acidificantes del ácido tartárico encuentran acomodo en sectores sorprendentes. En la industria farmacéutica, se utiliza para formular comprimidos efervescentes, aportando la reacción efervescente que facilita la ingestión de ciertos principios activos.

En la construcción, concretamente en la formulación de yesos y cementos, actúa como un retardador de fraguado muy eficaz.

Como vemos, un compuesto aparentemente menor que sostiene el vino, levanta nuestros postres y cimenta las bases de la química espacial.