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Jubilación

La psicología dice que los jubilados que no pueden estar sin hacer nada no lo hacen por vitalidad: poseen un miedo inconsciente que el cerebro gestiona de esa forma

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Hay jubilados que no soportan estar sentados sin hacer nada, que se agobian en vacaciones y que necesitan siempre un proyecto entre manos. Desde fuera parece energía desbordante, pero la psicología y la gerontología apuntan a otra explicación, detrás de esa incapacidad para descansar suele haber un miedo inconsciente que el cerebro gestiona manteniendo a la persona ocupada.

El fenómeno se conoce como activismo defensivo o síndrome de la hiperactividad del jubilado, y conecta con la Teoría del Manejo del Terror (Terror Management Theory), desarrollada por los psicólogos Jeff Greenberg, Sheldon Solomon y Tom Pyszczynski.

Según esta teoría, el ser humano, consciente de su propia mortalidad, desarrolla sistemas de creencias y logros personales para mantener a raya la angustia que genera esa conciencia.

Por qué los jubilados no pueden estar sin hacer nada

Cuando el trabajo desaparece como fuente de identidad, el cerebro tiende a buscar sustitutos de urgencia. La Sociedad Española de Cirugía de Ortopedia y Traumatología (SECOT) ha descrito este proceso como el síndrome del jubilado, una transición que en muchos casos se vive como un duelo por la pérdida de un rol social fundamental.

Detrás de la ocupación constante suelen convivir varios miedos inconscientes. La pérdida de identidad aparece cuando el valor personal se ha vinculado durante décadas a la productividad laboral, y su ausencia deja la pregunta de quién es alguien si ya no produce. El miedo a la finitud surge porque el silencio y la inactividad enfrentan a la persona con el paso del tiempo y la cercanía de la vejez, algo que estar ocupado permite posponer.

A esto se suma un vacío existencial, cuando la falta de una rutina impuesta desde fuera deja al descubierto la falta de un propósito propio, y en algunos casos también la evitación de conflictos domésticos, como problemas de pareja o soledad, que la actividad constante ayuda a no afrontar.

Por qué se da este activismo defensivo en la jubilación

Parte de la explicación es neurobiológica. Tras décadas repitiendo los mismos horarios y patrones de resolución de problemas, el cerebro entra en un estado de alerta cuando esos puntos de referencia desaparecen de golpe. El éxito laboral y el cumplimiento de tareas liberan dopamina, la hormona asociada al logro, y al jubilarse el cerebro puede experimentar algo parecido a un síndrome de abstinencia de esa sustancia, buscando nuevas tareas para volver a sentir esa recompensa.

El sistema nervioso, además, se ha acostumbrado durante años a segregar cortisol ante el estrés, hasta el punto de que la calma puede llegar a interpretarse como una señal de alarma.

A esto se suma un componente social y cultural. En muchas sociedades, las personas no dicen simplemente que trabajan de algo, sino que son ese trabajo, y su retirada supone un duelo psicológico si no han cultivado intereses fuera del empleo.

La educación recibida sobre el valor del tiempo también pesa: la idea de que estar sin hacer nada equivale a la pereza empuja al cerebro a mantener el cuerpo ocupado, porque mientras hay algo que limpiar, reparar o gestionar, la mente dispone de menos espacio para procesar preguntas incómodas sobre el envejecimiento o la propia finitud.

Qué actividades ayudan a un jubilado que no puede parar

Las actividades más útiles no son los pasatiempos puramente pasivos, sino aquellas que ofrecen una transición suave hacia el descanso, sustituyendo la obligación laboral por un disfrute genuino. El voluntariado social, los talleres formativos de universidades para mayores o los huertos urbanos comunitarios replican parte de la estructura de un horario de trabajo, pero sin la presión de la productividad económica, lo que ayuda a calmar la ansiedad inicial.

Otro grupo de actividades trabaja directamente sobre el cuerpo para frenar la mente. El taichí o el yoga adaptado combinan movimiento lento y respiración para reducir el cortisol, el senderismo en grupo oxigena el cerebro mediante ejercicio aeróbico suave, y el baile de salón estimula la coordinación y el contacto social de forma amable.

Por último, actividades de expresión creativa como el teatro amateur, la pintura, la escultura o la escritura autobiográfica permiten canalizar emociones y reconstruir la identidad al margen del antiguo puesto de trabajo, dando cierre a esa etapa de una manera más consciente.