Opinión
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El Sánchez británico: Starmer no dimite tras el hundimiento laborista

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

El gran demoledor de la política británica es Nigel Farage. No sólo fue una de las principales caras del Brexit (2016), que sacó a su país de la Unión Europea, sino que con su partido, Reform, amenaza al sempiterno bipartidismo y puede cobrarse la cabeza de un primer ministro, Keir Starmer.

Éste, el primer laborista que ocupa el cargo desde 2010, ganó las elecciones del 4 de julio de 2024 con una ampla mayoría de 411 diputados, la mayor registrada desde 2001, aunque con menos votos a favor de su partido, 9,7 millones, que en los comicios anteriores de 2017 y 2019, cuando el candidato fue el muy izquierdista Jeremy Corbyn. Pero prácticamente desde su nombramiento como primer ministro, Starmer comenzó a perder popularidad.

Ese mismo verano se produjeron numerosas protestas populares contra los beneficios que recibían los inmigrantes, como el alojamiento en hoteles de cuatro estrellas o en pisos arrendados por las autoridades, así como la revelación de nuevos datos de los cientos de bandas de violadores de adolescentes y hasta niñas, formadas en su gran mayoría por inmigrantes pakistaníes. Parte de la represión ordenada por Starmer, antiguo jefe de la Fiscalía de la Corona (2008-2013), fue la persecución por las policías y los tribunales de cientos de comentarios en redes sociales opuestos a la inmigración, críticos con los manifestantes pro-palestinos y quejas de los políticos.

Al año siguiente, Starmer nombró embajador en Estados Unidos al ex ministro Peter Mandelson, uno de los caciques más poderosos del Partido Laborista, a pesar de sus vínculos conocidos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein. En los meses siguientes, se desveló que Mandelson estaba al tanto de las orgías y violaciones cometidas por Epstein, hasta el punto de haberse hospedado en su residencia en Nueva York, y, también, que le había filtrado documentos secretos del gobierno británico. El escándalo se llevó por delante no sólo a Mandelson, sino también a Morgan McSweeney, asesor íntimo de Starmer y fundamental en las conspiraciones que condujeron al desprestigio de Corbyn y el ascenso del actual primer ministro a jefe del partido y candidato en las elecciones.

El caso Mandelson permitió a los adversarios de Starmer sacar la cabeza y protestar contra él, debido a su “derechización”: recorte de subsidios, que perjudican más a las clases obreras y baja, pilar electoral de los laboristas, que a los inmigrantes; alienación con Ucrania contra Rusia; y apoyo a Israel en su campaña militar en Gaza.

Las elecciones locales parciales en Inglaterra y a los parlamentos escocés y galés han constituido el último cañonazo contra Starmer.

En Gales, donde el laborismo ha sido hegemónico desde hace un siglo, ahora se ha convertido en el tercer partido. Le han superado el nacionalista Plaid Cymru y Reform, el partido de Nigel Farage. En Escocia, aunque los laboristas mantienen su tercer puesto, a pesar de haber perdido cinco escaños, Reform ha sacado 17 actas, las mismas que los socialistas, y 3.000 votos más. Respecto a las elecciones locales inglesas, los laboristas mantienen sólo 1.058 concejales, después de haber perdido 1.496. Sus votantes se han marchado a la abstención y a Reform, que ha obtenido un enorme éxito al haber quedado primero, con 1.453 concejales. En todas estas elecciones, Reform, cuyos puntos principales son la oposición a la inmigración y a la delincuencia, ha sumado 3,8 millones de sufragios, un millón más que el laborismo.

Los dirigentes socialistas están convencidos de que los ciudadanos han votado “en clave nacional”, es decir, contra Starmer. Y, por tanto, empiezan a temer que las encuestas que señalan a Reform como primer partido del país en unas próximas elecciones nacionales y al laborista como el gran perdedor, hasta el punto de quedar detrás de los liberal-demócratas y los conservadores.

Pocas veces en la historia británica un primer ministro se ha vuelto tan impopular en tan poco tiempo, y no porque se enfrentara a una crisis originada en el exterior, sino por sus decisiones sobre política interna.

Los 400 diputados y la miríada de altos cargos ministeriales con que los gobiernos premian a sus afines quieren que Starmer. Con tres años de legislatura por delante, consideran que un nuevo primer ministro podría salvar el partido. Sin embargo, Starmer, un tipo con apariencia de soso, pero tan implacable y soberbio como Pedro Sánchez, ha declarado que no dimite.

Ante su negativa, los rebeldes podrían presentar un candidato a sustituirle. Los estatutos del partido fijan como requisitos el compromiso de un 20% de los parlamentarios, que equivale a 81, y un candidato. Si se presentaran dos o más, entonces se iría a primarias, en las que participarían los afiliados y los sindicalistas, un proceso que favorecería al ala izquierda del partido, que, para recuperar el voto que ha ido a Reform, quiere subir los impuestos y aumentar el ya disparado gasto social.

La mayor defensa de Starmer reside en que sus críticos no tienen un candidato que oponerle. Pero ese vacío pronto puede llenarse, incluso antes del congreso del partido previsto para septiembre. El primer ministro ha recibido en su despacho a Wes Streeting, ministro de Sanidad, uno de los que más suenan como su sucesor.

Este baile de primeros ministros (seis desde 2016) y rebeliones parlamentarias (azuzadas por poderes ajenos a la política) ilustran la decadencia de la antigua respetabilidad británica y su aproximación a la política europea, marcada por el populismo y el resquebrajamiento de los partidos tradicionales.