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OCÉANOS

Confirmado: un hidrófono a 891 metros oyó cantar a las ballenas jorobadas cada vez más entre 2015 y 2021, del 34 % al 76 % de los días, mientras se pasaban a la anchoa

Las ballenas azules, que solo comen krill, cantaron menos dos años seguidos cuando ese alimento cayó, mientras las jorobadas pasaron a comer sobre todo peces como la anchoa y siguieron cantando más.

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A 891 metros de profundidad, en el talud continental frente a la bahía de Monterey (California), un hidrófono conectado a tierra por 52 kilómetros de cable empezó a escuchar el océano en el verano de 2015. Entre julio de 2015 y junio de 2021 grabó 2.111 de los 2.192 días posibles, el 96 %, y en ese archivo el canto de las ballenas jorobadas pasó de oírse el 34 % de los días el primer año al 76 % el sexto.

Las ballenas azules siguieron otro camino. Su canto subió durante tres años y después cayó dos años seguidos, y según el equipo del Monterey Bay Aquarium Research Institute (MBARI), que publicó el análisis en febrero de 2025, la diferencia la explica sobre todo una cosa: lo que había para comer.

Un micrófono en el fondo de la bahía

El hidrófono, un micrófono submarino, forma parte del observatorio cableado MARS. Según la ficha técnica del MBARI, el sistema consiste en «un cable submarino de 52 kilómetros que lleva datos y energía a un nodo científico situado a 891 metros bajo la superficie de la bahía de Monterey».

Como el sonido viaja muy bien en el agua, un solo aparato puede detectar a una ballena que canta en cualquier punto de un área de miles de kilómetros cuadrados alrededor. La nota del instituto lo resume así: «La potente propagación del sonido en el mar amplía enormemente el alcance de la detección científica».

El trabajo lo dirigió John Ryan, oceanógrafo biológico que encabeza el equipo de paisaje sonoro oceánico del MBARI, con colaboradores de Cascadia Research Collective, NOAA Fisheries, la Universidad de Stanford y la Universidad de Wisconsin, entre otros. «Analizar los cantos de las ballenas barbadas ha revelado variaciones de un año a otro que reflejan cambios en la disponibilidad de las especies de las que se alimentan», explicó Ryan en la nota del instituto.

Una red neuronal para contar canciones

Revisar seis años de audio a mano era imposible, así que el equipo usó una red neuronal convolucional profunda, un tipo de inteligencia artificial que aprende a reconocer patrones, ya entrenada con cantos de jorobadas del Pacífico Norte. Para comprobar que funcionaba con estas grabaciones, los investigadores revisaron manualmente dos años de resultados frente a espectrogramas, las imágenes que muestran el sonido por frecuencias.

Delfines y ballenas grises daban a veces puntuaciones intermedias, de 0,3 a 0,6, por lo que solo se contó como canto de jorobada lo que superaba 0,7. Para las ballenas azules y los rorcuales comunes se midió la energía de sus llamadas más típicas, que son muy graves. Las azules, de hecho, «cantan con un tono muy bajo y requieren altavoces especiales para que los humanos las oigan», según el MBARI.

El estudio recuerda que el canto en estas tres especies se considera propio de machos maduros. En las jorobadas sigue además un calendario claro: el canto llegó a detectarse el 100 % de los días en noviembre y desaparece en junio y julio.

Tras la ola de calor, cada especie respondió a su manera

Por casualidad, las grabaciones empezaron en plena ola de calor marina en el Pacífico nororiental, la que se prolongó entre 2014 y 2016. «Los niveles más bajos de canto de ballenas azules y jorobadas se detectaron durante el clímax de 2015 de una gran ola de calor marina», según la nota del MBARI.

Durante los tres primeros años, el krill se recuperó y las tres especies cantaron más: la detección se multiplicó por 1,4 en las jorobadas, por 1,5 en las azules y por 1,8 en los rorcuales comunes, según el artículo. Después el krill se hundió y la anchoa se disparó. Las azules y los rorcuales cantaron menos en dos de las tres comparaciones siguientes, mientras las jorobadas siguieron subiendo hasta multiplicar su detección por 2,2.

La clave está en la dieta. «Las ballenas azules solo comen krill, mientras que las jorobadas cambian sin problema entre enjambres de krill y bancos de peces pequeños, como anchoas y sardinas», explica el instituto. Kelly Benoit-Bird, investigadora del MBARI y coautora, lo contó así a National Geographic en julio de 2025: «Todo el sistema cambia y nos quedamos sin krill. Así que los animales que dependen solo del krill se quedan, por así decirlo, sin suerte».

Vistas menos y oídas más

Para descartar que el aumento se debiera solo a que había más ballenas, el equipo cruzó los datos con 17.356 fotoidentificaciones de 2.407 jorobadas distintas, muchas aportadas por ciencia ciudadana. El caso más llamativo llegó al comparar el tercer y el quinto año: en el quinto se vieron menos jorobadas, pero el canto pasó del 47 % al 66 % de los días.

Las muestras de piel confirmaron el cambio de menú. Los isótopos de carbono y nitrógeno mostraron que las azules siguieron comiendo krill, aunque tuvieron que buscarlo en un área mayor, y que las jorobadas pasaron a una dieta dominada por peces, según el MBARI.

Ryan lo explicó con una imagen sencilla en la misma revista: «Si lo desmenuzas, es como intentar cantar mientras te mueres de hambre». Y añadió, al hablar de las azules cuando escaseaba el alimento: «Se pasaban todo el tiempo intentando encontrar comida».

Lo que el estudio no demuestra

En agosto de 2025, el propio MBARI publicó una aclaración tras varios titulares alarmistas. La investigación «no demostró que las ballenas azules estén quedándose en silencio por el cambio climático», sino que «el canto de las ballenas fluctúa según la disponibilidad de alimento».

Los autores también admiten que sus hipótesis «no son excluyentes entre sí» y que «no pueden examinarse por completo para ninguna de las especies». Los cambios en el número de ballenas, en su fidelidad a la zona o en las fechas de migración explican parte de dos de los aumentos, y solo hay un hidrófono y seis años de datos.

Aun así, Ryan defiende el valor del resultado. «A medida que el océano cambia, algunas especies se verán más afectadas que otras», dijo en la nota de 2025. «Comparadas con las jorobadas, las ballenas azules del Pacífico Norte oriental pueden ser más vulnerables no solo por tener una población más pequeña, sino también por una estrategia de alimentación menos flexible».

Escuchar para proteger

El trabajo encaja con otros proyectos que usan la inteligencia artificial para detectar cetáceos en el ruido del mar, y con la preocupación por un océano que bate récords de temperatura. Andy Rogan, biólogo de mamíferos marinos de Ocean Alliance que no participó en el estudio, dijo a Mongabay por correo electrónico, en marzo de 2025, que «solo con captar el canto de las ballenas puedes empezar a hacer más inferencias sobre el ecosistema en general».

El equipo de Ryan ha seguido con las azules. En agosto de 2026 presentó en Current Biology cómo localizan los enjambres de krill siguiendo frentes térmicos, y en una entrevista con el MBARI recordó que estas ballenas, especie en peligro, se mueven por un hábitat «transitado con regularidad por barcos gigantescos».

«Este reconocimiento de una relación compleja tiene importantes implicaciones en cómo interpretamos los datos de monitorización acústica pasiva con fines científicos y de gestión», escriben los autores, que han dejado los datos y el código en abierto.

Los resultados se publicaron en PLOS One (26 de febrero de 2025), y el MBARI los explicó en su nota de prensa.

Crédito de la imagen: Knute Brekke / MBARI.