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Contestí, «in memoriam»

Miquel Llompart Mora, colega en el mundo de la información deportiva y secretario «factotum» del C.D. Constancia con Moyer en la presidencia y Satur Grech en el banquillo, me dijo en cierta ocasión lo importante es no pasar por la vida sin haber aportado algo, no abandonar este mundo sin dejar más que un rastro de tonos grises. Años más tarde, el padre Gregorio Mateu, franciscano, mi profesor de filosofía en sexto curso de bachillerato y, sobre todo, amigo, me recordó que lo trascendente es nuestra actitud ante la vida.

Miquel Contestí Cardell, segundo y verdadero «refundador» del Real Club Deportivo Mallorca al que salvó de su desaparición y presidió desde 1978 hasta 1992, ha marcado una huella indeleble no solo en los anales del club, sino en la historia del fútbol balear. No es preciso recordar aquí su trayectoria, enmarcada entre la primera final de una Copa del Rey nunca abrazada anteriormente, ni sus ascensos o fichajes de grandes futbolistas sin los recursos de hoy en día y a base de esfuerzos no solamente económicos, sino basados en un coraje y entrega absolutas.

Eran otros tiempos. No se hizo cargo de la situación más delicada por la que ha atravesado este club por interés que no fuera el dictado por sus sentimientos. Sus poros rezumaban mallorquinismo y pertenencia a esta roca perdida en mitad del Mediterráneo. No había negocio, ni tampoco luz, teléfono, oficinas, jugadores, técnicos y de aquella nada resucitó una sociedad moribunda hasta replantar su bandera colorada en los mástiles de los más importantes estadios de toda España y ser reconocida y reconocible en todo el mundo.

Tuve la oportunidad de visitarle en su domicilio hace apenas dos meses en compañía de Llorenç Serra Ferrer. Les remito y me remito a lo que ya escribí en aquella ocasión, el 19 de noviembre pasado. Tras compartir aquella hora de imborrables recuerdos nos despedimos de él convencidos de repetir a las pocas semanas. No ha podido ser. Pero me alegro de aquel último abrazo porque yo creo que los homenajes hay que hacerlos en vida porque, por desgracia, quien se ha ido no se entera.