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Jesucristo, según el Evangelio de Mateo, y la frase que resume el sentido de la vida: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón»

Las frases de Jesucristo en los distintos evangelios son todo un ejemplo a seguir. Un ejemplo es el Evangelio de Mateo.

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  • Francisco María
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Hay palabras que han permanecido a través de los siglos con una claridad casi quirúrgica que sacudiría los cimientos de nuestras vidas diarias sin requerir un largo discurso teológico. Una de esas frases es del Sermón de la Montaña en medio del Evangelio de Mateo donde Jesús desmiente el celo de sus oyentes con una simplicidad y severidad de palabras: «Porque donde esté tu tesoro ahí también estará tu corazón». Ya no estamos hablando de una simple guía espiritual sino de un verdadero diagnóstico de hacia dónde dirigimos nuestras vidas sin ser observados.

Una época para analizar

En la Palestina del siglo primero, las riquezas tangibles corrían peligros muy prosaicos que cualquiera podía entender de inmediato. Las telas finas sufrían el apetito voraz de la polilla, el grano almacenado en los silos podía pudrirse con la humedad y los ladrones cavaban con facilidad las paredes de barro de las casas para robar lo poco de valor que hubiera dentro.

Mateo recoge cómo Jesús utiliza estas imágenes tan domésticas para desmontar la ilusión de la seguridad material. Acumular bienes perecederos no solo generaba una falsa sensación de control, sino que terminaba secuestrando la atención de la persona. Quien pone sus ojos exclusivamente en conservar lo que posee se convierte, sin pretenderlo, en esclavo de sus propias posesiones.

¿Cuál es el verdadero tesoro que hay que cuidar?

La genialidad de aquella enseñanza no reside en condenar el dinero o el bienestar físico, sino en señalar la dirección de la brújula interior. El término «tesoro» apunta en los textos evangélicos a aquello a lo que le concedemos un valor supremo, aquello por lo que invertimos las horas, los desvelos y la energía mental.

Si el esfuerzo diario se consume íntegramente en la búsqueda del prestigio, el saldo bancario o la acumulación de objetos, el centro de gravedad de la persona se desplaza irremediablemente hacia esa parcela frágil. El corazón, en el lenguaje bíblico, no representa únicamente el motor de los afectos sentimentales, sino el núcleo operativo de la voluntad, el lugar donde se toman las decisiones íntimas que configuran una vida.

La era digital actual y los valores de la antigüedad

Resulta llamativo comprobar la vigencia de este dilema en una sociedad contemporánea hiperconectada, donde las polillas y los ladrones físicos han sido sustituidos por la obsolescencia programada y las distracciones digitales. Hoy acumulamos bienes intangibles, carpetas de fotos en la nube, métricas de éxito laboral y una cantidad ingente de estímulos que reclaman atención constante.

El escaparate digital funciona como un mercado permanente de nuevos tesoros que prometen una felicidad inmediata pero efímera. La advertencia lanzada en los polvorientos caminos de Galilea sigue operando como un espejo incómodo: aquello que consumimos y perseguimos acaba moldeando nuestros afectos más profundos, queramos reconocerlo o no.

Existe una alternativa a explorar

Jesús plantea una alternativa basada en la inversión en lo incorruptible, pero evita caer en discursos ascéticos o en el desprecio absoluto de lo terrenal. La clave no pasa por vivir despojados de todo de forma impostada, sino por reordenar la jerarquía de lo que consideramos valioso.

Cuando el tiempo, el afecto y los recursos se destinan al cuidado de los demás, a la justicia o a la construcción de vínculos auténticos, el eje de la persona cambia de sitio. Ya no se trata de proteger el patrimonio contra los imprevistos del entorno, sino de apostar por realidades que el desgaste del tiempo no logra erosionar.

Esa reorientación del deseo exige un ejercicio constante de lucidez y, sobre todo, de honestidad con uno mismo. No es fácil renunciar a la gratificación instantánea que ofrece el aplauso ajeno o la seguridad económica mal entendida.

Sin embargo, la propuesta de Mateo invita a detenerse y mirar las huellas de nuestros propios pasos cotidianos. Basta con observar en qué gastamos las horas libres, qué pensamientos rondan nuestra mente al despertar por la mañana o qué pérdidas nos duelen de verdad para descubrir dónde tenemos realmente enterrado el tesoro.

A modo de conclusión

Al final, la frase de Mateo funciona como una brújula implacable que no admite demasiados engaños. Podemos fingir ante los demás una escala de prioridades noble y altruista, pero los hechos cotidianos se encargan siempre de delatar el verdadero norte de nuestras prioridades. En el día a día es donde se va forjando nuestro destino, que depende en gran medida de los actos que llevamos a cabo.

El corazón humano es un órgano inquieto que gravita de manera natural hacia aquello que ama, ya sea una cuenta corriente boyante, una carrera profesional brillante o la entrega callada a los demás. La gran pregunta que deja abierta aquel texto antiguo sigue resonando intacta bajo la superficie de nuestra rutina: al cabo de los años, ¿qué habremos estado guardando con tanto celo en el fondo del cofre?