Opinión

El voto yayocharista

El PSOE está muerto y lo sabe. Sólo se mantiene por los votantes biológicos de toda la vida, a los que ya les quedan menos elecciones, y a los que lisonjea con subidas constantes de su patrimonio, al que llaman pensión porque decirle a diez millones de contribuyentes que mantener su estatus representa una estafa piramidal constituiría el mayor suicidio político de la historia de las campañas.

Si hay un votante cautivo, irreflexivo, acrítico y apesebrado de cuantos existen en España, ese es el voto yayocharista, pensionista y funcionario, subsidiado y mantenido del Estado, consumidores todos del mismo fentanilo socialista que les obliga a votar al que les mantiene y no al que genera ecosistemas de futuro más pertinentes para su progreso y el de sus hijos. Ya puede mentir, robar o matar su PSOE, que ellos seguirán pastando.

Es tan notorio como evidente que un tercio de los españoles es el causante de que los programas políticos y las campañas sean tan conservadoras desde el punto de vista de la comunicación política y tan cobardes bajo el prisma del discurso lanzado. No hay partido que quiera poner en riesgo el voto de tantos millones de personas a riesgo de sacrificar el futuro de una nación cuya sostenibilidad depende, precisamente, de la reforma de un sistema que hace aguas por todas partes.

Pero cuando se trata de ganar elecciones, en la izquierda saben cómo usar la propaganda como elemento manipulador de conciencias. Lo llevan haciendo desde que Gramsci entendiera que la clave para controlar a la población reside en la capacidad de insertarse en los polos de adulteración emocional y control social: educación, cultura, asociacionismo, prensa, etc. A partir de ahí, todo en la izquierda es relato goebbelsiano. De ahí que Sánchez y sus palmeros, políticos, mediáticos y sociológicos se dediquen a malversar la realidad, otorgándole al PP la responsabilidad de las tragedias ferroviarias y el deterioro de la red pública que el socialismo ha causado. Conocen cómo piensa y actúa su red clientelar, mimada y engordada durante décadas, y en ese discurso, tan falaz como efectista, adquieren una costra de invencibilidad (también de imbecilidad) que les confiere una impunidad moral ante millones de zombies fentanilizados, a pesar de su catastrófica y criminal gestión.

No, España ya no es de izquierdas, ni de centroizquierda. Sólo hay que ver el mapa municipal y autonómico y lo que le cuesta al socialismo corrupto sumar mayorías fuera de sus bastiones nacional separatistas. Por mucho que se empeñen en repetir escenarios aspiraciones realizables en la mente sesgada de sus predicadores tintados y presbíteros de la trola, el PSOE está a diez mentiras y un delito (más) de bajar de los cien escaños. Y ni el yayocharismo que pueblan sus mítines de mohín y pelo azulado podrá evitar que España recupere en unas semanas la dignidad que perdió cuando decidió llevar a tamaña banda de delincuentes al poder.