Parecen los Grandes Lagos canadienses, pero está en Aragón y es una joya geológica que reconstruye todos los cambios climáticos de la región
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Aragón alberga paisajes que poco tienen que envidiar a los rincones más fotografiados de Europa. Pero entre los parajes de la comunidad hay uno que combina lo visual con lo científico de una forma poco habitual: una laguna de apenas cuatro hectáreas que funciona como archivo geológico y cuya imagen, rodeada de pinos y areniscas rojizas, recuerda más a Norteamérica.
Y sin dudas, lo que hace singular a este lugar es lo que esconde bajo la superficie. Hablamos de capas de sedimento acumuladas durante miles de años que contienen polen, microorganismos y señales químicas con las que los científicos pueden reconstruir cómo era el clima de la Sierra de Albarracín mucho antes de que existieran los registros escritos.
¿Cuál es la joya geológica de Aragón que guarda la memoria del clima?
Nuestra protagonista se llama Bezas y es una laguna que se extiende por los términos municipales de Bezas y Albarracín, dentro del Paisaje Protegido de los Pinares de Rodeno, a 1.235 metros de altitud.
Tiene unos 500 metros de longitud y ocupa alrededor de cuatro hectáreas cuando está en su nivel máximo. Se alimenta exclusivamente de la lluvia y la nieve, sin afloramientos visibles ni ríos tributarios, lo que la convierte en un sistema hidrológico casi completamente cerrado.
Su origen es kárstico. El terreno se hundió formando una dolina sobre las rocas sedimentarias y las areniscas rojizas que definen el paisaje del entorno.
Ese proceso transformó la cubeta en una trampa perfecta para los sedimentos: cada año, la materia orgánica, los granos de polen y los microorganismos que caen al agua se depositan en el fondo en capas sucesivas. Con el tiempo, esas capas forman un archivo continuo de las condiciones ambientales de la sierra.
La laguna de Bezas, una biblioteca natural de Aragón con miles de años de historia climática
Los científicos que estudian el pasado climático buscan humedales como Bezas porque ofrecen algo difícil de encontrar en otros entornos: continuidad.
Al contrario de lo que ocurre en ríos o zonas costeras, donde los sedimentos pueden removerse o erosionarse, el fondo de una laguna cerrada conserva el registro sin interrupciones.
Analizando las capas de forma ordenada (por su composición química, los pólenes que contienen o los organismos que conservan), los investigadores pueden reconstruir qué tipo de vegetación dominaba la sierra en distintas épocas y, a partir de ahí, inferir las condiciones de temperatura y humedad de cada período.
¿En qué se parece la laguna de Bezas a los Grandes Lagos canadienses?
El rasgo recién mencionado arriba la equipara al lago Crawford de Ontario (Canadá), el humedal kárstico que se ha convertido en uno de los puntos de referencia de los estudios del Antropoceno.
Ambos comparten el mismo origen (una dolina) y la misma función de actuar como archivos naturales donde el tiempo queda registrado en sedimento.
Y desde luego, la comparación visual también está más que justificada. En verano, el color azul del agua y el entorno de pinos y sabinas albares generan una imagen que muchos visitantes asocian con los lagos del norte de América.
El Polygonum amphibium, una planta acuática que crece en los bordes, tiñe la laguna de rojo oscuro en primavera. En los meses de estío, el nivel baja y quedan al descubierto las orillas de turba.
Entre la fauna estable figuran la focha común, el somormujo lavanco y el ánade real; en paso migratorio es posible ver cigüeña negra y focha moruna.
Cómo llegar a la Laguna de Bezas y qué ver en los alrededores
La laguna está a cuatro kilómetros del núcleo de Bezas y es accesible en coche por una pista desde el pueblo. Un sendero circular de 1,1 kilómetros rodea el perímetro completo en unos 25 minutos, sin dificultad técnica. La altitud y el dosel de pinos hacen que el lugar sea fresco incluso en los meses centrales del verano.
La documentación histórica del enclave se remonta al año 1308, cuando un texto de la época de Jaime II de Aragón menciona una ‘laguna negra’ en estas coordenadas al delimitar términos municipales. En 1481 aparece citada en registros de trashumancia como ‘Laguna el Infante’. Nombres distintos para un mismo lugar que lleva siglos ahí, acumulando datos en silencio.
A pocos kilómetros, Albarracín completa una visita que no necesita más excusas: declarada Conjunto Histórico-Artístico, es imposible dejar pasar de largo el hecho de que es considerado uno de los cascos medievales mejor conservados del país.
La combinación de la laguna y el pueblo configura una jornada con poco que envidiar a los destinos más promocionados de Aragón.
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