La UIB como vivac de proterroristas
La UIB sigue en lo de siempre. Día tras día se demuestra que a la Universidad balear le resulta imposible quitarse el pelo de la dehesa nacionalista, marxistoide, de extrema izquierda y volcada en todas las causas siniestras, desde la causa palestina hasta el rechazo a la concesión del título de ‘Real’ por parte de Su Majestad el Rey a una academia filológica casi desconocida. La exhibición en la acampada que se desarrolla estos días en el campus de una pancarta a favor de los presos de ETA y de lemas como Del río al mar en apoyo velado a las acciones terroristas de Hamás o la milicia libanesa Hezbolá vuelven a poner de relieve el grado de hipocresía y el acogotamiento de sus autoridades rectorales, rendidas al ruido y la furia de la extrema izquierda, amo y señor del campus en lo que es una clarísima violación del espacio público y un abuso de la «autonomía universitaria».
Llueve sobre mojado. Hace unas semanas la UIB cobijaba un acto organizado por los activistas propalestinos en el que quisieron vetar de malas maneras a un periodista que había acudido a cubrir el acto y donde se profirieron, además de exhibir pancartas Del río al mar, proclamas a favor de Hamás, organización a la que, a preguntas del periodista, los presentes se negaron a calificar como «terrorista», lo que motivó de inmediato las protestas de la comunidad judía.
Si la UIB condena rotundamente, tal como asegura el rectorado, «cualquier mensaje de intolerancia o actuación guiada por la intolerancia en particular» no sabemos qué hace el rector Jaume Carot permitiendo que delante de sus narices la muchachada exhiba lemas, consignas y pancartas de cuño proterrorista. Desgraciadamente, la UIB no es este «espacio de libre expresión» del que se jacta el rectorado, como saben perfectamente José Errasti y Marino Pérez, los autores del libro Nadie nace en un cuerpo equivocado: éxito y miseria de la identidad de género, a los que el rector canceló la presentación que tenían prevista en la UIB por el boicot de un centenar de transgéneros que querían impedir el acto. Carot disfrazó entonces su proactivismo en una equidistancia formal y excusó su cobardía en la «falta de seguridad», la misma tal vez que no puede garantizar en el campamento, que ya se está convirtiendo en un foco de conflicto, amén de la incomodidad que supone para la comunidad universitaria.
Lo mejor que puede hacer Carot es desmantelar el poblado tribal si quiere evitar esta penosa imagen de vivac que ampara la conflictividad, la falta de aseo y el radicalismo ideológico de algunos de sus estudiantes, no precisamente los mejores.
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