El negocio de salvar el planeta desde el móvil: apps ecológicas que contaminan más de lo que ahorran
El propio funcionamiento de estas apps contribuye al problema que dicen resolver
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Hoy es el Día Mundial del Medio Ambiente y, como cada 5 de junio, las tiendas de aplicaciones se llenan de propuestas para salvar el planeta. Descárgate esta app, mide tu huella de carbono, planta un árbol virtual, compensa tus emisiones con tres clics y ya está, eres un ciudadano responsable. Aunque hay que ver si el negocio verde digital tiene más de negocio que de verde.
¿Concienciación o simplemente negocio?
El ecosistema de aplicaciones medioambientales lleva años creciendo a ritmo de tendencia. Hay apps que calculan cuánto CO2 emites al ducharte, otras que te sugieren rutas más sostenibles para ir al trabajo y algunas que, directamente, te venden la tranquilidad de conciencia por una suscripción mensual. El mercado de herramientas de sostenibilidad personal no para de crecer y la promesa siempre es la misma: tecnología al servicio del planeta.
Pero hay una pregunta que pocas veces se formula, ¿cuánto consume el servidor que procesa tus datos de huella de carbono? Porque mientras tú introduces en la app cuántos kilómetros has hecho en coche esta semana, esos datos viajan a un centro de datos que funciona las 24 horas, los 365 días del año. La industria tecnológica ya consume más del 10% de la electricidad mundial, buena parte de ella generada con combustibles fósiles.
Los servidores y centros de datos que sostienen toda esa infraestructura digital consumen cantidades ingentes de energía para mantener en pie el ecosistema de apps, vídeos en streaming y conexiones móviles del que dependemos. Usar una app para calcular tu huella de carbono tiene, en sí misma, una huella de carbono.
El árbol digital que no planta nadie
Uno de los ejemplos más llamativos del ecowashing tecnológico son las apps que prometen plantar árboles reales cuando realizas ciertas acciones digitales. El concepto seduce, ya que buscas en internet con un navegador y por cada búsqueda se planta un árbol en algún rincón del mundo. Suena demasiado bonito, pero la verificación independiente de esas plantaciones es, en el mejor de los casos, opaca, y en el peor, directamente inexistente.
Lo mismo ocurre con las aplicaciones de compensación de emisiones. Te calculan tu huella anual, te dicen cuántos árboles necesitarías plantar para neutralizarla y, por supuesto, te ofrecen la opción de pagar para que alguien lo haga por ti. El negocio de los créditos de carbono lleva años bajo la lupa de reguladores e investigadores por su falta de transparencia, y sin embargo el sector de apps sostenibles lo ha convertido en su modelo de monetización estrella.
La gamificación de la conciencia ecológica
El problema de fondo no es tecnológico, sino conceptual. Muchas de las apps más descargadas tienen una lógica común, convertir los hábitos sostenibles en una experiencia de usuario con puntos, logros y rankings sociales. La gamificación no es mala en sí misma, pero cuando el objetivo es reducir emisiones reales, el riesgo es que el juego sustituya a la acción.
Un usuario puede llevar semanas acumulando puntos verdes en su app favorita mientras sigue volando en avión cada mes, cambiando de móvil cada año y consumiendo contenido en streaming varias horas al día. Las aplicaciones no tocan ninguna de esas variables estructurales. Se limitan a medir, sugerir y, sobre todo, a hacer sentir bien al usuario.
Esto no quiere decir que todas las herramientas digitales sostenibles sean inútiles. Algunas tienen utilidad real, como las que permiten comparar el consumo eléctrico del hogar, las que facilitan el acceso a transporte compartido o las que conectan a consumidores con proveedores de energía renovable. Pero el grueso del mercado de apps ecológicas funciona más como termómetro de conciencia que como palanca de cambio.
La gran ironía del 5 de junio
Hoy, Día Mundial del Medio Ambiente, las grandes tecnológicas actualizarán sus logotipos con un toque de verde, las apps de sostenibilidad se promocionarán con descuentos en sus planes premium y los usuarios descargarán herramientas que usarán durante tres semanas antes de olvidarlas. Mientras tanto, los centros de datos seguirán consumiendo energía, los teléfonos inteligentes seguirán fabricándose con minerales extraídos en condiciones cuestionables y el planeta seguirá esperando algo más que una pantalla de inicio con hojas de colores.
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